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El cuaderno azul - Ricardo Hernandez

La niña del cuaderno azul

“La niña del cuaderno azul”

Cuando los campos del Valle de Santo Domingo, lucían sus inmensos trigales y sus algodonales, aquellos días que han quedado atrás, aquellos días de prosperidad de sus agricultores, aquellos días en que los relojes movían menos aprisa sus manecillas, y en los que no existía la obesidad ni la diabetes infantil, aquellos días en que las mujeres eran madres de tiempo completo y no tenían que dejar a sus vástagos en alguna guardería; en uno de esos campos en una casita entre los árboles de un rancho agrícola, vivía una niña angelical, su rostro era muy bello, sus cabellos eran como las clavellinas del maíz, y sus ojos claros tenían el color miel de los inmensos trigales que eran sinónimo de prosperidad y señal de que estaban listos para la cosecha;

En esa casita de rancho, con ventanas de madera, vivía una princesita muy feliz, pero debo aclararles que no era una princesa común como la de los demás cuentos clásicos que conocemos, no, ya que de las demás, simplemente se hablaba de que eran bellas, pero de la que yo les cuento, tenía, además, una inclinación natural hacía la poesía, pues la poesía era ella misma, era parte de su esencia, la traía programada en sus genes y era propia de su ser.

Ella apartó un cuaderno especial para escribir de color azul, algo muy raro como ya lo dije de las demás princesas que sólo redactaban diarios, muchos de ellos monótonos, porque simplemente como tales, la sociedad les exigía tener uno, en este caso no, pues en el cuaderno azul se redactaban vivencias propias nacidas de la inspiración, de la imaginación y de la aguzada observación de la princesa hacía la naturaleza en que se desarrollaba su mundo mágico, propio de una niña, y después, de una núbil doncella.

Antes de adentrar más en esta historia, estoy obligado a mencionarles previamente, la existencia de un personaje muy especial en este cuento, la de un grillo, yo digo, de otro planeta, pues este grillo no vivió el ciclo natural de vida de un insecto, ni tampoco se tiene punto de comparación con otros grillos actores de otros cuentos, ya que este grillo vivió desde que la niña aprendió a leer y a escribir, y murió cuando ella se convirtió en adolescente y perdió su cuaderno azul como ya en su momento lo sabrán, pues el grillo había prolongado su existencia, porque la poesía de la princesita era la que lo mantenía con vida, y todos los días le pedía al Dios de los grillos, que le regalara un día más, para poder leer o escuchar el nuevo poema de la princesa IZA, que era una flor nacida del campo, asida a la propia naturaleza a la que ya me he referido.

