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Evocaciones

Mayela - Malena Sorhouet

Mayela

– ¿Y si le llevas al niño? – le dijo Mayela a su madre,  – Pues si, a ver si se entretiene con él, o sino se nos va morir don Terry -.

Tarcila había hecho mucho por ayudarle a recuperarse, primero dejó de barrer la casa a ritmo de banda, no norteña, la banda, si no mas bien del sureste, pero de todos modos banda, “pues cómo”, se dijo, “Don Terry como está y yo con mi música, pues no”. Había matado no una, sino varias de sus gallinas para cocinarle, primero un caldito, “Y aquí, me voy a quedar hasta que se lo coma, mire nomas ya hasta los pantalones los trae bien caídos”, un día madrugó para hacerle un mole, molió en el metate la tortilla y el pan, rezaba por su patrón desvenando el chile ancho rojo y el negro, “le voy echar doble chocolate pa´ver si con eso se le pasa la tristeza”. Como un guardián lo vigilaba, no se atrevía a decirle que se bañara, pero un día adrede le echó encima el jugo de naranja, – sorry! don Terry, ahorita mismo le plancho otra camisa, pero ande váyase usted metiendo al baño-.

Terry y su esposa habían llegado al pueblo cinco años antes, se habían enamorado del lugar, porque era un pueblo tranquilo y limpio, las personas eran muy buenas, era de esos raros lugares donde hay juntos montañas y mar, el mar que los había traído en un velero como suelen llegar muchas personas y también como suele pasar con muchas de ellas, se quedaron a vivir. Ruperto el marido de Tarcila había hecho los techos de palma de la casa que Terry había diseñado. Sin hablar la misma lengua, entre señas, dibujos, bosquejos y visajes se habían dando a entender perfectamente.

En un principio Tarcila iba a ayudar a Ruperto pero muy pronto se dio cuenta que esa casa necesitaba una mano, Tina la esposa de don Terry no se fijaba mucho en arreglarla, ella misma no se arreglaba, andaba por la casa descalza y sin peinar, con unos vestidos largos y una copa en la mano, no parecía mirar a nadie, jamás la vio hacer un huevo y hablaba más con los perros que con su marido, aceptó la presencia de Tarcila, porque está no le hacia el menor caso, la dejaba ser, jamás preguntó que hacía sentada con la piernas cruzadas y los ojos cerrados en pleno patio, ni porque regresaba siempre la misma canción y sus ojos azules se ponían rojos. De modo que empezó por los patios, acarreaba matitas desde su casa y las iba plantando sin ton ni son, por donde según sus cálculos de diseño y el favor de Dios, crecerían chulito y adornarían el solar, que pronto paso a ser un vergel con limones, mangos, papayas, higos, tomates, albahaca y muchas sábilas para alejar la mala suerte, la mala vibra y los malos pensamientos, ya fueran de hombre, animal o espíritu.

Pero pese a todas estás precauciones, Tarcila no había tomado en cuenta el intríngulis de la naturaleza humana, ni el poderoso llamado de los destinos y los impulsos, ese mismo que hace que los salmones naden al revés, el que dicta las migraciones de mariposas y ballenas, el mismo que hace que este mundo siga dando vueltas. Por instinto o por capricho, un día Tina se fue.

Tarcila le decía a su marido, “Ay viejo, ya no se que hacer, Don Terry ya ni habla” “déjalo mujer, no hay medicina para su mal, deja que pase el tiempo, ni tu ni yo podemos hacer nada” “pero si tu hiciste la casa, yo hice el jardín, será que no podemos reconstruirlo a él también?” ” Ya duérmete mujer”.
Mayela la hija de Tarcila, había fracasado con un hombre, eso se decía de ella, le habían hecho un niño y le habían abandonado. En realidad el hombre estaba muerto pero nadie lo sabía solo Mayela lo presentía. En contraste con su madre, Mayela era muy alta, su piel era mas clara y sus ojos eran del color de la madera, su cabello lo llevaba siempre recogido, pero cuando lo soltaba le llegaba por abajo de la espalda, lo más bonito de ella no eran sus huesos largos, su andar de venado, ni siquiera la cascada de pelo negro que cepillaba en las noches, ni sus ojos color ceiba, lo más lindo de Mayela era su olor. Olía a hierba.

Llevaba días cavilando el asunto, como para disimular le preguntó a su madre, “¿Y como va el señor Terry?” “Cállate, que peor, voy a hacer una manda al Señor del Rayo, aunque ya dijo tu padre que nosotros no podemos hacer nada, se nos va morir este hombre” dijo Tarcila bajando los hombros. “Ustedes no, pero yo si” dijo Mayela así, sin más, lo dijo en un tono muy sabio, como el que usan ciertas mujeres, que saben sanar, que tienen el remedio de todos los males del alma y del cuerpo, sosteniendo la mirada interrogante de su madre, “ay mija, pero si tu ni sabes cocinar, ni limpias bien, además yo ya medio le entiendo pero tú no”. “No se preocupe madre, yo me las arreglo, yo sé lo que el gringo necesita” dijo sin más levantándose y echándose a andar “Adonde vas, Mayela, ¿Qué vas hacer’?” Pero ya no alcanzó a oír la voz de su madre, ya iba en camino, soltándose la melena que olía a menta y romero. ” Voy a volverlo a la vida,” dijo en un susurro que su madre no escuchó, “voy a dormir con él”.


