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El color que no puedes ver. Cap. II Yenecami (Fragmento)

Yenecami: “El color que no puedes ver” (Fragmento)

El color que no puedes ver”
Premio Estatal de Novela Ciudad de La Paz 2010
Cápitulo II. Yenecami
(fragmento)

Vendió todo y con Victoria en brazos se embarcó rumbo al sur. Durante la travesía no cruzó palabra con nadie. Parada en la cubierta, apretaba a Victoria en sus brazos y percibía el olor a sudor y a mar que despedía la pequeña. La besaba en la frente y en los labios le quedaba el intenso sabor salado que ambas tenían adherido al cuerpo.

Julia empezó a sentir la certeza absoluta de haber estado antes en aquel lugar; el ir reconociendo aquel paisaje como algo que alguna vez fue cotidiano.

Cuando se acercaron más a la tierra, ella pudo distinguir con claridad los cardones, que con los brazos extendidos parecían darles la bienvenida como una multitud de hombres de jade, plantados en aquel otro mar, el de las olas de arena.

Al desembarcar estaba segura de que aquel era el lugar más bello que había visto en su vida. Cabo San Lucas era un pequeño caserío y los habitantes le permitieron vivir en una choza algo alejada que se encontraba vacía.

Observaron tanta tristeza en ella que no le dirigían más palabras que el saludo, para el que jamás obtenían respuesta; a cambio de su silencio colocaban diariamente a la puerta de la cabaña algunas frutas, agua y pescado asado sobre leña con sal y orégano.

Fue entonces cuando conoció a una anciana que emanaba tal paz y dulzura que la hacía sentir cada vez menos angustiada. Cuando le preguntaba su edad, le respondía:

―Tengo doscientos años, mi niña.

Un anochecer en que una luna llena, enorme y roja empezaba a dibujarse en el horizonte, la anciana llegó a la cabaña en busca de Julia.

―Mi niña, es el momento de irnos, pues es mucho lo que hoy debemos caminar.

Debes traer contigo aquello que te hace recordar con más fuerza a tu esposo. ¡Sígueme! ―ordenó.

Julia sacó los ópalos del escondrijo donde los guardaba, los metió entre sus pechos y siguió a la vieja que parecía un fantasma salido del mar con los cabellos blancos volando al viento.

Por fin la anciana se detuvo, empezó a dibujar sobre la arena el contorno de una ballena, luego hizo sonar las conchas y caracoles que traía en el cuello, al tiempo que cantaba algo en una extraña lengua; se acercó al mar, llenó una vasija, dio un sorbo y lo arrojó imitando de maravilla la forma en que las ballenas expulsan el aire; después cruzó de nuevo los brazos sobre el pecho y quedó inmóvil.

De pronto, ante el asombro de la muchacha, una ballena emergió a lo lejos echando chorros de agua, hundiéndose y volviendo a salir una y otra vez de aquellas aguas como plomo derretido.

Fue entonces que la anciana miró a Julia y tomándola de los hombros, dijo:

―Mi niña querida, arroja al mar lo que guardas entre tus senos; sólo así la luz de la vida volverá a poseerte y dejarás por fin que el espíritu de Fernando siga su camino.

―¡No puedo, madre! ¿Quieres que diga adiós para siempre a lo que amo? ¡No puedo!, lo he amado con mis pensamientos, con mis manos, con mi boca, con mi sexo. ¡No puedo!

―¡Hazlo! ¡Ahora!, no tenemos más tiempo. ¡Hazlo!

¡Escucha, quiero que dejes de arrastrar tu llanto sobre la arena! ¡Que dejes de oír los ecos del dolor! ¡Qué no bordes más lágrimas sobre tu desgracia! ¡Escúchame! ¡Nada de lo que tenemos es nuestro, nada!

Julia tomó los ópalos y miró aquellas lágrimas de luna por última vez, las besó y arrojó al mar con toda la fuerza que pudo.
Emprendieron el regreso.

―¡Madre, me has ayudado tanto!, que jamás terminaré de agradecer el haberte conocido.

―No nos conocimos aquí, hija, sino en otro lugar hace casi mil años; entonces como ahora, recorrimos juntas un pedazo del “gran camino”.

―¿Por qué no recuerdo nada?

―Algún día cuando tu final llegue, recordarás ésa y todas las vidas que has tenido.


Olgafreda Cota
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2 comentarios en “Yenecami: “El color que no puedes ver” (Fragmento)”

  1. Avatar
    Elena Beatriz Madrigal Cordero

    Tu talento hace que mientras leo pueda ver los colores que hay en tus personajes, pueda sentir el miedo o el amor.

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