He de contarles pues, y sobre todo para los curiosos y los más desesperados, algo al respecto de lo que se escribía en ese mágico cuaderno azul, por ejemplo, si la luz de la luna entraba por la ventana de la niña, ella se levantaba a observarla y no sólo miraba el conejo que le decían a los niños del pueblo se veía en la luna, sino que ella por el efecto del olor húmedo del campo, ocasionado por las corrientes de aire fresco de la noche que pasaban por encima del agua que corría por los canales de riego de los sembradíos de su padre, miraba que en la luna estaba su cuarto y su cama y que la luna se desplazaba haciendo un viaje incesante en su órbita como una eterna mecedora, y con ese pensamiento se dormía hasta que otro día despertaba; si escuchaba el ruido de los árboles o de los trigales, se despertaba a la hora que fuera y anotaba en su cuaderno mágico las sensaciones que aquello le causaba; o si a lo lejos se escuchaba el aullido de un coyote revoloteando un gallinero, sobre saltada brincaba de la cama y escuchaba los sonidos de la noche con su fresco aroma a tierra mojada, sobre todo si era época de riego y el monótono ruido del motor de diesel que extraía el agua del subsuelo, se sumaba a los sonidos pardos y sórdidos de la noche; o si el cielo estaba estrellado, se ponía a contar las estrellas y a ponerles nombre en lugar de contar ovejas, y así pronto conciliaba su sueño; o cuando la llevaban a la escuela del pueblo con sus hermanos, ella se ponía a observar los trigales, los sembradíos de cártamo con su color plomizo, los plantíos de algodón en sus casquillos de oro, listos para que una cuadrilla de nuestros hombres de bronce, lo pepenaran con sus manos y lo metieran a sus costales de pisca y luego los llevaran a la infalible báscula para saber su jornal; o simplemente hablaba con la vereda del camino de tierra, que de transitarla tantas veces, y por el que de cuando en cuando se atravesaba algún despistado faisán, alguna liebre, conejo o algún gusano rosado que se había escapado de las melgas más próximas al camino, tenía ya un lenguaje y una confidencialidad común con las brechas, pues hay que recordar que quien es poeta tiene un sentido adicional que no poseen los demás oficios, el poeta mira, escucha y habla, con lo que los demás no ven, oyen ni platican; pero no puedo dejar de mencionar los atardeceres propios del campo, esos que ocasionaba el sol languideciendo, esos colores púrpura, que según la siembra del momento, tomaban matices tornasoles según los colores y aromas de las plantas y variedades sembradas; o el ruido de los tractores con sus discas barbechando y arando la fértil tierra; o el polvo que al cosechar esparcían las trilladoras y que si la boca y nariz no eran cubiertas, hacían estornudar instantáneamente; o como olvidar describir en el cuaderno azul el terreno lodoso que ocasionaba la lluvia y el sonido de las cadenas que se le ponían a las llantas de las camionetas de carga para no atascarse en su transitar y que cuando dicho lodo se secaba, parecía que la tierra se desgajaría como una naranja a través de sus pronunciadas grietas; o como olvidar el croar de la ranas y de los sapos, mientras el agua de los charcos se evaporaba al escamparse el cielo, y los niños se entretenían atrapándolos; pero que decir de los aromas de la cocina mexicana de la madre de la princesa y el aroma de las tortillas de harina, del café con canela que comúnmente sólo tomaban los adultos, del queso, la leche bronca, la nata, el requesón y la mantequilla fresca; en fin, en ese cuaderno mágico de puño y letra de la princesa, estaba hasta la variedad de las aves canoras propias del Valle de Santo Domingo, como los cenzontles, los cardenales, los güirigos, los chanates, los gorriones, los canarios y las calandrias, o las aves de caza como las palomas, las codornices y las chacuacas, y sus sempiternos verdugos los coyotes, las zorras, las víboras coralillo y chirrionera, y las aves ecológicas como las auras, los búhos y los zopilotes.

Debo decirles también, que el grillo se subía a la ventana y desde allí todas las noches contemplaba a la princesa, pues la admiraba tanto, que a él no le importaba que para ella hubiera pasado siempre desapercibido, ya que a él sólo le interesaba protegerla convirtiéndose en su fiel guardián y cuando había algún peligro o algo importante que a su criterio debería ser anotado en el cuaderno mágico, simplemente emitía su canto, con el cual despertaba a la niña que pensaba que había sido el cu cu del reloj, y en cuanto abría sus bellos ojos color miel, el grillo cesaba su canto de la noche.

Hasta aquí habrán observado que este cuento no tiene ogro, pero si debo decirles que todo era felicidad, hasta que un día, un maestro torpe e insensible, le robó a la princesa su cuaderno azul y nunca jamás se lo devolvió, pues quedó embelesado con sus poemas, sin saber el daño moral y psicológico que le causó a la doncella, al arrancarle una parte de su ser, de su esencia, y a su mejor compañero, al grado de que nunca más volvió a escribir, ya que se fueron con él sus recuerdos, se llevó los aromas y los colores del campo y de la naturaleza, los colores de los paisajes que Van Gogh hubiera deseado pintar, la penumbra del alba y la opaques del ocaso, la frescura de las noches, las vivencias escritas de los bellos paisajes y de todo lo que sus sentidos y sus bellos ojos habían capturado, y todo el contenido del cuaderno azul ya contado, por lo que desde entonces, su alma guerrera que se resistía a alejarse de la poesía, sólo se quedó recitando poemas de otros, que si bien eran bellos y magistralmente los decía, no se comparaban con los escritos hechos con la mano y la tinta con sangre y alma de aquella novel poetisa.
Sin embargo, la princesa jamás se imaginó, que un grillo que la admiraba tanto, hubiera memorizado todos sus poemas, pues cuando la niña yacía dormida y no había leído en voz alta antes de dormir su último poema, el grillo se las ingeniaba para entrar a su cuarto y leerlo el mismo, eso sí, con el mayor sigilo posible, para que el movimiento de las hojas no la despertaran con su ruido.

