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Evocaciones

José Peralta Montoya

Morir en tiempos del Covid-19

Este 2020, que será un año imborrable en la historia y en el corazón de miles de familias por la pérdida de un ser querido por la pandemia Covid-19, me ha traído además de temor recuerdos de mi infancia en relación con la muerte.

De niño escuchaba que el mundo se iba acabar el dos mil, y para ese entonces se me hacían demasiados años.

Le pregunté a mi abuela:

¿Es verdad que el mundo se acabará el 2000?; y con una naturalidad me contestó: “al morir, a cada quien se le acaba el mundo”, quedé igual y confuso porque otro día le escuché decir que había vida más allá de este mundo.

Cuando uno creció en un pueblo sin funerarias, de niño establece una relación con la muerte que nada tiene que ver con el entorno de los funerales de las ciudades modernas.

En Santa Rosalía, Baja California Sur, a los que habían partido de esta vida terrenal se le velaba en su propia casa con un protocolo que dejó en mi niñez una relación con la muerte que me marcó para siempre.

En días pasado falleció el abuelo de un amigo e inmediatamente le dieron sepultura, sin su funeral correspondiente.

La noticia trajo a mi mente aquellos años en que mi madre nos levantaba de madrugada para que la acompañáramos a un velorio, porque a decir de ella era el momento en que más necesitaba compañía la familia del difunto.

Allí estaba el finado, tendido en un catre sobre una sábana blanca y un traje impecable con una elegancia jamás vista en vida.

La distancia de los restos mortales era poca, en esa quietud del amanecer uno descubría rasgos en el rostro del muerto que pasaron desapercibidos en el trajín de la vida.

En más de una ocasión mi madre me regañó por ser tan fijado con el finado, me dijo que había que dejarlo ir en paz, además era una falta de respeto por el cuchicheo que se hacía notar en la solemnidad imponente en aquellas casas de madera con olor a cirio y a un intenso aroma a café.

El silencio era obligatorio más aún estando tan cerca del muerto, que portaba calcetines negros y amarrado de los pies postrado en un catre que debajo tenía cubetas de hielo para sortear el verano extremoso del puerto.

A las cuatro de la tarde partía el féretro rumbo a la iglesia en un pickup (arreglado para la ocasión) para oficiarle misa y sepultura; los comerciantes al ver el paso de la simulada carroza cerraban las puertas de los comercios en respeto al difunto.

El luto de la familia consistía en portar prenda negra, tapar muebles de la sala con sábana blanca, dejar de escuchar música y alejarse de eventos festivos.

El luto estaba lleno de simbolismos que comunicaban el dolor por el que estaba pasando la familia por la partida de un familiar.

Los rituales funerarios han cambiado, y cumplen la función de iniciar el duelo, el cierre de vida y la despedida del ser querido.

Sin embargo, morir en tiempos del Covid-19, el maldito virus no sólo ha quitado la vida sino también ha privado la ocasión de despedirse del ser querido, dejando dolor en muchas familias.

El autor es Licenciado en Comunicación y Maestro en Tecnología Educativa.

FB: @SoyPepe Peralta

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