Korima PLACE

Isla Natividad, B.C.S.

05. ¡Ahora funciona…, ahora no!

Baja California Sur, es hermosa por donde la veas. El desierto se besa con el mar y la sierra hace, también, su noble encuentro al prodigarle sus propios besos a ese maravilloso y apacible mar. Sus aguas mansas y multicolores en el Mar de Cortés, son motivo divino para impregnar de amores variados a todos los sentidos y las bravas aguas del océano, también se vuelven cálidas y acogedoras en sublime contacto con su desierto y su montaña. Y ni que decir de sus habitantes; cabales, sinceros y amigables.


Iniciábamos, en esta ocasión, una etapa nueva de mi “constructora ocupación” y corrían los meses finales del año de 2010. Ahora me tocaba desarrollar actividades varias por el norte de la Baja, aunque ya antes me había tocado la suerte de recorrer algo de estas tierras, al cumplir con la comisión de construir una casa para el alojamiento de cuatro máquinas generadoras de electricidad, en aquel pedazo de tierra forjado al cincelar perenne de las aguas ásperas y violentas de la hermosísima Isla Natividad.

Sus caminos nos llevaron, por vez primera, a realizar esta maravillosa y andariega aventura por las largas terracerías que nacían unos cuantos kilómetros después de abandonar el tramo carretero desde la comunidad de Vizcaíno hasta el entronque a la comunidad de Asunción, recorriendo interminables salitrales y lagunas cubiertas con los cristales de la sal que el mar produce, de manera natural. Se deleita nuestra vista ante el paisaje desplegado por las salmueras y una larga serranía nos espera para cruzar, y arribar así, al tranquilo pueblo de Bahía Tortugas. Un poco más adelante, se concluye con el largo recorrido terrestre, en un lugar denominado Punta Eugenia. Este lugar último, se nos presenta peligroso e intimidante para nuestras nóveles experiencias marineras, sobre todo, por lo bravío de su incesante oleaje e inestable marejada. Aquí, es el lugar utilizado para botar las pangas, entre sus furiosas y amenazantes olas, para iniciar después la apacible travesía sobre el tapete oscuro que forman las profundas y misteriosas aguas del océano, hasta la isla.

La amistad y el incondicional interés, de que fuimos placenteramente objetos, por parte de la admirable disposición de los amigos moradores isleños, quienes conviven y trabajan, agrupados, en las arduas tareas marinas y terrestres de la sociedad cooperativa, denominada “Buzos y Pescadores”, se quedaría prendida en nuestras almas, por siempre.

Ahora, en nueva empresa, llevamos el compromiso de extender las tomas de agua de mar, en sendas plantas desaladoras, en las comunidades de Punta Abreojos y La Bocana; en el vasto y desértico territorio costero, del municipio de Mulegé.

Para acceder, hasta estas comunidades, viajamos por la carretera transpeninsular, de sur a norte, hasta alcanzar veinte kilómetros por delante de la misión de San Ignacio. En este lugar es donde se encuentra la desviación izquierda, en el entronque carretero denominado, por los vecinos, como “campo Fisher”. Desde este punto se inicia el recorrido a través de un camino pavimentado que serpentea cruzando el desierto, hasta llegar a los salitrales de la costa, a lo largo de una distancia de ochenta y ocho kilómetros, para llegar, primero, a Punta Abreojos y, veinte kilómetros más adelante, se arriba a La Bocana. Este último recorrido entre los dos pueblos, es a través de una brecha que cruza unos campos salitrosos muy finos, compactos y planos, que la gente prefiere recorrer, antes que transitar por la permanente y ondulada, terracería oficial.

Ambos pueblos son, apacibles y pintorescos. Con aguas, si bien bravas, también lo son, en extremo, hermosas. Guardan al seno de sus frías, húmedas y salobres entrañas, los codiciados y valiosísimos tesoros marinos, tales como: la langosta y abulón, entre otros tantos de menor valía.

Las obras que nos traen hasta acá, son muy simples y sin mayores complicaciones. Las autoridades han acordado con las comunidades y sus respectivas cooperativas pesqueras, una serie de facilidades y apoyos para lograr las encomiendas en el menor tiempo posible, con las condiciones óptimas deseables.

Empezamos a entrelazar contactos. Armamos y generamos nuevas amistades y excelentes relaciones que nos lleven a buen puerto, en los compromisos de nuestras tareas.