Entonces un día, un andante no identificado, pasó por el rancho de la niña y al descansar en un canal para beber un poco de agua, porque han de saber los niños de hoy, que hace todavía cuarenta años, en esos lugares no existía el agua electro pura y los niños de entonces podíamos hacer eso sin que nos pasara nada, beber agua natural recién salida del subsuelo, y no como hoy en que todos hemos deteriorado nuestra casa, es decir, este planeta.

Luego al recostarse el caminante en el campo después de haber saciado su sed, observó un grillo moribundo al que iba pisar y cortarle su existencia, cuando entonces el grillo le grita y le suplica que no lo mate, pues tiene algo muy importante que contarle. Le platica que indudablemente pronto él morirá porque ya no escucha los poemas de la princesa que eran su aliento de vida, y que no podía resistir vivir más, viendo tan triste, tímida y recaída a la princesita IZA que vivía allá en aquella casita, y que había desmejorado mucho desde que perdió su cuaderno azul. Entonces el caminante le prestó mucha atención y como tenía muy buena memoria se grabó todos sus poemas y dicen que lo vieron partir rumbo al norte abandonando el Valle de Santo Domingo para siempre.

Pasaron los años, pasó mucho tiempo, y aquella niña estudió la profesión más bella y sublime que pueda existir sobre la faz de la tierra, el ser maestra y profesora de la niñez, y quizá escogió esa profesión porque la mente del niño se asemeja a un campo fértil inmenso de los que ella conocía, en donde se puede sembrar, germinar y cosechar cualesquier cosa; pero después de tantos años el andante del norte apareció y buscó a la princesa, encontrándola sólo en el ciberespacio, para darle una gran noticia, decirle que el grillo antes de morir le recitó los poemas del cuaderno azul, y le encargó que algún día se los recitara para que los escuchara y si ella quería, hiciera un nuevo cuaderno azul; pero el tiempo no pasó en vano y al andante de la vida se le olvidaron algunos, entonces para resarcir tal encargo de tal magnitud, y no poder reconstruir aquel cuaderno azul, ahora el andante todos los días le escribe un poema a la princesa, la que los recibe con una inmensa alegría, los lee, los relee, los imprime, los presume y los cuelga, y cada día que pasa, no puede dormirse si no lee su último poema como le sucedía al grillo, lo que le trae gratos recuerdos de su perdido e inolvidable cuaderno azul, pero ella no sabe y por favor no se lo vayas a contar, que el andante se inspira en ella, porque su sola presencia, sus ojos claros, su nariz afilada, su cabello, su aroma, sus formas y facciones exquisitas de mujer, son la poesía misma en todo su esplendor, que el cuaderno azul sale sobrando, pero si algún día tu que has escuchado este cuento lo encuentras o sabes de él, y si yo ya no existo y vas hacía el sur, te encargo se lo lleves de mi parte, y así habremos cumplido con el encargo que nos encomendó aquel moribundo grillo que yace en el Valle de Santo Domingo y que quizá sea hoy parte de una esplendorosa flor de pitahaya, de una choya, de una biznaga o de un majestuoso cactus, esa planta silvestre y desértica que los nativos le llamábamos cardón, y si la ves, dile que el andante al igual que el grillo, se convirtieron en admiradores de ella, y que los poemas que ahora recibe fueron tomados e inspirados de la recitación del grillo de su cuaderno azul, y que todas esas palabras bellas son su propia poesía pero con el estilo y las palabras del andante del norte.

Moraleja del cuento:

Que la princesa IZA debe curarse para siempre de la herida y cicatriz ocasionada por la pérdida de su cuaderno azul, porque la poesía es ella, y si tiene duda de ello, su historia ha provocado este cuento, que además pretende hablarle a los niños de la naturaleza y la ecología, y a los paisanos describirles y recordarles como era nuestra tierra. Además, que, si ella quiere escribir que lo haga, pues en el mundo de la poesía el tiempo pasa y a la vez no pasa, todo es un círculo en nuestro bello mundo.

Autor: Ricardo Hernández Gómez


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