Korima PLACE

Evocaciones

Miguel Angel Aviles Castro

Guía histórico-erótica para nostálgicos pubértos, ausentes y presentes

Volvían a estar ahí como si de un largo tobogán los hubiera deslizado el tiempo. Cuántos años tuvieron que pasar para reencontrarse con aquella sombra nublada con el humo de cigarros y el olor perdurable que dejan las noches indelebles.

Caramba: no habían vuelto desde esa vez que hubo un cateo y se decomisaron 26 bolsitas de plástico transparentes con una sustancia blanca al parecer cocaína, 12 envoltorios de plástico de color negro conteniendo unas tiras de peyote, dinero en efectivo y un instrumento de medición para enervantes, según lo registro al día siguiente el periódico más mitotero que había en la ciudad.

Con las miradas más serenas pero con los mismos palpitares en el bajo vientre, estaban sentados en esa mesa de media luna que los ponía a un estirar de manos de la pista.

Después de un convivir desde el mediodía en el punto común de sus reuniones, ahora ya con la madurez que se forja con la edad, pero con esa complicidad jovial de quienes se hermanaron en sus años mozos gracias a los tantos días de juerga, de júbilos estridentes y de reclamos, de cascaritas de futbol en campos terregosos, y de enconos pasajeros, así estaban ahí, de regreso, en donde una madrugada , por vez primera, enfilaron hechos bolas en un Camaro color azul reminiscencia hacia ese territorio prohibido donde estaban los más fastuosos ángeles , mercando para nosotros sus requiebros.

Lo que hace algunas décadas solo era un punto distante a las afueras de la ciudad, rumbo al sur, comunicado por ese apéndice de terracería que se agrandaba como avanzando en dirección a la eternidad, ahi donde encontrabas el encanto, ahora florecía un espacio de alumbramientos vertiginosos de casas y construcciones modernas, anuncios refulgentes y aglomeraciones, en un transitar de ida y vuelta que hacían del Valle Verde y El Ranchito un gueto desapercibido para los que no saben de la satisfacción pecaminosa.

La primera ronda llegó en el acto, casi en cuanto dejaron caer sus nalgas en esos banquitos tapizados en café oscuro, tan modernos en comparación a las sillas oxidadas de antaño que no pocas veces volaron con fuerza para ir a estrellarse en la cabeza aturdida de un malsuertudo camorrista.

Una mujer trigueña, de piernas largas y apenas cubriéndose lo que los concurrentes más quisieran ver, desciende, de pronto, deslindándose de un tubo y da inicio a su baile cadencioso, sensual, insinuante, provocador de todos esos ojos fijos y envilecidos cuyas miradas se clavan en ella como arcabuces deseosos de dar en el blanco de su delectación.

DIARAMENTE RIFAS GRATIS

VIERNES DE BOTELLA

SABADO DE DAMA

Nada de toda la escena se parece al afligido pasado que se evoca: se acerca ronroneando cerquita de la primera oreja que encuentra. “Vamos al cuarto” sugiere tentadoramente, hechiceramente, mientras sus pechos de fruta grande se mecen frente a todos nosotros como aperitivo al centro. Lleva una falda de cuero a ras de nalga y sus caderas se disparan como protuberancia bendita cuando camina así como lo hizo hasta aquí donde ahora negocia con quien está a mi lado.

Los que me sigue en la hilera nomas observan con una sonrisa de apuesta si se va o se queda, si se marcha ella solo por donde vino, si dos manos se entrelazan después del acuerdo y se pierden por entre las mesas hasta alejarse en el trayecto hacia una luz roja tenue que tirita como un respirar moribundo afuera de ese cuarto que los recibirá con la costumbre que dan tantos gemidos en desvelo.

Una silueta oscura da unos pasos acompasados al tiempo que despoja su sostén de lentejuelas y dos estrellas de piel quedan a la vista, apenas florecientes sobre esas montañas redondas que invitan a escalar hasta la cima. Es “La Morenita de Topolobampo”, para servir a usted. Los aplausos festinan su atrevimiento, su insinuación perversa, su entrega a plazos de las bendiciones de su cuerpo. Avienta su prenda a la cara de un mirón y se deja caer en la pista como si un tierno venado retozara contento a modo de espejismo para los sedientos. Levanta las piernas con armonía y pasa la caricia de sus manos sobre sus pechos. Esas manos son la envidia de otras manos que sudan la tentación, el deseo, el frenesí de lo imposible.

Ahora aquellas manos deslizan la última prenda por esas piernas largas. Bajan lentamente como postergando un secreto, como negando el pan a un hambriento. La prenda cae, y muestra para todos su frondosidad. La música se pierde como si al viento le taparan la boca, y nadie regatea los aplausos. Ella es recibida por un mesero vestido como si un cadete reverenciara frente a todos a la hermosa quinceañera. Una sombra camina hacia otras sobras que esperan.

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Cuando alguien propuso ir, no faltó quien se negara. Acusó razones de familia, y más cosas pero al final accedió. Fue él quien llamó al mesero en cuanto dejamos caer las nalgas. El mismo que ahora le pregunta al tiketero que si cuánto cuestan los privados. De la cabina sale una voz ruidosa que instiga a los lascivos. Los reta, los provoca, les recrimina el desgano de su hombría. Una orquesta de silbidos le responden y él replica con una canción que anuncia la siguiente pasarela.

