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Hoy mata cochi El Birin - Jose Peralta

Hoy mata cochi ‘El Birin’

¡Apá, mandó decir “El Firrychi” que si ya está caliente el agua! Díganle que ya está listo todo, que se jale pa’ cá que ya tenemos el cochi. contestó mi Padre, “El Birin”.

Ese día mataba cochi el “Birin” y eso lo sabían en calle 10 y alrededores; era día que abarrotes “Peralta” tendría a la venta carne de puerco, chicharrones, chorizo y manteca.

El día anterior mi apá había negociado el cuadrúpedo en los chiqueros que estaban en el cerrito blanco pasando la cueva donde “El Tibo” Patrón vendía tractolina.

Ese cochi mi apá ya lo tenía ubicado, porque él acostumbraba hacer recorridos por los chiqueros de los cerros de Cachanía para detectar cerdos de buen ver, era algo así como un escauteo tipo Mike Brito, buscador de talentos de Dodgers.

El cochi era de la familia Cienfuegos, la compra se complicó más de lo esperado porque querían más dinero del que se le ofrecía.

Trato hecho expresó el señor Cienfuegos, nomás que ahí le encargo un kilo de chorizo y de chicharrón para darle a la gente que me dio levadura para alimentar el animal.

A “El Birin” siempre le gustaron los cochis de Don Chema y Doña Manuelita por su peso, estatura y pelaje; desarrollaban un físico extraordinario como si hubieran llevado un curso de fisicoculturismo Mr. Atlas por correspondencia.

Pero en esa ocasión los cochis de Doña Manuelita estaban en ciernes.

Hasta para pelar un cochi hay que tener estilo, decía “El Birin”, y ese estilo lo tenía “El Firry”; la manera de agarrar el cuchillo y la chaira lo llevó a ser considerado el más elegante matancero de la región.

Mi padre siempre le tuvo afecto a “El Firri’, porque es honesto, responsable y sabe hacer muchas cosas y es de buenas familias.

Sabe, además de matar y destazar el cerdo, hacer carnitas, chicharrones y chorizo.

Es multifuncional el muchacho y de buena familia.

Ese día que “El Birin” mataba cochi, “El Firry” llegó elegante presumiendo mandil nuevo de harinas Sansón que había mandado hacer a la costurera de la calle 9, doña Petra de Esdrulfo.

Pero , para mi apá el mandil pasó desapercibido, le llamó más la atención el intenso olor a perfume de la botita que “El Firry” había encargado en el librito del Avon.

Cuando en abarrotes Peralta se mataba un cochi había apartados: el buche para Cárdenas, un kilo de chorizo para Luisa Altamirano, la colita hecha chicharrón para mi hermano Mario, y la cabeza para doña Julia del arroyo para los tamales que vendía el tío en las tardes por las calles de Santa Rosalía.

Cuando “El Firry’ inició el quehacer tenía espectadores: al Obedito de la Moncha, Bule de doña Tito, Prieto de Lucila, Martín del Capador, Jaime del Popera y el famoso Chema de la Josefina.

El cochi fajado se veía imponente en la mesa con sus ojitos cerrados.

El proceso se inició quitándole el pelaje. “El Firry” agarró agua caliente del cazo y al rociársela al animal cantó al unísono:

“Esa pared, que no me deja verte, debe caer por obra del amor”.

“!Ah sí, el Leo Adán de la calle 9!”, dijo el Chema de la Josefina, soltaron la carcajada todos, y mi apá dijo:

“Vayan al cerro a ver si ya parió la cochi de mi compadre Popera, que “El Firry’ acaba de empezar a trabajar”.


José Peralta Montoya
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