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Evocaciones

Del rey de los Deportews - Carlos Padilla

03. Del rey de los deportes

En el andar y andar por las brechas, caminos y carreteras de la vida. Por allá, por el año de 1990, conocí al ingeniero Roberto Benjamín Ibarra Hernández. Persona con quién al pasito del tiempo nos haríamos compadres, logrando trabar y forjar, con ello, una grande y perdurable amistad. Lo conocí gracias a que la empresa, en la que él trabajaba, me contrató para capacitarlos en el manejo de uno de los programas de computación de aquellos tiempos; para el análisis de precios unitarios y presupuestos. Yo me sentía una verdadera “chucha cuerera” para esos menesteres de la informática y sus últimos avances, pues me había tocado la suerte de trabajar en una de las empresas que tuvieron acceso a los primeros y novedosos equipos de cómputo, en Baja California Sur.

Pues bien. Mi compadre, amigo e ingeniero, Roberto Ibarra, era desde antes, un hombre aficionadísimo al beisbol, y hasta la fecha.
Su primogénito, a quien se apodaba “el Robert” en el cálido y familiar ambiente beisbolero de La Paz de los noventas y que pertenecía, además, a la misma camada de mi hijo mayor, Carlitos, ya se encontraba perfectamente enrolado en la práctica de tan maravilloso deporte; siendo un muchacho de enormes cualidades que se amalgamaban en un grande y admirable talento. El vástago de mi compadre, fue en distintas ocasiones seleccionado nacional, donde representó a nuestro país, en eventos mundiales, para mostrar y demostrar sus enormes habilidades al mundo del beisbol internacional, trascendiendo las fronteras de nuestro querido México.

Yo practiqué el futbol. Deporte en el que nunca lucí, ni sobresalí. Sin embargo lo practiqué, y mucho.

Al cabo de un tiempo de asistir en compañía de nuestras familias con mi compadre y otros tantos amigos, a los juegos del beisbol donde degustábamos de admirar el creciente talento de los chamacos, mi hijo Carlitos mostró, pronto, interés en ese deporte y un buen día me dijo:

—Apá, quiero jugar beis, ¿me ayudas?
—¡Por supuesto que sí mijo! —Fue mi pronta y convencida respuesta.
Después de algunas cuantas pláticas con las “gentes del beisbol” en la ciudad de La Paz, de ésas temporadas, Carlitos, mijo, estaba jugando beis.
—¿Saldrá bueno para pichar el zurdito? —Se preguntaron, los que sabían.

Y lo pusieron a pichar. Logró en éste quehacer, entre otras tantas, el lanzamiento de un juego perfecto en su palmarés. Con ello conseguiría, Carlitos, que le pusieran una atención más cercana y minuciosa. Posteriormente, ésta hazaña, le valió para ser seleccionado estatal por BCS, en el evento nacional que fue realizado en las hermosas tierras hidrocálidas.

Por aquellos años, no conocí mucho de eso, pero llegaron a Baja California Sur, algunos equipos de cubanos especializados en casi todas las disciplinas deportivas. Para el beisbol llegó Francisco, Panchito, Canteros. Un excelente ser humano con quien lograríamos estructurar una bellísima y cuantiosa, además de generosa, amistad.

Sin embargo, Panchito no sería muy bien acogido, a su llegada, por los “grandes expertos”, arrogancia aparte, del beisbol paceño. Quienes se decían, en lo cortito;

—¡Qué, nos va a enseñar de beisbol a nosotros, éste hombre!”

Mi compadre Roberto, lo mismo que otros padres de familia; verdaderos adivinadores del talento que portaba el recién llegado, platicaron de inmediato con Panchito Canteros, y se lo trajeron, pronto, convenciéndole para que entrenara a nuestros chamacos.

—¡Claro que sí!, —dijo— al fin que yo tengo que entregar un reporte del seguimiento de los muchachos, ante la autoridad. La de México y la de Cuba, mi país. —


Y manifestó, con un cierto dejo de tristeza— Aquellos hombres no me dejan participar. ¡Claro que lo haré con ustedes y con mucho gusto!
No ahondaremos en detalles de esto. Sólo que a nuestros muchachos los hizo campeones en todas las categorías (edades) de la ciudad.

Y por si esto fuera poco, la gran hazaña de Panchito sería que, como asesor del entrenador del equipo sudcaliforniano, en el encuentro nacional llevado a cabo en la ciudad de La Paz, BCS, en el Estadio Arturo C. Nahl en el año de 1994, lograba convertirlos en campeones.

Vencieron al tozudo y aguerrido equipo del estado de Sonora, ¡Ay!, verdaderamente que eso dolió un poco, tras un fenomenal encuentro.

En el campo, la batalla fue de antología. Los participantes y actores de ambos equipos, no escatimaron, absolutamente nada, al realizar sus espectaculares hazañas sobre el terreno de juego. Verdaderamente, ¡un juegazo!

