Korima PLACE

Instituto Tecnologico de La Paz

16. El micrófono

Iniciaban, a toda marcha, nuestros compromisos estudiantiles, en el nivel profesional. Nuevas personas ingresaban a nuestras vidas, nuevos profesores, nuevos amigos; algunos serían solamente pasajeros, otros se quedarían para siempre.

Eternamente la juventud será inquieta en la búsqueda de sus satisfactores. Y buscará y encontrará los métodos más adecuados para la solución a sus requerimientos.

Estábamos tomando una de tantas clases. Transcurrían los primeros semestres de la carrera, cuando se acercó, un grupo de muchachos, hasta la puerta del aula donde tomábamos la clase. Solicitaron autorización al maestro en turno. Toda vez que les fue concedido el permiso solicitado, ingresaron al salón de clases y se posaron frente a nosotros.

Traían consigo un planteamiento, una idea, o más bien, una inquietud muy interesante, al menos, a mí, así me lo pereció. Convocaban a toda la comunidad estudiantil para integrar la mesa directiva de la sociedad de alumnos, que en esta institución educativa, se le denomina; “Directorio Estudiantil”. La propuesta es que, este de estudiantes, estuviera conformado con la representación de todas las carreras, que en ese tiempo se ofertaban. Recalcaron, muy en particular, de la apatía observada en el área de ingeniería civil, para participar en este tipo de actividades cívicas y de trascendental impacto en la vida armónica de las sociedades. Ellos eran cuatro, y todos, de esta especialidad referida, y que era la misma que nosotros estábamos cursando.
Planteaban además, que no era estrictamente su intención personal, el liderar esta agrupación, y que sólo eran portavoces de una propuesta, donde los elegidos serían nombrados en una consulta previa, integrando la planilla que buscaría la representación mucho más homogénea de los estudiantes y sus intereses, ante las autoridades institucionales. Se notaba, desde lejos, que tenían una gran voluntad de empujar para beneficio de la propia sociedad estudiantil, y de todos y cada uno de los espacios que, a su joven juicio, merecían especial y puntual atención.

Me atreví a exponer algunas interrogantes. Me fueron aclaradas de manera pronta y concisa. En breves instantes, estábamos integrados a ese equipo de muchachos.

Visitamos todos los grupos de todas las carreras. Logramos capturar el interés de una gran cantidad de jóvenes de todas las especialidades. Y muchos otros se fueron integrando para compartir y distribuir la propuesta, por todas las aulas y sus distintas profesiones.

Esto creció y levantó, en muchos más, el deseo de participar. En realidad no sabíamos cómo organizar este tipo de asuntos, sin embargo seguíamos cosechando la preferencia de las mayorías.

Finalmente, el amigo Carlos Rivas Lizaola, de ingeniería civil, sería quien lideraría la propuesta, que por un buen tiempo estuvimos llevando a todos y cada uno de los rincones de nuestra Alma Mater.

Tampoco sabíamos, ni imaginábamos siquiera, que lograr el triunfo, colocaba a las personas en una situación de “privilegio”. Pero poco después sabríamos que había personas que sí lo sabían y estos, enterados de la novatez de nuestro equipo, se lanzaron con furioso ímpetu a la contienda, para conseguir la dirección de los estudiantes, no por la dirección misma, sino por los privilegios a que ello conllevaba. Un tiempo después, nos enteraríamos que eran muchachos activos y bien capacitados en estas lides de “la política”; de las juventudes revolucionarias de un tricolor partido político.

Dicha institución política había concebido un laborioso plan, para conquistar esa plaza a través de sus juventudes insertas en la comunidad estudiantil tecnológica. Y sus muchachos, habían sido aconsejados y asesorados, previamente, para lograr “el control político” de ese sector de la sociedad paceña. Estos eran aspectos que nosotros jamás imaginamos que estuvieran sucediendo. No nos alcanzaba el talento, ni siquiera para imaginarlo así. Nos preocupaba lo que sucedía al interior de la institución, sí, pero nos motivaba desde el más puro carácter educativo. Lejos estábamos de imaginarnos de los intereses de poder y control, que los políticos de esos tiempos, concebían, a través de la masa estudiantil.

Recuerdo que nuestro equipo tenía convocado a una reunión en la plaza; a un costado de la cafetería de aquellos años. La atención, a dicha convocatoria, había tenido un éxito impresionante. La plaza lucía completamente llena. Los muchachos se apiñaban en derredor nuestro y los más alejados se posaban sobre los arriates, en las jardineras.

Los jóvenes del bando “contrario”, en una actitud demoledora, arrogante y carente de respeto; llegaron a nuestro evento e instalaron sus equipos de sonido. Iniciaron con ello un mayúsculo escándalo, que tenía como única finalidad, el objetivo de abortarnos la reunión y aprovecharse de nuestra capacidad de convocatoria. Nada más erróneo y alejado de la realidad.

Nosotros, sólo con nuestra voz, estábamos enterando a la comunidad, el plan de trabajo; el cual sería analizado y mejorado con la aportación de ideas, a través de las distintas mesas de trabajo, integradas por todos los miembros de la comunidad estudiantil.

La mayoría de los asistentes al evento se declararon, instantáneamente, en rebeldía por aquel atropello y los noveles aprendices de políticos, terminaron accediendo, pero sólo a bajar el volumen del escandaloso aparato. Porque querían, con la insistencia que caracteriza a un político irrespetuoso y trasnochado, hacer su acto, por sobre el nuestro.

Entonces fue que le propuse a nuestro compañero y líder, Carlos Rivas, que solicitáramos el micrófono prestado por un momento, para despedirnos del evento, ya que así, no se lograría absolutamente nada, sino sólo confundir y provocar un enfrentamiento entre los muchachos, a lo que me contestó;

—¡No, tocayo, no! Yo no sé hablar con el micrófono.

—¡Pues yo tampoco, tocayo! Pero, ojalá nos lo prestaran, estos ca… nijos.

La novatada de aquellos muchachos, fue prestarlo. Tomamos la palabra, y el mensaje no fue de despedida. Una vez con los altavoces en nuestras manos, se integraron más muchachos y profesores incluyendo hasta el personal administrativo y de intendencia, y además, se pudo llegar a todos los rincones, de la escuela, con la gran capacidad de sonido del aparato. Se armó un enorme y creciente relajo, porque el éxito del evento creció en alcance y simpatías, totales.

Los propietarios del equipo de sonido, en una desesperación incontrolable, jaloneaban el micrófono en una jadeante lucha. Llegaron a alcanzar un estado de histeria pública, por los resultados que ellos mismos estaban provocando y atestiguando, escuchando a todos los ahí reunidos, gritando al unísono;

—¡Que se lo dejen! ¡Que se lo dejen!

Acompañando a la anterior y acompasada consigna, salieron toda clase de imprecaciones; voces, altisonantes unas, con muchísimo enfado las otras.

Nuestros contrincantes se retiraron envueltos por una oleada de enormes muestras de repudio, por parte de la sociedad estudiantil. Al final, este evento lograba que los muchachos integrantes de aquella planilla, perdieran cualquier posibilidad de triunfo, en aquel concurso electoral.

La mayoría de ellos, recuerdo, se vieron en la imperiosa necesidad de emigrar, buscando alternativas en otras instituciones de educación, pues sus calificaciones, en el sistema tecnológico, no les daban, ya, para más. Y sin “privilegios” se les cancelaba cualquier asomo de oportunidad.


Carlos Padilla Ramos
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