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Regalo de cumpleaños - Carlos Padilla

08. Regalo de cumpleaños

Una vez que inicié con mi nuevo trabajo, en la compañía minera, Rofomex, pude entender muy pronto el significado de las apuraciones del Licenciado Luna, para que me pusiera a trabajar de inmediato. El aseo en las oficinas, o mejor dicho, la ausencia de aseo por todas las instalaciones, demostraba que aquello, era un caos total. Fueron pocos, pero muy pesados, los días para lograr alcanzar el ritmo y resolver todas las necesidades de un edificio tan grande y con muchos cubículos, como lo era aquel. Había; secretarias, choferes, contadores, abogados e ingenieros; mineros, geólogos, químicos, metalurgistas, civiles, gerentes de áreas, y principalmente, los directores generales. El ajetreo, en el traficar de tantas gentes, era enorme. La monumental plantilla de todo tipo de técnicos que laboraban en las plantas que estaban en construcción aún, en Puerto Adolfo López Mateos y el de San Juan de La Costa, también eran cuantiosas, y pasaban, casi a diario, por las oficinas generales en la ciudad de La Paz.

Pronto logre conquistar algunas amistades y fui muy bien recibido, en la sección de los dibujantes. El dibujo se convirtió en una actividad que lograría llamar poderosamente mi atención. En este departamento, había dos muchachos, muy jóvenes; Crescencio Lomelí y Sergio Cosío, y los dos, estaban estudiando ingeniería civil, en el Instituto Tecnológico de la Paz. Por supuesto que yo me veía reflejado en ellos. Vislumbraba, casi nítida, la posibilidad de estar pronto, lo mismo que ellos, estudiando una carrera. Sin embargo, eran apenas mis primeros escarceos, en la preparatoria, y apenas arrancábamos con el proceso de aprendizaje de la dosificación de los tiempos entre; escuela, familia y trabajo. No se presentaba fácil, absolutamente para nada; satisfactorio sí, y por mucho.

Ya sosegado de aquel tremebundo ajetreo, provocado por las extenuantes tareas del aseo, me refugiaba con estos muchachos; y pronto empezaron por darme algunas pequeñas tareas de dibujo, y por supuesto que, muchísimas enseñanzas. Las tareas eran de lo más elemental; tales como rotular algunos planos de mucha sencillez, y alguno que otro formato, para reportes de las actividades de control o de producción. Utilizábamos para ello, un equipo que me parecía muy curioso. Estaba conformado por unas regletas que tenían letras, en bajo relieve. Con otro aparato, al que le llamaban alacrán, por su curioso parecido al venenoso insecto, al cual se le colocaba una plumilla en uno de sus brazos; y en el otro brazo portaba una aguja que se hacía recorrer por los canalillos, en bajo relieve, de las letras de las regletas. Así se reproducían las letras que quedaban copiadas al papel.

Un día de tantos, en el tablero de la recepción, donde se colocaban todo tipo de notificaciones, tales como; memorándums, noticias, avisos y eventos importantes de la vida de la empresa minera, me tocó observar uno que en lo particular, llamó poderosamente mi atención. Se trataba de la convocatoria donde se realizaba la invitación a participar en una carrera de atletismo. En el evento atlético se competiría recorriendo una distancia de 3,000 metros. La carrera se llevaría a cabo en la unidad minera de San Juan de la Costa. Con el ánimo exacerbado, me dediqué a juntar la información necesaria y logré inscribirme en la referida competencia deportiva, para poder participar.

El organizador era un ingeniero de apellido Valle. Un gran aficionado a esta disciplina deportiva, sin lugar a dudas. El evento estaba programado para el día 20 de Noviembre. Con el apoyo del ingeniero Valle, quien me trasladó en su propio carro y llegamos hasta la Unidad Minera de San Juan, el día de la competencia. Fuimos varios concursantes los que nos presentamos. Alrededor de unos treinta. Todos trabajadores de la empresa. Obtuve el segundo lugar de la competencia. El ingeniero Valle fue el primero. Sin embargo, como era el organizador del evento, terminaría renunciando a su trofeo y propuso que los trofeos se recorrieran en el orden correspondiente, a partir del segundo. ¡Me llevé a casa el trofeo del primer lugar!

Al día siguiente, cuando me encontraba laborando, en las actividades del aseo, en las oficinas; me mandó llamar el ingeniero Escandón. Era el Director General de la empresa. Me dirigí de inmediato a su oficina. Iba yo sumamente sorprendido y nervioso me asaltaba la incertidumbre del llamado y varias dudas revoloteaban dentro de mi cabeza. Al ingresar al inmenso cubículo, me dijo:

—Tome asiento muchacho. — Me extendió su mano, para saludarme — Me da mucho gusto que haya participado en la carrera. Pero, sobre todo; que haya ganado en nombre del personal de estas oficinas. Lo cual nos llena de orgullo. Estaré muy al pendiente con usted. Estoy enterado que está usted estudiando su preparatoria, por lo cual, también lo felicito. Deseo expresarle, además, que cuenta con todo nuestro apoyo, para lo que se le vaya ofreciendo, y vaya necesitando, para llevar a buen fin, sus estudios.

