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Las Parteras - Arturo Meza

Las parteras

Supongo que fue en los años setentas cuando un programa de la Secretaría de Salud, expidió reconocimientos y título de enfermeras, a una serie de comadronas y señoras que trabajaban como parteras en algunas comunidades, especialmente en las indígenas, se les proveyó de cursos, que aunados a su experiencia, complementaron conocimientos muy útiles en lugares alejados, también pasó en otros lugares como en Ciudad Mante, Tamaulipas donde realicé mi internado de Pregrado. Antes de que entraran los trabajadores de los ingenios de esta ciudad cañera al IMSS, había una clínica que daba servicio a los ingenios de la localidad, en sus filas había tres parteras tituladas, que el IMSS tomó como enfermeras para que no perdieran su trabajo y se jubilaran con prestaciones.
El jefe de ginecología y obstetricia les tenía gran confianza no así los ginecólogos jóvenes recién salidos de la especialidad, acostumbrados a trabajar con enfermeras de grandes centro médicos de donde egresaban, especializadas, formadas en el rigor científico, las parteras no les daban confianza de tal manera que no las requerían. Las parteras eran señoras de más de sesenta años, las tres, eran muy estrictas y disciplinadas, fueron las que realmente nos enseñaron los rudimentos de la obstetricia, el trato a las mujeres, los trucos parteros, observaciones prácticas, nos corregían con discreción, pero sentían el rechazo de algunos ginecólogos, que tomaban con cierta resignación.
Una vez, llegó al servicio una mujer con trabajo de parto ya muy adelantado, hecho el tacto el interno avisó al ginecólogo de guardia que el producto venía de nalgas, la dilatación completa y la señora pujando no había mucho que hacer. Las parteras opinaban que había que hacer una serie de maniobras para revertir la presentación y colocarlo de cabeza pero el ginecólogo, un joven despreció la idea y decidió continuar con el trabajo de parto así como venía. Mala idea, salió todo, menos la cabeza.
 
Los ginecólogos y el sentido común saben que cuando el parto viene de cabeza, cuando ésta sale, el resto también lo hará sin problemas, pero cuando es la cabeza la última que sale, estamos en problemas. Esto sucedió. El joven ginecólogo montó en pánico y empezó a hacer movimientos erráticos, ni sus libros, ni sus títulos, ni sus cursos, ni sus múltiples artículos escritos, ni sus ensayos traducidos le servían en ese momento. Los minutos, los segundos pasaban la cabeza seguía atrapada en el canal del parto. Más esfuerzo -¡pújele, madre!- más gritos, sudor, lágrimas, jalones, el producto se ponía azul, el tiempo ya era factor, el niño cada vez movía menos sus piernas, tenía que salir.
Las manos se resbalaban, la cabeza no daba ni para atrás ni para adelante, estaba atorada, el cordón ya no latía, el ginecólogo trataba de acordarse de que hacer en una situación como ésta, que dicen los libros, la mente en blanco ya no daba para más, estaba empapado en sudor, volteaba a los lados como pidiendo ayuda.
 
El ginecólogo se sintió mal, se tomó la cabeza, se hincó, parecía desmayarse, Doña Emilia estaba a un lado, todos la veíamos, era la única que podía hacer algo, entonces Doña Emilia, desplazó suavemente al médico, se metió entre las piernas de la parturienta, tomó una toalla con la que envolvió el cuerpecito, tomó los dos extremos de la toalla para traccionar, con la otra mano forzó la entrada por la orquilla posterior de tal manera que llegó con su dedo índice a la boca del niño, era la única parte de la que se podía tirar, con esa mano empezó a jalar mientras que con la mano de la toalla giraba para adaptar el mayor diámetro de la cabeza al mayor diámetro de la pelvis de la mujer, un jaloncito aquí, otro allá, pronto salió una parte mayor de la cabeza, tomó un descanso, el cordón volvió a latir, sabía que había comprado un poco de tiempo.
 
Doña Emilia agarró aire, se dobló un poco y con su mano izquierda en la toalla hizo un ligero movimiento hacia abajo mientras que con la mano derecha con su dedo en la boca del niño le daba una mínima vuelta y después con un jalón recto con la mano izquierda –la de la toalla- y movimientos rápidos sucesivos hacia arriba y hacia debajo de la otra mano, fue saliendo la cabeza hasta que se desprendió y salió un niño azul, fláccido, sin llanto, al que frotó con rudeza en la espalda, le metió un aspirador en la boca sangrante, el niño expandió el tórax, los pediatras estaban prestos para tomar el niño y hacerle maniobra de resucitación pero Doña Emilia no se los entregaba. Otra frotada de la espalda, sobaditas, golpecitos, el chamaco profirió un quejido, otra bocanada, cada vez se puso más tieso, más fuerte espiraba hasta que Doña Emilia le pegó una buena nalgada y el chamaco soltó el llanto, hasta entonces se le dio al pediatra.
 
El doctor, avergonzado, nada decía. Doña Emilia salió cortando plaza.
 
Al rato, el ginecólogo llamó a Doña Emilia a su cubículo, ahí hablaron, al rato se oyeron risas. Todos conjeturábamos que hablaban, estábamos pendientes de su salida, de sus caras, de sus gestos, sus actitudes. Para que todos viéramos, el ginecólogo la despidió con un humilde y agradecido beso en la frente.
 

Arturo Meza
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