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Puerto San Carlos BCS

11. De San Carlos, la Termo…, y Sixto Yépiz

Las necesidades económicas lo llevan a uno a tomar decisiones que sabrá Dios, hasta dónde pararán. La construcción, como otras muchas actividades en el mundo económico, llega a puntos de crisis formando atenazantes remolinos que terminan llevándose, engullendo, todo lo que se encuentra dentro de su radio de acción.

Era 1991 y nacía, a fines de mayo, mi segundo hijo “el Samy”. Y era precisamente en un momento, de ésos, de crisis en el ambiente de la industria de la construcción, donde yo desempeñaba mi vida productiva.

Después de algunos intentos, fallidos, del Ingeniero Ismael Medina Ibarra, al fin logra convencerme de renunciar a la cátedra, para acompañarlo a resolver algunos compromisos que había adquirido en la construcción de la planta generadora de electricidad “Gral. Agustín Olachea Avilés”, ubicada en las cercanías de la comunidad de Puerto San Carlos, en el municipio de Comondú, en Baja California Sur.

Me cuesta muchísimo trabajo juntar las palabras, y los términos adecuados, para justificar mi retiro de la actividad docente. Incluso el director de la institución se resiste a estar de acuerdo con mi decisión, y en un intento por retenerme, me explica:
—¡Ingeniero!, no puede ser que usted se vaya. No puede dejarnos. Ya ve como son los muchachos. ¡Dicen cada cosa, los canijos chamacos!, y de usted, sólo dicen que es muy enérgico y exigente. Pero nunca, jamás, han dicho que sea usted, un pendejo, ni un alcahuete.

Por supuesto que eso puso “repletito el costalito de mi ego y mi autoestima”. Por otro lado, no sé si las palabras del profe fueran, ciento por ciento, ciertas, y de mi parte; la suerte ya estaba echada, dado que la situación económica era ya insoportable. No podía, ni debía, continuar en esa situación de crisis en la que me encontraba y que castigaba duramente a mi familia. Me despedí de la cátedra, muy a pesar mío.

A este nuevo compromiso de la construcción, nos íbamos la semana completa, es decir, nos íbamos el lunes muy de madrugada y nos regresábamos del orden del medio día, de los sábados. Era un ir y venir, incesante, semanal. Pero lo justificábamos al seno de la familia, como “la torta bajo el brazo” de la llegada del Samy, a nuestras vidas. En lo económico, mejorábamos, sustancialmente, nuestra condición.

Puerto San Carlos es un lugar delicioso y mágico, como los tantos que se encuentran desparramados a lo largo del inmenso litoral del Pacífico, en la península sudcaliforniana; se precia de obsequiarnos, desde el mismísimo arribo, un maravilloso paisaje de manglares. Se dibujan, como pinceladas, entre el bosque de vegetación marina, hermosas callejuelas y callejones con el agua, simulando una ciudad flotante. Con azules de mar radiante bajo un cielo inmensamente azul, al contraste sutil del verde macizo de mangle. La quietud de sus aguas remansadas, aun con pertenecer a las del océano, se abrazan a la costa con la calidez de una novia enamorada.

Tuve, en esta aventura de la construcción, la suerte de conocer muchas y muy variadas gentes; obreros y profesionistas que llegaban hasta este hermoso rincón de la patria, para trabajar, y cuyos orígenes datan de todos los rincones de nuestra nación. Con ellos, logramos trabar, de esas, amistades que perduran.

En el pueblo, había un viejo muy simpático y bromista llamado; Sixto Yépiz. Hombre dedicado, con sobrada sapiencia, a las artes culinarias. Nos atendía en el suministro y preparación de nuestros sagrados alimentos, a todo el equipo, en su restaurant. Siempre traía pincelada, a la alta escuela del arte, una sonrisa por donde brotaba, a borbotones por su rostro, un ánimo eternamente pícaro y travieso. Tenía los ojos clásicos que posee este tipo de gentes; redonditos y acuosos, como a punto de lágrimas. Su risa era siempre franca y ruidosa, casi escandalosa. Cuando se veía rodeado de gente, no paraba de relatar chistes o anécdotas en las que citaba cuánto tiempo de su vida le había dedicado a cada actividad narrada; que cinco años trabajando en la agricultura, que otros cinco, más, como grumete en los barcos pesqueros, y que otros tantos en esto, y otros pocos en lo otro; todo lo anterior, aunado a los cuarenta y tantas que llevaba, ya, con su negocio de alimentos, en aquel apacible pueblo de pescadores.

