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Evocaciones

Arturo Meza

El Panchito

Nació con la llamada Parálisis Cerebral Infantil (PCI), una enfermedad, creo, injustamente nombrada así porque si bien, existe un defecto en una zona del cerebro que produce trastornos en los movimientos, no en las funciones cerebrales superiores como el cálculo, el lenguaje, emociones, percepciones, el pensamiento, el razonamiento, la inteligencia, etc., tales funciones suelen estar intactas. En fin, el problema es una parálisis motora –de movimientos- de evolución y gravedad variables.

Nuestro amigo Pancho, padecía PCI, caminaba trabajosamente con los pies abiertos, pisaba prácticamente con la parte interna de los tobillos, arrastraba los pies, dejaba un rastro en la tierra, raspaba los pisos pero las manos las manejaba bastante bien, podía escribir sin problemas y resolver movimientos finos; el cuello lo tenía un poco rotado a la derecha pero podía completar sus movimientos con ayuda de la movilidad del tronco. Ingresó junto a otros ocho residentes de especialidad al Programa de Residencia del Hospital Salvatierra, entre ellos, dos cirujanos, dos ginecólogos, dos anestesiólogos, una pediatra y dos internistas, de los cuales uno era Francisco, a quien llamábamos –dependiendo de las razones- El Pancho o El Panchito. Era un tipo guapo, agraciado, simpático –a veces- podía ser malhumorado y grosero, otras veces era capaz de producir una gran ternura. Buen amigo –a veces- y a veces, buena persona, en pocas palabras, un cabrón cuando se lo proponía.

Pronto, el grupo de residentes entendimos que al Panchito no había que tratarlo como discapacitado. Si bien, tenía limitaciones, no había que darles importancia, ni siquiera tomarlas en cuenta, en vista que tampoco se dejaba ayudar. Había que tratarlo como uno más de nosotros, sin ventajas… ni desventajas. Era inútil sentir lástima o compasión por su condición. Inmediatamente te mandaba a la jodida ante cualquier atisbo de misericordia.

Aprendimos a tratarlo como a otro más de nuestra pequeña tropa. Cuando paseábamos a pie por la ciudad, por ejemplo, acordábamos de caminar un poco más lento para que agarrara nuestro paso, pero si llegaba a ponerse a la cabeza, ¡apúrense pinches guevones!. O si se retrasaba, a propósito caminábamos más rápido para hacerlo trinar, apuraba penosamente el paso pero jamás pedía esquina.

Los hospitales de madrugada suelen tener un silencio sordo, profundo, con la sensación que se romperá en cualquier momento, podíamos escuchar los pasos del Panchito a grandes distancias, el arrastre de los pies, el sincopado de los pasos era inconfundible. Nuestra residencia estaba en un segundo piso, subía los escalones trabajosamente sudaba, jadeaba pero jamás se quejaba. Un día, el Beto Gastélum, en ese tiempo residente de ginecología, escuchó que el Panchito se aproximaba a la residencia, sus pasos eran inusitadamente rápidos y al modo malicioso –cachanía tenía que ser- dedujo: –El Pancho se viene cagando, te apuesto- Enseguida –para comprobar la teoría- ocupamos los dos sanitarios, así que cuando llegó, no encontraba donde hacer sus necesidades, empezó a golpear la puerta y a apurar a los ocupantes que se zurraban …pero de risa.

Podía llegar a ser un salvaje y enojado te tiraba con lo que tuviera a mano. El día que llegó muy contento porque amaba a una chica muy dulce con la que ya llevaba un largo noviazgo, se armó de valor y la pidió en matrimonio, ella emocionada le dijo que sí. No cabía de contento e inmediatamente fue a dar la buena noticia a la tropa, cosa que cambió radicalmente cuando le felicité porque agregué -Que bueno, Pancho, así tendremos mujer los dos- contrariado, encabronado, agarró un frasco de perfume y lo estrelló contra la pared con toda la intención de volarme la cabeza, luego se hizo de una taza mientras me correteaba alrededor de una cama para darme mi merecido por –según él- la falta de respeto al tiempo que yo le suplicaba que me dejara explicarle el sentido de la expresión. Finalmente lo calmaron y pudimos hablar -el asunto es así: -Yo ya tengo mujer, la conoces, ahora que tú también tendrás pareja, lógico, ambos tendremos mujer ¿a poco no?-. La explicación era convincente, poco a poco la fue interiorizando pero de todos modos me estrelló la taza en la frente porque dijo – no lo dijiste con esa intención- y chinga tu madre, por si acaso.

Hoy supe, después de salvar decenas de enfermos de covid en la Terapia Intensiva de Navojoa, fue infectado, enfermado y lucha por su vida. Esperemos que salga bien, tan cabrón como siempre, caminando chueco, pero bien.


Arturo Meza
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