Se mostraría, aquí, tanto la capacidad de sus lanzadores sobre la loma, como el de los integrantes del cuadro, haciendo gala y poniendo de manifiesto su capacidad atlética y artística en sus praderas.

Fue en los primeros tiempos, después de la llegada de Panchito, por allá, en alguno de los tantos juegos de la liga “Chalito Cota”, a la cual asistíamos, como lo hacíamos, todos los domingos, a presenciar el juego de nuestros jóvenes prospectos; estábamos sentados en las gradas y en familia, mi esposa, Rosita, con el Samy, nuestro hijo menor, en brazos.

La efusiva algarabía de los integrantes de las familias se desbordaba, compuesta de toda clase de manifestaciones. Se lanzaban, cantando, nutridas porras. Lo mismo que se escuchaba el ruido feroz de las matracas, al igual que el ruido incesante de los botes metálicos, mismos que eran preparados con gránulos de arena en su interior, para alcanzar el mismo efecto de fiesta de las citadas matracas.

El juego se hallaba en uno de sus álgidos y más emocionantes momentos. Carlitos, mijo, se hallaba con la responsabilidad de estar en la loma de los disparos. El equipo rival se encontraba en su turno de bateo y con dos hombres ocupando sendas almohadillas, en espera de ser remolcados hasta el home. Posicionado sobre el plato en su turno estaba, al bat, el mejor de los toleteros de aquel tozudo equipo. Giraba con parsimonia que erizaba la piel, en círculos breves, como de impaciencia, el madero. Aquel muchacho que masticaba con fragor de máquina demoledora algo parecido a una goma de mascar, estaba convencido de que cargaba sobre sus espaldas, digna y atinadamente, con la responsabilidad de ser el cuarto bate; condición inmejorable para producir, las respectivas carreras con sus compañeros, que esperaban impacientes la señal, sabedores que con su enorme capacidad de bateo, sobraba lo que se necesitaba para producir la ventaja sobre su rival en turno.

El primer lanzamiento recibido lo hizo abanicar la brisa en el intento. Después, tras un excelente lanzamiento del pitcher rival, sin tirarle, y dejándolo viendo el aire y con la carabina al hombro, se le cantaría su segundo strike. Posteriormente, tras un intento de engaño, recibió un par de bolas de trabajo, que sólo porque no las cantó el ampáyer, no fueron validadas como strike. Sin embargo, al quinto lanzamiento el toletero, como un verdadero energúmeno, giró sus hombros al tiempo mismo que su cadera, con el poder de un búfalo y blandiendo el bate en el aire realizó gigante contacto con la esférica. Sacó un tremendo toletazo con giro retrasado, propinando tremendo garrotazo a doña blanca, con precisión de cirujano, justo en la nariz. La deformada esférica inició un viaje salvaje dibujando un rayazo y cortando el aire, pero en dirección hacia el graderío, donde; como si fuese un toro de lidia enfurecido, embistió golpeando primero la pierna de la mamá, pincelándole de inmediato la huella de una infame y dolorosa magulladura púrpura, para luego golpear, enseguida, en su desaforado recorrido, el envoltorio que cubría al niño, concluyendo con aquella agresión, su alocada carrera.

La zozobra invadió de inmediato, a todos los espectadores, cubriendo con una nube de terror el ambiente, volviéndolo turbio y denso. Se causó una gran conmoción al escuchar el grito y llanto, como un agudo aullido, de la criatura. El alboroto fue de enormes proporciones. Sin embargo, después de un largo rato, fue regresando la calma. Las almas fueron regresando a ocupar su lugar, al interior de los mortificados cuerpos. Los gritos de la criatura se fueron tornando en leves sollozos, mientras la mancha en la pierna de la madre extendía sus proporciones de hematoma inacabable. Todos los amigos y conocidos se arremolinaban sobrecogidos por el accidental momento, formando una pirámide, con aquel apiñadero humano, alrededor del Samy y su madre; tenían consigo el vivo deseo de escuchar que no les hubiera pasado nada grave, ni al niño, ni a su progenitora. Por fortuna y a Dios gracias, así fue.

Ya con todo en completa tranquilidad se aproxima despacio nuestro estimado amigo Panchito Canteros, hasta donde nos encontrábamos, angustiados aún. Tocó al niño acariciándole la cabellera y mirándole de frente, como en un intento de consuelo, para la mamá, al tiempo que le dice; con toda la gracia y el ritmo cadencioso y alegre que posee el lenguaje cubano.

—¡Que tú, no te pleocupe Samy…! Pognque tú, vah a sel un buegn pelotero. Y eto…, no ha sío, náa má, que sólo eh bautizo…, y que náa má, eso, Samyto!
Y sí…, sí que se hizo bueno el augurio de Panchito; ¡Salió bastante bueno, pa‟ la pelota, el buquito!


Carlos Padilla Ramos
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