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Del lbro «El Corral Viejo» de Emilio Arce
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A esa hora del mediodía paceño, en la canícula de aquel legendario agosto de hace más de tres décadas (actualmente cinco; esto lo escribí hace más de veinte años), la zona comercial del Puerto de Ilusión se encontraba repleta de fayuqueros que aprovechaban las ventajas que les ofrecía el régimen proteccionista de zona libre. Dicho régimen servía de trampolín legal en la introducción de baratijas de importación hacia el interior del país por Pichilingue, vía transbordador, en una especie de contrabando hormiga, hinchando de dinero a unos engolosinados vistas aduanales que ya tenían la vista muy gorda, quienes finalmente cayeron en su propia trampa, ya que dado lo altísimo de sus ingresos por concepto de cohechos, jamás se preocuparon por conseguir un aumento salarial nominalmente real; su sueldo completo, al que consideraban simbólico, lo jugaban en un volado a manera de burla en las afueras del patio fiscal o en la barra del bar del Perico Marinero, hasta que las reformas neoliberales exigieron un servicio aduanal de carrera y la mayoría de estos corruptos elementos fueron cesados o en el peor de los casos, reubicados y el consuelo de la liquidación con el mísero sueldo real, sin mordidas, de poco les sirvió, aunque algunos de ellos ya contaban con un amplio capital. El comercio local estaba en su máximo esplendor, con la consiguiente derrama económica que como siempre iba a parar a unas cuantas manos. El colorido bullicio de las calles, adornadas por graciosas chicas enfundadas en diminutas faldas de color pastel-crema batida, al último grito de la moda, algunas con la falda subida hasta el ombligo, y el escote bajado hasta el huesito, acompañadas por algún galán de polacas a la Elvis y el copete envaselinado con brillantina Glostora, los mas fastidiosos con Wildrot, o con el corte de pelo a la Mc Cartney, vistiendo pantalones acampanados de terlenka los mas fresas, contrastando con los chillantes colores de los vestidos y camisas de manta de los jipis autóctonos, greñudos sin bañar y sin rasurar, que montados en unos huaraches de suela de llanta, adornados con collares, colgandijos, brazaletes y demás chácharas, retomando un indigenismo nacionalista, muy snob, pululaban por las bachientas y arenosas calles de La Paz, predicando inocentemente las consignas de “Paz y amor, hermano”, “Préndete, sintonízate y libérate” y “Paz en Vietnam”, mientras en la Plaza Constitución o por los rumbos del palacio de gobierno, o en el malecón, La Mariana, El Panchito el Loco, el Chutino, y varios orates mas, deambulaban con su pachequez a todo lo que les daba. ¡Ah, how many times!

A nivel nacional, el movimiento jipi repudiaba de manera consciente los frutos negativos de la civilización occidental (de ahí su inclinación por la vestimenta indígena) y lo mostraba a través de su apariencia y en la expresión de ideas y “doctrinas”. Como dice José Agustín, se trató de una corriente que nunca llegó a articularse con claridad, aunque atrapó de por vida a uno que otro autóctono que aún no se desafana de ella ¿verdad, Cuco Moyrón? saludos, Pili Ojeda y que más bien compartió una diversidad de estímulos sociales sin reflexionar demasiado en ellos, ya que la otra cara del jipi era la hedonista, la conquista del placer, del juego y de una hueva razonable. Bueno, pues por éstas mismas calles, les decía, hace mas de tres décadas circulaban, a vuelta de rueda, carros traídos del norte, de la fronteriza Tijuana, repletos de jóvenes y no tan jóvenes paceños, en un alegre y lento desfile maleconero escuchando el Rock de los Dugs Dugs, Three Souls in my Mind, o de malas a los Creedence, aunque por dentro iban chiflando una de Lorenzo de Monteclaro o de Gerardo Reyes, en los tocacintas de ocho track mas parecidos a un tostador de pan que a un estéreo. Rompiendo la tarde, sintonizaban XENT para escuchar el programa “música de cabellos largos” conducido por Oscar López y mas tarde le cambiaban a la Key Si Bi Quiu, una estación gringa que se escuchaba clarito “C’mon baby light my fire” del Coromuel pa’ acá.

