Korima PLACE

Jueves 30 de septiembre del año 76

Fue cuando el ciclón Liza, tocó tierra en casi todo el Noroeste y, no se diga, en el Puerto de Ilusión.

Al cumplirse en los próximos días otro año más de aquellos trágicos sucesos no puedo pasar desapercibido esos momentos ni la pertinente ocasión para reafirmar la idea de que tal efeméride, cuyas mortales consecuencias no fueron producto sólo de un fenómeno natural, merece un esclarecedora investigación tan profunda y tan abierta como esas largas fosas comunes que se distinguen en el panteón de los San Juanes y donde yacen cientos de anónimos cadáveres en espera, quizá, de que alguna vez le cuenten a detalle la inesperada historia del porqué llegaron hasta ahí.

Como parte de esa memoria, hoy mi YO se reclina en el nombre de esta columna y empieza a recordar que por esas fechas la ciudad parecía una olla exprés enorme y el tal Tláloc se aferraba a no soltar el chorro.

Estaba acostadote, aletargado, por eso ni se enteró cuando una licuadora gigante en el Pacífico le sopló las orejas y lo despertó. Se levantó encamorrado y con la luna encima una idea cruda se le formó en la mente.

En todas las casas empezaron a sintonizar el HZ para saber la última noticia del chubasco. El locutor tenía dos respuestas: de seguir la misma trayectoria existe la esperanza de que se desvíe; si acaso llega, sería en la noche.

Unas horas bastaron para que la sabiduría de los meteorólogos se estrellara en pleno centro del error. Todavía andaban voceando en las faldas de los cerros para que la gente se refugiara en las escuelas, en las casas, en las iglesias, cuando las matas de papayo comenzaron a bailar una apurado Rock-and-roll; la lluvia empezó a caer poco a poco como dando una última oportunidad de defenderse.

Un zumbido de rezos comenzó a orquestarse en todas las casas. El viento y la lluvia subieron de tono. Los espejos se cubrieron con sábanas, la olla del café estuvo en la lumbre todo el tiempo y las cachimbas prefirieron no dormir para velarle el sueño a los niños.

El miedo aparentemente no era mucho, pero creció cuando las antenas de televisión comenzaron a caer encima de los techos y los almendros se desmayaron de puro susto

Entonces sí, el temor entró por la puerta grande. Las jefitas, con el Jesús en la boca, sacaron todo el repertorio de oraciones.

El caldo de pollo iba apenas bajando por el cuello cuando un retumbido hizo eco en las colonias. El muro de contención —un cochinero hecho de arena y piedra— se vino abajo con un dinamitazo que un soldado colocó en el muro. Si se hubiera venido por su propio peso la lengua del agua arrasa con las colonias de “las buenas familias”.

La acertada intervención oficial, con esa compulsiva facilidad que tiene para cometer tonterías, soltó al monstruo de agua por el otro extremo y una panza blanca y estruendosa se estrelló en pleno corazón de la colonia Juárez.

La planeación gubernamental tuvo sus frutos: los once millones de pesos invertidos en esa bomba de tiempo iban envueltos en una capirotada de barrotes, piernas, pisos, techos, ciruelos, troncos, carros, puertas, cuerpos, cuerpos, cuerpos, cuerpos.

Así era el croquis de la noche, ¡mi Cecilia! ¡Dónde está mi niña!, todos en busca de todos.

Las casas cayeron anémicas como dominó. Familias enteras estaban muertas dentro de los carros. El carrusel del agua abría brecha por donde lo llevara la corriente. Los cuerpos fueron quedando como flores secas a la orilla del arroyo. Muchos fueron derechito a parar al malecón.

Al otro día el sol llegó temprano, tenía sus cachetes tibios. El día se enfermó esa mañana de hepatitis, estaba amarillo, pálido. Ni un suspiro de aire vocalizó ya, había quedado afónico durante la noche.

El padre Luis apareció en la colonia nomás amaneciendo y con los diez primeros muertos cumplió con todas las formalidades que una bendición puede tener; del onceavo en adelante nomás le chispeaba el agua bendita.

Todos recorrimos sonámbulos las calles; buscábamos al amigo, al hermano, a la familia, una señal cuando menos que el cadáver pertenecía a la familia. La iglesias se improvisaron como funerarias, los camiones de redilas pasaban por enfrente de las casas atascados de leña humana para ir a parar a una fosa común del panteón de los San Juanes.

Las clases se suspendieron y, al reanudarse, los salones se miraban vacíos. Las provisiones llegaban de todas partes, pero, al modo, muy poca se repartió. Leche Alpura, carne de la Pampa argentina, muchas galletas de animalitos —que desde entonces las tengo aborrecidas— harina, ropa, pan y lo que cayera era bueno.

La mayoría de los damnificados no eran de ahí, venían de otros estados. La escasez vino de golpe; bueno, para algunos, porque los General Electric de los que repartieron el queso estaban atascados de despensa. El responsable del despapaye se hizo maje por un tiempo, pero tuvo que soltar la feria para los damnificados.

Todos fueron a parar a la 8 de Octubre, la nueva colonia nacida a raíz del Liza.

Bien lo dijo don Daniel Lucero en aquel corrido que grabó en ese viejo casete: Jueves treinta de Septiembre / del año 76/muchos murieron ahogados/ y otros murieron de sed….


Miguel Ángel Avilés Castro
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