Nos encontrábamos en la casa-oficina, realizando las actividades rutinarias de nuestra ocupación profesional; números generadores, estimaciones, elaboración de facturas, elaborando croquis y toda clase de planos…, en fin.

Indalecio Medina (a) “el Salecio”, era un joven muy entusiasta y lleno de esa hiperactividad insaciable que caracteriza a la juventud. Era también, hermano del ingeniero Ismael, el patrón. Este día, el Salecio, tuvo la sacrosanta ocurrencia de intentar determinar la edad, exacta, de Sixto Yépiz; y lo hizo, a partir de los tiempos que el mismo Sixto manifestaba haber durado ejerciendo cada una de las actividades a las que se había dedicado a lo largo de su azarosa y pícara existencia.

Para ello, partió de un método simple de sumas cronológicas, estructurando, con la minuciosidad de un antropólogo, el correspondiente currículum vitae, de nuestro amigo. Apuntaba en él, con sumo cuidado, toda la información, perfectamente catalogada. Acumulaba, así, cada año que Sixto mismo había reseñado. Sin quitarle, ni ponerle, absolutamente nada. Aquel procedimiento era realizado bajo una estricta seriedad, misma que exigen las disciplinas de la informática, la estadística y en gran medida, la antropología y la historia. El asunto era abordado, pues, con enorme seriedad.

A pesar de todo esto, se tornaría poco menos que imposible, llegar a un resultado creíble. El resumen obtenido, después de este minucioso procedimiento, oscilaba muy cerca de los 180 años. Sin embargo, y con todo y la poca credibilidad de la conclusión, fue enviado a impresión. El reporte quedaba impreso en una hoja tamaño carta, con un elegante marco que ribeteaba, a colores, logrando una excelente y elegante presentación, de nuestro histórico documento.
Acto seguido, se lo llevamos a entregar, personalmente, a su propietario, Sixto Yépiz.

Aquel testimonio escrito se convertiría en motivo de fulgurantes y estrepitosas risas. Entre otras tantas bromas, que se dieran entre la palomilla, al mirar la cara pícara y adornada por los saltarines y bailones ojos, de Sixto.

A las reclamaciones que hiciera ante las exageraciones, a nuestro Matusalén, nuestro amigo Salecio, sentíamos además de alcanzar a percibir lo estéril de ésta tarea, que nunca jamás podríamos contar con la autorización de nuestro antiquísimo y vetusto camarada, para restarle ni un solo día, a sus propias versiones. Y sucedió que; ¡Al contrario!, se acordaba de otras, en ese instante. Por supuesto que esto acarreaba, más y más, oleadas de carcajadas de toda la raza presente, además de una buena dotación de años adicionales a la vida de nuestro pícaro amigo.

El inolvidable y siempre bien recordado, Sixto Yépiz, falleció muy adulto, minado por la mugre enfermedad de estos tiempos, “el diabetes”. Era sumamente doloroso ver, como se le iba apagando la viveza en la simpatía de sus vivarachos y bailarines ojos, cuando ya carecía de una de sus extremidades inferiores y una fría silla de ruedas le atenazaba.

Nuestro estimado camarada, el Salecio, terminaría su tiempo de vida siendo muy joven, aún, en un vil y miserable accidente doméstico; siendo un mal logrado abogado, ya que ésa era la profesión para la que había estudiado; sin embargo su vocación de aventura y técnica, siempre lo empujó hacia la búsqueda incesante por la ingeniería.

¡Muy grandes y entrañables hombres, este par de inolvidables amigos!



Carlos Padilla Ramos
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