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La tertulia - Omar Castro

La tertulia

En un lugar sin coordenadas y sin tiempo, estaba platicando un grupo de amigos.

Buscaban encontrar su justa medida en la escala axiológica, debatiendo entre la Ética y la Moral, y la sustancia deontológica.

Opinaron sobre el deber ser, la dignidad, el decoro, la verdad, la honorabilidad, la lealtad, los principios, las convicciones, y alguien incorporó la palabra democracia.

Ya entrados en costos, alguno habló hasta de esas aguas pantanosas que todos quieren eludir, y fuera del orden del día, hizo referencia a la fidelidad.
No estaban secos; estaban convencidos de que a la inspiración filosófica debían de ayudarle con unos bien servidos tragos.

La noche se hizo larga y la discusión también.

Cuando llegaron al punto de la honestidad, cada uno fue declarando ser “honesto” con voz grave, decidida, firme, sin parpadear, con la vista al frente, sin tremor en las manos, casi casi, dispuestos a enfrentar el polígrafo más sofisticado.

Faltaba Juan, reconocido como el crápula del grupo, y sin empacho levantó la voz para decir:

¡Yo soy honestón!

Ahí valió madre lo que quiso ser el jardín de los filósofos.

Juan acababa de inventar un nuevo valor o antivalor.

Y a pesar de la embriaguez que acusaban los contertulios, concluyeron que, el ser honestón, estaba a varios años-luz de la verdadera honestidad.
Y que para desgracia de la Humanidad, el mundo estaba repleto, lleno, desbordante, de seres honestones, que tenían un pie del otro lado de la línea.
Que en la honestidad no cabían las “medias tintas”.

Y recordaban al clásico de un lugar de Nayarit que dijo: Robé, sí, pero poquito.

Y remataron con la frase shakesperiana:

Ser o no ser…


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Omar Castro Cota
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