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Cuentale - Carlos Padilla

13. ¡Cuéntale…, cuéntale!

Octavio es el hijo varón más pequeño de una familia de origen sinaloense, que llegara para quedarse en estas tierras sudcalifornianas. Integrante de una familia de siete hijos; cuatro varones y tres hermosas mujeres, además de don Florentino y doña Chuy, sus padres, que como otros tantos emigrados, lograron hacer arraigo prodigioso en esta bendita tierra de la Baja.

La vida nos llevó por caminos que llegaron al punto de coincidencia en el año de 1983, haciendo remolinos entre las filas nutridas de aspirantes a estudiar la carrera de ingeniería civil, en el Instituto Tecnológico de La Paz.

Desde los primeros días se dieron las condiciones para que se incubase e hiciera eclosión, perfecta, la gran amistad que nos llevaría con el tiempo a ser entrañables compañeros de aula, de trabajo, de compadres después; para finalmente consolidar una fraternal amistad entre las dos familias.

Varias fueron las coincidencias que se presentaron en nuestras vidas, desde coincidir en nuestras juveniles aspiraciones, incluyendo en la fecha que su padre naciera, un dieciséis de octubre, coincidiendo con el día de mi cumpleaños, y luego, cuando contrajo nupcias, su suegra coincidía también con la misma fecha de nacimiento de nosotros, la mía y la de don Florentino. En fin que fueron tantas y tan variadas semejanzas, las que nos unieron desde nuestras etapas juveniles, y posteriormente profesionales y filiales.

El conoció a mi familia, tanto como yo, a la de él. En frecuentes reuniones de convivios, narrábamos cuántas y tantas vivencias, de la una y de la otra, provocando las risas y alegrías de aquellos vívidos momentos.

Él platicó, en alguna ocasión, acerca de un viaje que realizaron desde ciudad Constitución hasta la ciudad de la Paz. Debió haber sido en los maravillosos años de cuando iniciaba la maravillosa década de los 70‟s. La carretera transpeninsular, que cruzaba todo el territorio, hoy estado de la península de Baja California Sur, no había sido pavimentada aún. Y eso hacía que esa aventura por la extensa y pedregosa terracería, fuera larga, polvosa, agobiante y exageradamente cansada, en cualquier período del año en que ésta se llevara a cabo. Además de presentar toda clase de riesgos y de sufrir cualquier tipo de averías en las máquinas, por muy buenas que éstas estuvieran.

El tráfico era muy reducido, tanto que, sufrir un desperfecto, se convertía en motivo para quedarse tirado por muchas horas, si no es que por días enteros. En esta ocasión en que viajaban; el padre y sus cuatro hijos varones, no fue la excepción para vivir la desastrosa experiencia de quedarse tirados a medio camino, entre las dos ciudades.

Rodeados del desierto ardiente, la espera se fue convirtiendo en una agonía desesperante. Las manecillas del reloj se movían con una lentitud pasmosa. Tan pasmosa y dilatada que agotaba, con frenesí, cada vez más la desgastada paciencia de aquella familia; aislada en medio del inclemente desierto sudcaliforniano. Se vislumbraba a lo lejos de ambas puntas del camino el sol reverberante, como un gigantesco caldero hirviendo y haciendo todo tipo de estragos en aquella candente atmósfera de aire y fuego.

Nada de telefonía, ni mucho menos; muchos años tendrían que trascurrir, aún, para poder gozar de los beneficios de tan solvente tecnología.

La impaciencia los llevaba a todos al remolino de una histeria colectiva. Todos viéndose, con la desesperación dibujada en la cara, de vez en cuando. Para apaciguar las oleadas de la desesperanza, otras veces, alargaban la mirada hacia ambos lados de la brecha, como implorando al Eterno Dios, o como una madre a la espera de la llegada de un hijo ausente. Exactamente así, todos esperaban, deseando atisbar a lo lejos la posibilidad del auxilio que les permitiera solucionar su contratiempo, para poder continuar con su viaje.

La paciencia caducaba en la infantil humanidad de Octavio y en su insoportable desesperación; haciendo explosiones sucesivas de aquel coraje acumulado y sin mediar consecuencias, gritó:

—¡Mira nomás! Cinco-cabrones-estamos-aquí, ¡y mira!, no podemos hacer ni madres.

Don Tino, hombre de serena y ampulosa calma, además de traer consigo, siempre, un tibor de amor hacia sus vástagos, volteó, sin mostrar prisa alguna, todavía de reojo. Y sin alcanzar a voltear la cabeza por completo, le contesta;

—¡Sí, muy cabrón he de ser yo! ¿Verdad? ¡Jodido!

Con los ojos, como platos, muy abiertos, y cayendo en la cuenta de las palabras emitidas por él mismo, y dando dimensión exacta a la barbaridad que había pronunciado, Octavio, en un intento de corregir todo aquello, alcanzó, todavía, a decir;

—¡No apá, no. No lo digo por usted!

Entonces, ya para cerrar la desesperante situación, del chamaco, don Tino concluye diciendo;

—¡Cuéntale…, cuéntale, y veras si no!, ¡cabrón! ¡Somos cinco los que estamos aquí!

La mirada de Octavio que se paseaba afanosa en busca de un prodigioso auxilio, deseaba encontrar la de sus hermanos, pero la de ellos esquivaba cualquier responsabilidad en el hecho aquel. Octavio buscó, al final, una piedra donde reposar, escondido a la mirada de los demás; sobre todo, de la de su papá.

El ocurrente e involuntario incidente, al final terminó entre risas. Mismas que sirvieron para desestresarse todos, al menos por un pequeño instante.

Sin embargo este suceso serviría, al paso de los años, para que en las reuniones decembrinas o de cualquier otro tipo, se regocijara la familia por entero, al recordarla.



Carlos Padilla Ramos
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