Korima PLACE

Evocaciones

Miguel Angel Aviles Castro

Carpe Diem

Uno está aprendiendo siempre. Aprendemos sobre una palabra, una ciudad, un error, una decepción, una ciudad, un día horrendo o una noche maravillosa.

Porque somos el momento.

Aprendemos de nuestros padres, del maestro o la maestra que te tocó en el primer grado de primaria, del amigo o amiga, de ese niño, de aquella joven, de ese hombre que yace durmiendo la mona atravesado en esa banqueta porque hasta ahí llegó.

No nos damos cuenta porque solemos etiquetar a las personas y creemos que uno si nos dejan algo en cuestión de aprendizaje y otros no.

Pensamos, además, que lo único aprendible es lo que, según nuestra visión del mundo, nos deja algo bueno, pero vaya usted a saber qué diablos significa eso.

Lo malo, en cambio, hay que hacerlo a un lado porque no nos enseña nada y, luego de darle vuelta a la página, hay que seguir buscando vivencias ejemplares, para admirarnos, con los ojos llorosos y las manos en la cara y aprender de ellas.

Siempre estamos esperando, sin ver que todo está en el presente y hay que vivirlo. Hay sucesos predecibles, es verdad, pero otros llegan, como de pronto, así, nada de avisos o un memorándum de Dios o el destino o lo que sea, para que estemos a la expectativa y podamos recibirlos con fervor o con una barricada, un portento o con una valla de granaderos para contener el ramalazo y ni modo, ya están aquí y lo que sigue es aguantar el temporal.

Es decir, queramos o no, la vida y sus contrastes, está ahora, no el día que queramos, o el otro mes o al año siguiente, previo listado de planes que, la mayoría de las veces, nunca cumplimos.

Yo vivo, tú vives, él vive, vosotros vivéis y la recompensa es la mismísima vida y sus aprendizajes. Claro, al decirles que eso implica también ser anfitrión de las desdichas, no significa que seamos masoquistas, físicos o emocionales y que vibremos de placer al recibir un elotazo en la cabeza o porque nos resbalamos en el baño con una gastita de jabón y caímos de coxis o porque nos arrebató un perro y nos mordió un tobillo.

No. Para nada. Pero llega a suceder y no es necesariamente el presagio que anuncia nuestro final. Eso lo sabemos más adelante, cuando esa racha de infortunios termina y que seguimos vivos, en el mismo lugar y con la misma gente.

Dicho de otro modo: aprendimos que somos resilientes y que podemos aguantar eso y más. Aprendimos, también, que la clave está en coger al presente por los cuernos, enfrentándolo, a cambio de no prolongar la incertidumbre y de esa manera salir en hombros no sin antes haber cortado las dos orejas y el rabo.

Eso derrumba la equivocada teoría que refería al inicio y que se aferra a pensar que lo único aprendible es lo que, según nuestra visión del mundo, nos deja algo bueno, y lo malo, en cambio, hay que hacerlo a un lado porque no nos enseña nada.

Ese credo o procesión, tiene una fuerte carga moralista o prejuiciosa. Aparte, es un tanto discriminatoria y, si me apuran, diré, para rematar, que es hipócrita.

Sí, porque nadie puede autocertificarse para ser el vigía del comportamiento del otro, decretando qué es lo bueno, qué es lo malo, y proscribirle al resto de la sociedad, del grupo, de la familia, de la comunidad o del país, que venere una cosa y reproche otra.

Eso nos paraliza o nos activa, si es que carecemos de un libre pensamiento y de una voz propia, con lo cual se castra nuestro albedrío y estamos a expensas de un ventrílocuo social que habla por el resto desde él, para él, con las creencias de él y al ritmo de él.

No estamos en el hoy, sino en lo que mañana, temprano, él diga. Mientras tanto hay que esperar, no vaya a ser que, por “adelantadito” sólo vea y aprenda cosas “malas”.

Entonces nos paralizamos y no cosechamos el día, en el sentido de aprovechar el tiempo y no malgastarlo. Porque estamos distraídos, pensándola mucho, y deshojando una margarita para saber, por fin, es cierto que, con música, la luna se desvela y al sol se le hace tarde pa’salir.

Camina siempre por la vida como si tuvieses algo nuevo que aprender y lo harás, dijo Vernon Howard y me cae que este filósofo tenía harta razón.

Ven: ya aprendí otra cosa.

Así es esto. Somos el presente si lo queremos.

Pero hay que aprenderlo y aprehenderlo.

Por cierto: recuerdo cuando escuché por vez primera, la palabra procrastinar.

Se la escuché a mi amiga Bertha Llanes que, ahora me acuerdo, hace unos días cumplió años y no la felicité. Aquí lo hago.

¿Qué es procrastinar? le pregunté… pero sobre ella y lo que me respondió, en otra ocasión les cuento.

Recuerden y apréndanselo: el secreto de la felicidad es “Sólo por hoy” y “un día a la vez”.

Si me entendieron, brindemos por ello y que se nos alegre ese corazón.

¡Salud!


Miguel Ángel Avilés Castro
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