Korima PLACE

Evocaciones

Miguel Angel Aviles Castro

Tómenme la foto

Para mí amigocho Juan Canez


Mis vecinos son los que han pagado el pato porque nos les creo cuando me dicen que nadie del IFE ha venido a mi casa. Y es que a pesar de que el Tribunal Federal Electoral ya consideró fundado el recurso de apelación que interpuse, es hora a que, a estas alturas, todavía no me toman la foto.

Pero nadie me cree que aún no cuento con mi credencial con fotografía. Ni en los bancos, ni en telégrafos, ni en el trabajo, ni los policías, ni en la central camionera, ni mis amigos. Todos me ven incrédulos y terminan por imputarme una enorme irresponsabilidad ciudadana. Por más que les expongo las razones del retraso, les vale madre y no aceptan ni excusas ni pretextos y rematan sus cuestionamientos presumiéndome la suya donde están fotografiados muy seriecitos.

Los veo en pose y bien peinados, con gran espíritu patrio, sabedores, seguramente, del importantísimo papel que jugarán en los próximos comicios. Pareciera, incluso, que me sacaran la lengua, a manera de reproche, por no traer yo la mía pero ni así decaigo. A los que empatizan con mi causa, les suelto el verbo que llevo ya memorizado como canción en mi cabeza desde hace varios meses y me pongo a contarles lo que pasó.

Resulta que una vez, en un año que ya ni me acuerdo, los que atendían en mi colonia el módulo de información del IFE, me tomaron mal los datos, y tuve que acudir a las oficinas del Registro Federal de Electores para enderezar lo anterior y hacer los trámites respectivos para que me inscribieran en el padrón. Así lo hice y con toda la ilusión del mundo de lograr por fin lo que mis amigos ya habían logrado, me previne pensando que, ahora sí, esta era la buena y para ello, me corté el pelo, estrené camisa, me puse tantita gel, pero no sirvió de nada pues no me llamaron nunca a ese cuartito donde te hacen poner las huelas como si estuviera por ingresar al cereso y luego te toman la chingada foto.

A los meses volví a ir pero para entonces mi cabello ya había crecido. Antes de llegar, hice una escala en una estética y ahí me desahogué contándole todo a la señora que me atendió. Fue la única que me dio ánimos: “si te la van a dar, hombre” me dijo muy segura, tal vez para garantizar que le pagara el corte porque me vio bien encabronado.

Un fantasma se aparecía ya en esas oficinas. Era yo, quien durante meses les estuve dando lata, sin que ninguna de las veces obtuviera una respuesta favorable. Dispuesto a no claudicar, regresé no sé qué día pero me fue peor: el Centro Regional de Cómputo de Hermosillo declaró que fui rechazado por no contar con la información necesaria para su proceso y no se recuperó en formato único. No les entendí ni madres. Entonces vino otra desgracia: el registro en el padrón donde yo estaba, había sido dado de baja a finales del año anterior. ¡Qué culeros!

Ese baldazo de agua helada me fue notificado a los días que volví por la revancha: “qué bueno que vienes, ya íbamos a ir a tu casa”, me señaló una amable muchacha, sin verme a la cara, porque le estaba pidiendo a una señora bien emperifollada que verificara sus datos para pasarla a donde toman la foto y entregarle su credencial.

Esta misma joven me dio un formato para apelar pero su compañera de a lado terció para remacharle otro clavo a mi cruz: “no creo que se la den” dijo la optimista y yo sentí como si me anunciaran una enfermedad en fase terminal.

El pinchi formato estaba muy mal hecho o cuando menos muy confuso. Se los hice saber pero les importó un cacahuate o más confusos quedaron ellos. Terminé de llenarlo, pensé escribirles una chingadera o dibujarles el gallito inglés o cualquier cosa, pero mejor me fui de ahí, desesperado, desgastado, sin esperanza.

Ante mi panorama tan sombrío, me malviajé y di por hecho que mi credencial había sido utilizada por otro cabrón o, de plano, ya estaba muchos metros bajo tierra, quemada, como tantas otras.

Pensé en darle la razón a mis amigos y reconocer que el apátrida era yo, el antinacionalista era yo, el desidioso era yo, pero en un parpadear volví a la vida: el Tribunal que ya les dije me declaró fundado el recurso por haber cumplido con todos los requisitos en no sé qué fregado articulo y ya nos les quedaba de otra más que entregarme, a la de tres, mi credencial con fotografía. ¡Ándele putos!.

Al día siguiente me fui volando a las oficinas pintadas de un color bien horrible. Claro, antes me eché un baño, elegí la camisa que me pondría, tempranito me fui en chinga con la misma señora de la otra vez a cortarme las puntitas, le pedí que me pusiera gel y toda la cosa, pero, aunque no lo crean, de nuevo me salió el chirrión por el palito. Palabras más palabras menos, me dijeron que no me la iban a tomar cuando yo quisiera y que debería ir hasta que me llegara un aviso.

Uta madre!!

El tiempo se iba y el méndigo comunicado no llegaba. Y yo que ya estaba eligiendo el mejor momento para desenfundar mi credencial delante de mis amigos y tallárselas en la cara para taparles su bocota.

Me quiero morir: solo falta que lleguen las elecciones y todo se decida por un voto. Hijosdesuputamadre. No se los perdonaría jamás.

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*De la columna El Diván. Escrito ya hace algunos años.


Miguel Ángel Avilés Castro
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