En la comunidad de La Bocana, todo marcha “viento en popa”. Su gente, amable, aportó de manera excepcional todo el apoyo que se había comprometido y lo hicieron en un período mucho más corto que el que estaba previamente estimado. Se concluyen los trabajos y se realizan los procedimientos para la entrega-recepción de los mismos. La planta desaladora queda operando, en sus mejores condiciones.

En la comunidad de Punta Abreojos la situación se torna un poco compleja. La cooperativa no aporta, a tiempo, el equipo de buceo a que se había comprometido, para la instalación y sujeción de la tubería con su pichancha integrada, dentro de las inquietantes aguas marinas. Se retrasa un poco, pero finalmente se destraba el asunto. Ahora viene lidiar con las turbulentas aguas del océano. Hay mucha arena en suspensión y la visibilidad bajo el agua no concede las condiciones óptimas para la ejecución, completa, de los trabajos. Se reprograman para más adelante. Lo comunicamos a la empresa para la cual trabajamos y las instrucciones son: “Regrésense a Santa Rosalía, continuaremos los trabajos, de acá, y cuando estén listos regresamos”; así lo hicimos.

Volvimos, hasta el lugar, en tres o cuatro ocasiones más, hasta dejar concluida la instalación de la línea completa. Todo júbilo mío y el equipo de personas que me acompaña, de la empresa, y de la comunidad, en fin…, ¡el de todos al mismo tiempo!

Sin embargo, cabe decir que, lidiar con las embravecidas y brutas aguas, con el inclemente y congelante clima de diciembre, enero y febrero, aunque en las orillas, pero al fin, dentro del agua, no sería lo más complicado con lo que habríamos de lidiar.

Llevaban apenas transcurridos unos pocos días de haber estado felices y contentos con la entrega de la obra, cuando, de pronto, es recibida una llamada telefónica en las oficinas de nuestra empresa.

—Algo está fallando y no podemos producir agua. —Fue la información recibida.

Comisionados, de manera extraordinaria, estábamos nuevamente en Punta Abreojos. De nuevo; la disposición de autoridades civiles y las de la cooperativa, a la orden. Revisamos todo el sistema. Corregimos lo corregible. Nos despedimos llenos de un nuevo júbilo, dejando en operación las instalaciones.

—Era el “filtro separador de arena” que se había tapado con sedimentos marinos —Así lo reportamos al jefe— No sé porque se atascó, pero ya quedó listo. Pusimos en operación de nuevo y nos regresamos.

Pero…, a menos de un día de habernos retirado nuevamente de aquel lugar, nacía algo que terminaría convirtiéndose en una maldita letanía;

— Algo está fallando, la planta no jala, y no podemos producir agua.

Y así terminaría repitiéndose, por infinitas ocasiones.

—¡Carajo, inge! —Me decía, cada vez el jefe, desde las oficinas de La Paz— ¡Vé, y resuelve eso de una vez por todas!

Partimos por enésima ocasión. Corregimos; se trataba nuevamente del separador de arena, se había atascado. Pero ahora, no era sólo eso. También la bomba, de agua salada, estaba presentando problemas. Inclusive; había problemas nuevos que afectaban a la energía eléctrica desde los tableros principales hasta la caseta de bombeo. Aunado a ellos, otros problemas, en la pichancha, nos venía a mortificar. En resumen; todo estaba dado al carajo, en términos operacionales.

Buscaba y rebuscaba entre los escondrijos de “mí lógica” y no lograba encontrar nada. ¡Absolutamente, nada!

Amanecía y volvía a acabarse la luz. Corría el tiempo. Se acababa todo el desgraciado día. Anochecía y no podía dormir. Se me abotagaban las ideas, y no habíamos logrado resolver el problema. Y así; pasó un día. Luego otro. Una semana. Una quincena. Un mes, y más… Aquello terminaba por desesperarnos a todos. La empresa había realizado, ya, erogaciones que lindaban en tintes rojos, rojísimos, por las pérdidas. La situación, se había vuelto, en verdad, insoportable.

Sin embargo, una buena ocasión, muy de mañana, se me acercó un buen samaritano, portando en su alma caritativa, una buena. Se convirtió aquella persona, en alguien a quien, al final de la jornada, nunca tendré; ni tiempo, ni vida, para terminar de agradecerle el favor. Se me acercó, hasta donde me encontraba sentados sobre una piedra y mesándome los cabellos, despeinados aún, y me dijo en secreto:

—Inge… la mera neta, inge, ¿no se ha dado cuenta que “la Vaca” lo está saboteando?

