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Holor a olvido - Malena

Hasta ahora sé a qué huele el olvido

En cuanto destapó el pomito de perfume que masoquistamente compraba año con año, Isabel se dio cuenta que algo muy raro había pasado. Por un momento pensó que le habían cambiado la fórmula, porque ya no la remontó en tres segundos al tiempo aquel cuando era más joven y tenía el pelo más largo y brillante. Es más, ni aun cerrando los ojos vio las tijeretas que volaban anunciando la lluvia en aquel puerto del atlántico donde paseaba por la playa con la manos metidas en los bolsillos titiritando de frío y todo el lugar donde pusiera la mirada era gris, gris invierno, gris acero saliendo de las chimeneas, gris los sacos de los hombres que salían a las 7 a buscar un bar, gris el mar, gris el horizonte, gris el lomo de las tijeretas, gris como los ojos de el hombre que le dijo que podía amarle mucho pero que no sabía hasta cuando.

Nada, ese perfume no olía a nada de aquello, ni remotamente. Entonces Isabel, como en un gesto de danza antigua, como quien de repente sale de un coma en un día cualquiera como un miércoles a las 5 y recupera algo perdido parecido a la dignidad. Con una media sonrisa como la media luna que estaba afuera, poniendo el frasquito en su lugar se enturbantó el pelo mojado, encendió un cigarro, abrió una botella de vino y le dijo al espejo “mira tú, hasta ahora sé a que huele el olvido”.


Malena Sorhouet
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