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Evocaciones

Arturo Meza

El padre Sergio

El Padre Sergio Espinoza Arámbula, estudió en el Seminario Conciliar de Querétaro, en donde, además de ser un buen estudiante de la carrera sacerdotal, desarrolló habilidades para jugar futbol. Rápido, fuerte, de buen pie, perforaba las defensas y en un palmo de terreno te sacaba un potente tiro a gol. Un estilo que recuerda al francés Gignac. Sergio llegó hasta la segunda división y no escaló a los Gallos Blancos de Querétaro porque sus obligaciones académicas, ya a punto de ordenarse sacerdote, se lo impidieron.

Fue asignado a La Paz en cuanto salió del seminario, la parroquia situada en la periferia de la ciudad fue todo un reto, el templo estaba en malas condiciones, sin puertas, sin luz eléctrica, sin pintura; los vecinos vivían en pobreza extrema, difícil conseguir ayuda, eran ellos los necesitados. Los primeros días le daban ganas de llorar por la situación tan desesperada, pero el estado del templo pasó a segundo plano cuando empezó a enterarse de enfermos sin atención, de niños con hambre, embarazos adolescentes, jovencitas prostituidas, casos de alcoholismo y drogadicción que perturbaban a los hogares de sus feligreses.

Empezó a organizar grupos de personas por edad, clasificó los problemas, los jerarquizó, se auxilió de sus superiores y profesionales para ayudar en lo que se pudiera, a hacer conciencia acerca de mejorar sus vidas y fue avanzando como dios le dio a entender. Una de las formas de agrupar a los jóvenes fue el futbol. Pudo conseguir un buen terreno, porterías, pintaron el campo y pronto tuvieron su potrero donde practicar deporte. El padre Sergio extrañaba el futbol competitivo, fue así que llegó a nuestro equipo que jugaba en la Primera Fuerza local.

Nos llamó la atención ese joven apuesto, blanquito, alto, guapetón que pidió chance de jugar. Sabía que habíamos perdido nuestro centro delantero, así que, sin más, lo invitamos a entrenar y ¡vaya! inmediatamente nos percatamos que habíamos conseguido un jugador de clase mundial y lo registramos en el equipo. Ese año barrimos la liga con el Padre Sergio que se cansó de meter goles.

La palomilla siempre lo trató con deferencia y aunque el Padre era bastante campechano, siempre nos conteníamos en su presencia. Ni la carrilla, ni los chistes colorados, ni las groserías parecían molestarle, pero, pues…el respeto. En el campo: -pásela, Padre –cuidado atrás, Padre – voy a su lado, Padre – tírele, Padre – métala, padre, eran los gritos de los muchachos.

Se quedaba en los festejos, se llegaba a tomar una, dos cervezas, la pasaba bien con nosotros. Nuestras mujeres no paraban de hablar de lo guapo del Padre Sergio, nuestras sobrinas, primas, amigas, que nos iban a ver jugar le coqueteaban descaradamente, al rato había un ejército de fans femeninos del Padre Sergio que nada sabían de futbol pero que iban a verle las piernas.

Dos campeonatos ganamos, el padre Sergio fue siempre el campeón goleador.

Estábamos por empezar la temporada del 2016 cuando el Padre llegó al entrenamiento muy serio, nos juntó a todos y nos dijo que lo habían cambiado a Santa Rosalía, que tendría que dejar el equipo, que agradecía la aceptación en el grupo, que … etc. No hallábamos que decir, hasta ganas de llorar nos dieron. Ni modo ¿Qué hacer? Le deseamos lo mejor, abrazos, cervezas, tristones y medio borrachos nos despedimos de nuevo.

El año pasado, en diciembre, fuimos invitados para jugar un torneo corto en el Municipio de Mulegé y luego nos acordamos del Padre Sergio. En efecto, cuando llegamos enseguida buscamos la iglesia, allá estaba el Padre en una kermés, fue una gran sorpresa, alegría, chascarrillos, abrazos, nos presentó con sus amigos y colaboradores, nos sirvieron champurrado, ponche, buñuelos, hubo piñatas, risas, buen ambiente. Convivimos hasta bien entrada la noche. Como siempre, el Padre rodeado de mujeres.

Había una güerita, muy bonita, muy agradable que no se le despegaba. El Padre parecía tenerle mucha confianza. Le contaba de nuestros días en La Paz jugando futbol, de nuestras familias, de nuestra amistad. Cuando pensaba que algo no entendía la güerita acerca de nuestra conversación, hacia una pausa para explicarle y ponerla en situación. Había unas señoras que veían con recelo esa relación y como nosotros, seguramente, pensaban que al Padre lo andaba tentando el demonio.

Y vaya si lo tentó, Sergio colgó la sotana, la Güerita –Eugenia- ha parido gemelos, es parte de nuestra porra, el Sergio aunque ha perdido velocidad y potencia aún es muy buen jugador, ahora los gritos en el campo son otros –Pinche Sergio, suéltala –ya ni chingas, Sergio – bien, Sergio –pásala, wey.

Aun ayuda en la iglesia, ahora tiene otros problemas, la güerita y las gemelas.


Arturo Meza
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