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– ¿Y si le llevas al niño? – le dijo Mayela a su madre,  – Pues si, a ver si se entretiene con él, o sino se nos va morir don Terry -.

Tarcila había hecho mucho por ayudarle a recuperarse, primero dejó de barrer la casa a ritmo de banda, no norteña, la banda, si no mas bien del sureste, pero de todos modos banda, “pues cómo”, se dijo, “Don Terry como está y yo con mi música, pues no”. Había matado no una, sino varias de sus gallinas para cocinarle, primero un caldito, “Y aquí, me voy a quedar hasta que se lo coma, mire nomas ya hasta los pantalones los trae bien caídos”, un día madrugó para hacerle un mole, molió en el metate la tortilla y el pan, rezaba por su patrón desvenando el chile ancho rojo y el negro, “le voy echar doble chocolate pa´ver si con eso se le pasa la tristeza”. Como un guardián lo vigilaba, no se atrevía a decirle que se bañara, pero un día adrede le echó encima el jugo de naranja, – sorry! don Terry, ahorita mismo le plancho otra camisa, pero ande váyase usted metiendo al baño-.

Terry y su esposa habían llegado al pueblo cinco años antes, se habían enamorado del lugar, porque era un pueblo tranquilo y limpio, las personas eran muy buenas, era de esos raros lugares donde hay juntos montañas y mar, el mar que los había traído en un velero como suelen llegar muchas personas y también como suele pasar con muchas de ellas, se quedaron a vivir. Ruperto el marido de Tarcila había hecho los techos de palma de la casa que Terry había diseñado. Sin hablar la misma lengua, entre señas, dibujos, bosquejos y visajes se habían dando a entender perfectamente.

En un principio Tarcila iba a ayudar a Ruperto pero muy pronto se dio cuenta que esa casa necesitaba una mano, Tina la esposa de don Terry no se fijaba mucho en arreglarla, ella misma no se arreglaba, andaba por la casa descalza y sin peinar, con unos vestidos largos y una copa en la mano, no parecía mirar a nadie, jamás la vio hacer un huevo y hablaba más con los perros que con su marido, aceptó la presencia de Tarcila, porque está no le hacia el menor caso, la dejaba ser, jamás preguntó que hacía sentada con la piernas cruzadas y los ojos cerrados en pleno patio, ni porque regresaba siempre la misma canción y sus ojos azules se ponían rojos. De modo que empezó por los patios, acarreaba matitas desde su casa y las iba plantando sin ton ni son, por donde según sus cálculos de diseño y el favor de Dios, crecerían chulito y adornarían el solar, que pronto paso a ser un vergel con limones, mangos, papayas, higos, tomates, albahaca y muchas sábilas para alejar la mala suerte, la mala vibra y los malos pensamientos, ya fueran de hombre, animal o espíritu.

Pero pese a todas estás precauciones, Tarcila no había tomado en cuenta el intríngulis de la naturaleza humana, ni el poderoso llamado de los destinos y los impulsos, ese mismo que hace que los salmones naden al revés, el que dicta las migraciones de mariposas y ballenas, el mismo que hace que este mundo siga dando vueltas. Por instinto o por capricho, un día Tina se fue.

Tarcila le decía a su marido, “Ay viejo, ya no se que hacer, Don Terry ya ni habla” “déjalo mujer, no hay medicina para su mal, deja que pase el tiempo, ni tu ni yo podemos hacer nada” “pero si tu hiciste la casa, yo hice el jardín, será que no podemos reconstruirlo a él también?” ” Ya duérmete mujer”.
Mayela la hija de Tarcila, había fracasado con un hombre, eso se decía de ella, le habían hecho un niño y le habían abandonado. En realidad el hombre estaba muerto pero nadie lo sabía solo Mayela lo presentía. En contraste con su madre, Mayela era muy alta, su piel era mas clara y sus ojos eran del color de la madera, su cabello lo llevaba siempre recogido, pero cuando lo soltaba le llegaba por abajo de la espalda, lo más bonito de ella no eran sus huesos largos, su andar de venado, ni siquiera la cascada de pelo negro que cepillaba en las noches, ni sus ojos color ceiba, lo más lindo de Mayela era su olor. Olía a hierba.

Llevaba días cavilando el asunto, como para disimular le preguntó a su madre, “¿Y como va el señor Terry?” “Cállate, que peor, voy a hacer una manda al Señor del Rayo, aunque ya dijo tu padre que nosotros no podemos hacer nada, se nos va morir este hombre” dijo Tarcila bajando los hombros. “Ustedes no, pero yo si” dijo Mayela así, sin más, lo dijo en un tono muy sabio, como el que usan ciertas mujeres, que saben sanar, que tienen el remedio de todos los males del alma y del cuerpo, sosteniendo la mirada interrogante de su madre, “ay mija, pero si tu ni sabes cocinar, ni limpias bien, además yo ya medio le entiendo pero tú no”. “No se preocupe madre, yo me las arreglo, yo sé lo que el gringo necesita” dijo sin más levantándose y echándose a andar “Adonde vas, Mayela, ¿Qué vas hacer’?” Pero ya no alcanzó a oír la voz de su madre, ya iba en camino, soltándose la melena que olía a menta y romero. ” Voy a volverlo a la vida,” dijo en un susurro que su madre no escuchó, “voy a dormir con él”.


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