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La amante del espejo - Florentino Ortega

La amante del espejo

Ella dice el último adiós y cierra el pestillo de la puerta. Se recarga por un momento, en la superficie labrada de madera y desparrama su vista sobre aquella desordenada soledad. Es entonces que entra en febril ansiedad. Sus músculos se tensan y le hierve la piel por todas partes. Sabe que su amante está ahí, esperándola entre aquel mar de camisetas y zapatos regados por el suelo, entre los olores de restos de comida y pan tostado, en aquel espacio a donde se introducen como un murmullo los ruidos de la calle, Allí.

No supo cómo empezó a quererlo y a necesitar de él con esa locura arrebatada y contenida a duras penas por el resto del día, ni tampoco cómo estando en la casa todo el tiempo su marido y sus hijos no lo notasen.

Lo cierto, es que a esa hora bienhabida, se desnudaba poco a poco y completa frente a él, con la angustia tronándole en la garganta y en las sienes, con la pasión resecándole el alma como una brasa ardiente. Poco a poco se desnudaba, balancéandose al ritmo de una suave canción imaginaria y sus ojos se abrían desmesuradamente cuando él le parecía susurrar, quedo, despacio, y cuando sus manos suaves le arropaban el cuerpo tembloroso.

Él, que la vigilaba como perro desde cualquier rincón; él, que asentía excitado cuando ella se probaba las minúsculas prendas, el vestido entallado, las sugerentes medias. Él, que aspiraba el perfume que ella colocaba en su garganta, siempre viéndolo.
No había palabras en esa entrega cotidiana, sólo los balbuceos de dos que se hacen uno, mientras la vida afuera se hacía flor y viento y mundo y todo. Luego, al salir era otra; a su rostro volvía la sonrisa y su trabajo era menos pesado y agobiante.

Todo valía la pena por aquel momento inolvidable; volver a casa y atacar los trastos que esperaban repletos, la ropa sucia inacabable, los hijos, la comida, la siesta, las horas que se hilaban en el ovillo de la vida, el esposo…

Y en la noche, cuando el mundo se va apagando, cuando los ruidos también se van durmiendo, cuando el sueño lame las heridas del cuerpo, cuando las palabras suaves del marido abren un hueco en la enorme distancia de los oscuro para preguntarle que si me quieres todavía, ella le acaricia el cabello con los dedos y le dice sí, duerme, que aún te quiero todavía; y teme que el dejo de impaciencia la traicione.

Sabe que está ahí, observándole quieto como siempre, eternamente silencioso; y entonces sonríe levemente mientras se va durmiendo sin sentirlo. Sabe que mañana el mundo brotará nuevamente, que habrá un beso y un adiós, que correrá el pestillo de la puerta y entonces verá de nueva cuenta, en el mismo lugar y de la misma forma a su amante, el espejo.


Florentino Ortega

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