Me encontraba algo aturdido, por aquello, tan inesperado, que estaba escuchando. Esto me emocionaba de sobremanera. No esperaba yo tal proporción, por el resultado tan trascendente de aquella improvisada competencia.

Al poco tiempo después, tuve ante mí, una nueva y excitante sorpresa. Debió ser entre los meses de febrero y marzo, aproximadamente. Los muchachos dibujantes me comunicaron que estaban necesitando una persona para ocupar la plaza de dibujante, en la planta de beneficio dela unidad en San Juan de la Costa, y que se habían tomado la libertad, y me habían recomendado con el ingeniero José Manuel Reyes León, sin consultarme. El ingeniero Reyes, era el superintendente de la unidad, y me decían que esa mañana, precisamente, estaría con ellos para recoger un paquete de planos.

Cuando llegó el ingeniero, me presentaron. Platicamos un buen rato, en relación a qué se trataba la plaza. Me adelantó, que el sueldo sería mejor que el que tenía. Alcanzaba, yo, a vislumbrar, que las oportunidades eran mayúsculas… ¡Por supuesto que acepté!

Fue muy agotador el siguiente tiempo. Tenía que levantarme mucho muy temprano. Cerca de las cuatro de la mañana. Mi esposa, se levantaba primero y se afanaba en preparar el lonche. Luego me despertaba. Enseguida, me disponía a caminar alrededor de tres kilómetros, para tomar el transporte del personal. Era de los últimos en abordar. Ya no alcanzaba asiento. Me iba de pie.

Para llegar a San Juan de la Costa, hay que recorrer una distancia de cuarenta kilómetros. El camino en aquellos tiempos era de terracería. Exageradamente polvoriento y con un permanente, que molía las espaldas. Eso hacía más pesada y casi insoportable, la travesía. Sin embargo, aquel sufrimiento se veía compensado con una vista matinal bellísima, hacia el mar. Se veía el resplandor del sol, soberbio, sobre la quieta y tibia Bahía de La Paz y éste maravilloso disfrute se alargaba, al menos, hasta la mitad del recorrido.

Ya de regreso a la ciudad, tenía que quedarme, por necesidad en los tiempos, de una buena vez en la escuela. De aquí, después de tomar las clases, salíamos a las once de la noche. Nuevamente, caminando, pero ahora hasta la casa. Y ahora, eran alrededor de unos siete kilómetros, los que había que salvar, en una larga caminata.

Ya con anterioridad me había enterado de la existencia de una beca, en la empresa. Busqué, hasta encontrar, la información adecuada. Me enteré que ya estaba asignada a una persona que estudiaba unos cursos de dibujo. Estando en San Juan de la Costa, desempeñándome como dibujante, volví a insistir en ello. Me dijeron que se desocuparía hasta el siguiente ciclo escolar. Realicé los trámites necesarios. Pedí que recibieran mi solicitud, así lo hicieron. Lo complicado era que la beca, la asignaba el sindicato y era sólo una; para una plantilla de cerca de cuatrocientos trabajadores.

Vinieron cambios en la empresa. Al principio, las oficinas donde yo trabajaba estaban improvisadas en una de las casas del campamento. Nos tocó cambiarnos, cuando terminaron de construir e iniciaron las primeras pruebas de operación de la planta de beneficio. Ahora, las oficinas se encontraban en la parte más alta del edificio industrial. En el cuarto nivel, para ser precisos.
Al transcurrir el tiempo. A los dos semestres después, me citaron en las oficinas sindicales. La beca se había desocupado. Pero la persona que la tenía, deseaba continuar con un curso siguiente, en la misma materia de lo que ya había estudiado. Pero esta, sería la tercera vez que gozaría de ella. No se le asignó directamente, porque, además de estarla solicitando yo, existían otros tantos interesados. Éramos cerca de doce aspirantes, yo conocía a algunos y era reales competidores. Se trataba de jóvenes con amplísimo talento y muchísimas ganas de capacitarse. Fuimos sometidos a exámenes y varias entrevistas. Al final de estas, nos dijeron:

—Se les notificará, a cada uno, en sus respectivas áreas de trabajo, de los resultados que se hayan obtenido.
Era un dieciséis de octubre y era el día de mi cumpleaños. Cursaba ya el segundo año de preparatoria, llevábamos un mes, aproximadamente, de clases. Recuerdo que llegaron los representantes sindicales, hasta las oficinas donde yo me encontraba trabajando, sobre mi restirador. De hecho lo hacían muy seguido, para tratar cualquier cantidad de situaciones laborales. Pero en esta ocasión, no venían a buscar a las autoridades de la empresa. Esta vez venían a platicar conmigo.

— Carlos, le venimos a comunicar el resultado de su solicitud para la obtención de la beca; usted ha sido seleccionado para el goce de la misma y a partir del día de mañana, ya no se reportará, más, a trabajar. Su beca consiste en el pago de su salario completo y desde ahora podrá dedicarse, de manera íntegra, a sus estudios.

Y…, bueno; así fue que me tocaría festejar ese cumpleaños. Era el número veintiuno.


Carlos Padilla Ramos
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