—¡Qué! —Exclamé, saltando como impulsado por un resorte — ¡No te entiendo! —Le dije.

La verdad es que alcanzaba a visualizar, a medias, lo que me trataba de decir. Pero no daba crédito a las palabras que escuchaba, porque la Vaca era uno de los operadores de la planta ¡Y era el de mayor antigüedad en ese puesto! Me quedé cavilando por mucho, mucho rato “¿Qué hago? ¿Qué hago?” Me retumbaba en la cabeza la pregunta.

Un hecho real es que ésta bendita criatura a quien apodaban la Vaca, era un pobre hombre que estimaba, a juicio propio, que quien llegara, se tratara de quien se tratara, a trabajar a ese lugar, carecía por fuerza mayor del conocimiento y la experiencia para trabajar con aquellas violentas e impredecibles mareas. Y estimaba que era de carácter obligatorio, solicitarle, a él y sólo a él, su ayuda, para poder resolver cualquier tipo de trabajo que allí tuviera que realizarse. ¡Pero cómo adivinarlo!, si al llegar, él, que no se encontraba ni en las instalaciones, ni en el pueblo, porque se hallaba tratándose de algunas de sus dolencias en un hospital lejano. Al menos, eso fue lo que supimos, tiempo después. Pues bien, cuando él regreso de su viaje, se enteró de inmediato de nuestro trabajo y fue ahí mismo que empezó nuestro viacrucis. Operaba, nosotros, por supuesto, no lo sabíamos, en contra de los trabajos que habíamos realizado. Desregulaba válvulas de paso, provocando el atascamiento del separador de arena. Botaba la energía eléctrica, para provocar la caída y taponamiento de la pichancha que operaba bajo el mar. Y así, siempre buscaba y encontraba novedosas formas de hacer daño, provocando accidentes, en los que, a los ojos de los demás, nosotros aparecíamos como los responsables y culpables negligentes.

Yo había vuelto a sentarme sobre la misma piedra y continuaba mesándome los cabellos. Miles de pensamientos revoloteaban por mi mente, hasta que, de súbito, arribó a mi mente una idea;

—¡Grabar! ¡Sí, grabar! ¡Filmar todo el equipo operando! Esto hay que hacerlo, por al menos cuarenta y ocho horas continuas, y llevar, durante ese tiempo, los registros de producción de agua, tanto de la bomba de agua de mar, como la producción de la Planta.

Eso hicimos. Sólo que, para evitar cualquier contrariedad, solicitamos el apoyo del cuerpo de policía, para que nadie, absolutamente nadie, operara nada, sin ser validado por nosotros.

Por supuesto que nosotros no habíamos enterado a nadie, del origen de nuestras fallas, ni el porqué de la decisión que estábamos tomando, pero…

Obviamente que al enterarse de esta actitud nuestra, “la Vaca” se enteró de que habían sido puestas en evidencia sus malandrinadas y se puso como loco. Abrumado por su estado histérico; desde lejos me gritaba y me retaba, en un afán casi enfermizo. Pero transcurrieron las cuarenta y ocho horas solicitadas a las autoridades. Todo estaba funcionando en perfecta armonía. Todo estaba correcto. Absolutamente ninguna falla. Los volúmenes producidos, descontando los rechazados, cuadraban a la perfección. Todo grabado y registrado.

Entregamos por fin la obra, al comité y a las autoridades correspondientes.

La Planta desaladora continuo teniendo algunos problemillas; los normales en la operación de este tipo de equipos, hasta la llegada la obra del gran acueducto, “Pacífico-Norte”, con el cual, las comodidades cambiaron, de manera radical, en la disposición del vital líquido. Estas nuevas instalaciones fueron, por mucho, más cómodas para ambas poblaciones.

El equipo de desalación quedó en desuso. Poco a poco sus instalaciones y accesorios han ido sirviendo de refacciones para los demás módulos que existen en las comunidades vecinas instaladas a lo largo de aquel vasto litoral del Pacífico, donde aún no llega el agua entubada.

La lección, por increíble que parezca, fue asimilada, con creces y aunque fue muy áspera, tuvimos una enorme evolución y aprendizaje del aquel incómodo evento.


Carlos Padilla Ramos
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