El desfile de sombras dará inicio. Desde una cortina de agua, donde hacia un momento todos los ojos estaban puestos solazados con las siluetas de los cuerpos que ahora reencarnan una tras una a una junto a otra en esa pista larga donde pudiéramos caber todos si alguien contará hasta tres y se desatara la pasión, el desenfreno, la lujuria reparadora de un bridón.

Antes la zona estaba en el otro extremo de la ciudad, a las faldas de unos cerros o de la colina de la cruz como otros la mentaban. Las putas eran putas y no portaban otro nombre. Mujeres de falda estrecha y zapatillas relucientes. Labios de sangre y pestañas embusteras. Hombres de quincena, solteros de ocasión hasta el amanecer o dos días más delante para luego regresar a casa mostrando sin pudor las cicatrices pasajeras que habían dejado la faena y el placer.

Era de agarrar la música y ponerse al frente como director de orquesta con una botella en mano a modo de batuta para ordenar con una seña testaruda la misma pieza una y otra vez y otra más a ese trio de hombres cansinos de guitarra, bajo sexto y acordeón, con sombrero de ladito y garganta lastimera que interpretaban cosas de amores y tragedias de verdad.

Un día la zona bajó de tras lomita y comenzó la emigración hacia los montes más apartados que encontraron hacia el sur, retirados del decoro y los ademanes que lustran culpas. Pero no hay flor que no renazca y en esta siembra germinó El Rey, El Ranchito, y El Valle Verde, tres puntos a buscarse en el mapa del secreteo cuando las ansias de pecar bonito te envolvían.

La edad de la impaciencia llegaba como una ceremonia, como un litúrgico encuentro ya esperado y la mocedad era un reniego, un retrovisor hecho añicos donde nadie se quería ver porque se tenía la certeza de una hombría conquistada a la que buscaba saciarse en un bocado. En ese paraíso de puertas abiertas estaba la ansiedad, la destemplanza de quien quiere todas las golosinas para él.

La dama no sabe de preámbulos. Lleva un vestido que la vuelve una sirena. Su cabello alborotado es un nido en soledad. Desde las tres de la tarde ha estado ahí y se ha cambiado cuatro veces de ropa; la última después de esta prenda, quedó en la caja de cartón que está junto a la cama pestilente de su cuarto. Su dueño por ese rato no pudo contenerse y descargó todo su estómago en su pecho cuando se alistaba para salir en busca de otro cliente.

El tiempo es oxígeno para un asmático. Hubo de tirar esa blusa roja adquirida en un bazar de su colonia como si ahí también dejara los residuos de su vida, esa que se había dejado en buena parte durante todos estos años desde que llegó con el dueño del Valle Verde, llevada por una amiga para que empezara en el talón.

VARIEDAD CONTINUA

ESPECIAL

VALDES

El que no quería ir ya ha pedido tres tequilas con agua mineral y está por pagar otra naranjada para la dama que hace unos minutos se ha sentado sobre sus piernas. Otras mujeres vienen a la mesa.

La que acaba de bailar vestida de novia y braga blanca no parece ser la misma que hace unos días “fue carne de prensa” como dice el que no quería ir. Apareció en la nota roja con una blusa de tirantes, mirando al piso como las que están arrepentidas para siempre.

Aquí está de nuevo demandando una bebida a cuanto parroquiano puede, a cambio de un roce de piernas y una risa loca cada vez que alguien lleva su mano más allá de lo que enseña.

De la pasarela han bajado cuatro de la mano del mesero con moño al cuello, ese que algún dia fue antecedido por otro hombre obeso, de boca purpura y pestañas enriscadas. Lleva a cada una a las mesas donde hicieron el pedido.

Otra besa en la mejilla a ese señor que la mira con embeleso adolecente y se lo lleva del brazo hacia afuera de los privados en espera de su turno. La luz, de pronto, se enciende toda como si se iluminara un estadio, en ese sitio donde solo falta el diablo.

En la pista solo queda una joven que se balancea en el tubo y se desliza con sagacidad cual una niña en un resbaladero. Un ramillete de bailarinas sube al segundo piso donde todos y nadie saben que hay allá , las siguen unos hombres a paso torpe que parecen momias persiguiendo al Santo; caminan lentos, pesados y compungen su cara como si despertaran a unos niños para mandarlos a la escuela.

El mesero que hace unas horas subía con delicadeza a las mujeres de ropajes esplendorosos, batalla al bode de la pista para bajar a un joven insurrecto que se enterca en subirse con el balde lleno de cervezas que le acaban de traer.

En un extremo de la pista se ha formado un nudo, parece que hubieran querido ir a los baños todos a la vez. Alguien que vomita, suelta una botella y cae para quebrarse junto a los pies de su fastidiada acompañante.

Las mesas se están quedado vacías, es como si fuera el ocaso de una fiesta; en la puerta de salida algunos empiezan a marcharse, no tienen la misma energía que cuando llegaron, ahora forman un ato y parecieran el acarreo forzoso de un ganado, los condenados a muerte que marchan resignados hacia el paredón.

Ya viene amaneciendo y la luz ya nos alumbra. En el Camaro están subidos todos porque están por regresar a casa. Aquel que no quería ir, repite que lo dejen, que él se irá en taxi cuando así le dé la gana. A la distancia, se ven los cerros borrosos, cubiertos de neblina.

El tiempo es un bostezo

Que te cierra los ojos

Para que no veas

Cuando pasa.


Miguel Ángel Avilés Castro
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