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Lupe - Elizabeth Acosta

Lupe

Tenía tan sólo 13 años cuando quedó huérfana en medio de la calle, su madre y su padre habían muerto en la bola. Sin saber que hacer, se quedó sentada en un parque de la gran ciudad como esperando algo.

Desde la ventana de una casona un hombre revolucionario la veía con curiosidad, notaba su angustia, su soledad. Pasaban las horas, ya pardeaba la tarde cuando se decidió salir y hablar con ella: —- ¿Qué haces aquí niña? ¿Qué no sabes que en estos tiempos una mujer sola corre mucho peligro?

Ella bajando sus hermosos ojos negros le dijo:—-Mis padres murieron en la bola señor, no tengo a donde ir. Él mirándola de arriba a abajo mientras rascaba su cabeza contestó :—-Pues si que estás en aprietos niña. Mira….mmm…. si quieres, te vienes conmigo y nos arrejuntamos; yo cuido de ti y tú me preparas de comer. Lupe dijo que sí inmediatamente, sin pensarlo, sin importarle que el hombre le doblara la edad.

Ella agarró sus tiliches y se fue tras él a la casona donde estaban las tropas atrincheradas de momento. Él le dio unas monedas para que Lupe puediera comprar maíz para echar tortillas y frijolitos o algo que poner en las tortillas. Él no la hizo su mujer esa noche, ni muchas otras, esperó con paciencia a que se hiciera mujer para tomarla. Lupe andando en la bola se hizo una mujer aguerrida, no cargaba el metate porque era cansado caminar días y días cargando esa piedra en la espalda; así que cuando era necesario lo pedía prestado por la buena, claro que sí no se lo prestaban podía golpear a la envidiosa para convencerla.

Años sirvieron Lupe y su marido a la revolución, en el campo de batalla nació su primer hija, ahí mismo donde ella disparó contra el enemigo, donde curó las heridas de su marido, ahí en el campo donde recogía quintoniles o verdolagas para cocinar con chile verde, ahí donde ella también fue herida una vez. Lupe había corrido con suerte, ella se había ido por la “buena” con su hombre, muchas otras mujeres no corrían con la misma suerte, a ellas se las habían robado de sus casas y lloraban muchos días , mientras que se acostumbraban a esa vida.

Cuando terminó la revolución Lupe se encontró de nuevo en la gran ciudad, esta vez con dos pequeñas hijas que mantener y viuda; la revolución le había arrebatado a su hombre de una bala en la cabeza. No tenía tiempo para llorar, el gobierno de México nunca quiso pagarle una pensión como reconocimiento a su labor y la de su marido en el movimiento.

La revolución lo único que le había traído eran desgracias. Esta vez no podía quedarse sentada en la banca de un parque, esta vez tendría que buscar una casa y trabajar o poner un negocio para mantener a sus pequeñas hijas, así que fue a vender lo poco que tenía y a pedir dinero prestado para preparar quesadillas en un anafre afuera de su casa para vender. Esta vez no lucharía contra un enemigo visible, esta vez su lucha sería contra el hambre.

Lupe sacó adelante a sus hijas, murió sin que nadie reconociera su entrega, su coraje y su lucha en la revolución, para dejar como ella decía, un país más justo a sus hijas, para que ellas no tuvieran que sentarse solas en una banca del parque e irse con el primer hombre que encontraran.

He aquí un pequeño homenaje y reconocimiento a todas esas mujeres anónimas que nos dieron libertad…Viva México !!!! #Elizabethamendia


Elizabeth Acosta Mendia
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