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Evocaciones

Francisco Efraín - Miguel Angel Aviles

Francisco Efraín Romero Chaidez y su después

En ese lugar, donde ahora se representa a sí mismo para gozar de lo que aún queda de esa fama, un día, hace años, ocurrió aquel infortunio.

Le dice de muchas formas y allende las fronteras ya se ha vuelto algo más que un dicho, si se hará o no la carnita asada, para trascender más allá de donde no lo pueden explicar a bote pronto ni los expertos en el marketing o la comunicación.

Sé, porque me lo ha dicho alguien que, sí sabe, que él se llama Francisco Efraín Romero Chaidez y es hijo de don Pedro y Doña Febronia quienes un día se anclaron en La Hacienda de la Flor, en donde han escrito e inscrito su vida, esa que les tocó vivir, no siempre venturosa, más bien de pesadumbres, como si alguien hubiera embrujado su feudo o su territorio.

Efraín, aquel niño que un día, a temprana edad, fue embestido por un carro, tal como los que ahora se detienen sobre el boulevard para tomarse una foto con él, hizo de su frase y de su risa que lo ahoga, un marketing que a Philip Kotler o a Carlos Alazraki le hubieran costado algunas noches de desvelo.

Así es la cosa si se tiene duende o alguien te bendice sin saberlo.

La envidia que les ha de dar.
Bajo de estatura, o chapo como dirían en el norte, descarnado de cuerpo, unos trapos vaqueros y un sombrero inseparable que posa sobre esa cara de malo , bigote descuidado rayando en el mostacho y unas cejas como si un aura negra y dibujada se tratara , Efraín ya se volvió historia y trascendencia que hasta materia de tesis puede ser si se le ve con buenos ojos y no con el agandalle de los que se quieren aprovechar de la ocasión.

No sé qué pueda ser el éxito y ya depende de cada quien como lo mida. Tampoco sé si es el fruto de los años o te llega así nomás de un de repente. Pero eso pudo ser lo que Efraín consiguió, aunque un día se acabe o termine por ser casi tan dañino como los estragos que le dejó el atropellamiento y las secuelas que no se han ido como las alferecías que le atacan desde entonces.

Con todo lo que pueda venir o le ha llegado, él se puede dar por bien servido, luego de andar contracorriente en la vida y con su familia que nació con la pobreza a cuestas y los sigue como un lastre pese a tanto momento de gratitud y de regalos que la fama les ha traído.

No está mal y hay que disfrutarlo porque lo que hoy vive Efraín en nada se parece al momento que yacía tirado sobre la calle después de que un bólido casi le quita la existencia luego que él corría tras una pelota. Tampoco se comparan sus nuevas botas ni el carro que alguien le mandó del otro lado o la placa que trae en la cabeza ni a la muerte de su hermana la Adelaida que un día se fue o de su abuela no hace tanto.

La fama suele tener un rendimiento decreciente y no le habrá de durar para siempre. Un día se irá de él como se fue el dinero de su hermano quien alguna vez supo el que se siente al sacarse la lotería, pero de este ya no queda ni el dinero ni él mismo porque también para donde ahora ha de estar con la Adelaida y su abuelita.

Pese a tanto que pueda pasar o no pasar , el Efraín sigue más que contento, en ocasiones en un video, otras en una foto o en un reportaje o sentado en esa bardita a ras del boulevard, con una taza de café en mano, indumentaria nueva y en espera de un admirador que quiera una selfie o una saludo a cambio de unas monedas y juntar lo que se pueda con tal de bajar más tarde al barrio, loco de contento y de felicidad , trastabillando , para rendirle cuentas a doña Febronia o darse un gusto propio de los que le reviven el alma o son su mera predilección.

Si así fueron sus sueños, tarde que temprano se tenían que hacer y se le hicieron. Unos antes de ser lo que es, otros ya alcanzada la gloria, pero, al menos la lista conocida era muy larga como la carcajada que él suelta tantas veces puede y, sin embargo, Francisco Efraín Romero Chaidez, ya se puede dar por bien servido.

Es que su caminar en la vida le trajo ventarrones y hoy quizá esté viviendo la calma, dure lo que dure.

Es que Efraín pudo ser de su familia el primero en irse, pero salió avante pese a todo.

Ya le tocaba.

Porque a los años el destino o como se llame eso que es impredecible, algo mejor le traía previsto: la fama entera, un paseo en avioneta, la compañía de su madre, su biografía a plana entera en más de un periódico, las tres comidas diarias, una carne asada que se hace o no se hace, llamadas telefónicas todo el día, el beso de una guapa muchacha, la lucidez presente y los gritos bravíos de quien sin duda es muy feliz.

“No sé cómo agradecerte”, pudiera decir el Efraín a lo que ha sido su nueva vida. “No me agradezcas, hermano” puede que le conteste la vida misma, en este redondel que es su presente, tan deseado como que el que pisó esa madrugada para cantar al lado de los Tigres del Norte y rematar a coro con esa frase ya tan popularidad que un día, terca, quiso ser nada más para él, solo para él y se le hizo.



Miguel Ángel Avilés Castro
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