Al interior de uno de esos anónimos autos traídos del norte, un ruidoso bocho tipo bajita, de guardafangos recortados y llantas balonas, color naranja con franjas blancas, piloteado por Jaime Soto Amao alias “El Bunny” y copiloteado por su homónimo primo hermano Jaime Amao, se llevaban al cabo acaloradas discusiones y encendidos debates sobre cualquier tópico. Elo madre. Que si Jodorowsky, en “El Topo” debió haber puesto música del Jehtro Tull o de Black Sabbat, que si Hesse en el “Lobo Estepario” no debió haber dejado a su personaje quebrar el espejo, que el “Abraxas” de Santana está chido, que “Aura”, de Carlos Fuentes, ¿por qué no rejuveneció como Penélope a lo último?, que Genaro Vázquez no ha muerto, y que Lucio Cabañas debía postularse por el Partido Comunista, que el Che Guevara y Mao Tse Tung son mis parientes porque soy Amao por Alcides y Guevara por Lolita, decía el Jaime -y actualmente de vez en cuando luce en su solapa un fistol rojinegro con la figura mítica del Che-, todavía cuestionándose si el Che era héroe o poster, que Méndez Arceo tenía novia y que iba a formar el Partido Socialista Guadalupano, o que mejor vámonos pa’l “barrio negro” por un joint para seguir cotorreándola, etcétera, y así, hasta llegar a la docta premisa filosófica de Mik Jagger, de que en este mundo no somos mas que piedras rodantes y al final la vida es un chorro de mierda de la cual todos los días comemos un poco. Valiéndoles madre el darwinismo sociologista, ese mediodía llegaron a otra conclusión sartriana de que la vida no tiene sentido, pero vale la pena vivirla y fúricos como el ciudadano cero de Sabina, decidieron salir del anonimato a hacer historia. Ese mismo día la sociedad paceña, las masas del puerto de ilusión, sabrían quién era el dúo dinámico Jaime Soto Amao – Jaime Amao Guevara. – ¿Y co-cómo le vamos a hacer pa-para llamar la atención?- preguntaba tartamudeando el Bunny a su primo, al tiempo que aspiraba el fragante olor a paccholi del cigarro de dos puntas forjado en papel arroz. –Pues lo primero es buscar la estrategia de un lugar público, lo demás viene fácil, take it easy, brother.- le respondió el Jaime al Jaime con esa voz de ronco catarrín, al tiempo que expiraba una largamente contenida bocanada de fragante smoke. ¿Y qué mejor lugar público y popular que un mercado? se preguntaron ellos, y hacia allá enfocaron las pilas y el bocho. La estrategia era sencilla- “Mira, pinche Bunny: le das por la Bravo rumbo al malecón, hasta la Revolución. De allí le das vuelta a la derecha hasta pasar la Ocampo a media cuadra y te paras, mientras me quito la ropa. Ahí me bajo hecho madre del carro y entro al Mercado Madero, encuerado, en protesta porque el mundo no es como queremos que sea, qué caray, y pelado, like one striker, brother, doy la vuelta completa entre los locales del interior, mientras que tú das vuelta hacia la Serdán, y me esperas por la segunda salida del mercado que está sobre la Degollado, enfrente de con “El Quilayo”, con la puerta abierta y el carro encendido, porque voy a llegar corriendo en frieguiza, ¿eh?. ¿Listo? Ponte trucha, carnal. ¡No te rías, güey, que se me agüita la cachora!- me platicó el Bonny, muerto de la risa, al remembrar la “gloriosa” hazaña de ese día. –E-eso fue lo u-último que me dijo antes de bajarse del bajita- recordó el Bonny, al tiempo que casi tiraba la tinta china sobre el plano de la caldera de la termoeléctrica, que en esos momentos entintaba. -¿Y luego?- le pregunté. N-no, pues me dio un chingo de risa ¿no te digo?, cuándo se bajó bichi del carro y se metió corriendo al mercado. -¡Nomás le tintineaban los tanates- se reía- y yo, en lugar de agarrar pa’ la entrada de la Degollado, como me dijo, me fui de-derecho para la Dieciséis y de allí me fui para el malecón. O sea que lo dejé abanicando. Al rato nomás veía la camisa, el pantalón y las truzas que dejó el Jaime en el carro y me daba mal de risa, solo de imaginar la cara que pondría al no encontrarme con el carro afuera del mercado, como habíamos quedado. ¡Hubieras visto, Milo!. A-al otro día leí en el periódico que los locatarios lo habían envuelto en unas cobijas mientras llegaba la chota y lo arrestaban. ¡Hasta Hermosillo fue a dar mi primo! – se carcajeó el Jaime, y con esa melancólica sonrisa dibujada en los labios se quedó recordando la legendaria hazaña, mientras trazaba unas líneas mas sobre el papel albanene con la mano izquierda con un Keuffel and Esser, al tiempo que Doña Chalu, su esposa, entonces secretaria del área civil cuando laborábamos en la CFE, le obsequiaba una humeante taza de café.


Emilio Arce Castro
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