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Evocaciones

Arturo Meza

El bazo de Pedro

Pedro, residente de Guerrero Negro, andaba voladillo con una muchacha de San Ignacio. Los fines de semana, en cuanto salía del trabajo en Exportadora de Sal, agarraba para San Ignacio a visitar a la agraciada. En esas andaba, ya era domingo, había visitado a su amorcito y salía del pueblo rumbo a las salinas por el ramal que conecta a la carretera al norte, conducía a media velocidad pero se distrajo, algo se le cayó mientras manejaba, soltó por un instante el volante y el carro se salió del camino, cuando trató de corregir ya había impactado con fuerza de frente contra una palma datilera, a la palma si acaso se le cayeron algunos dátiles pero Pedro se golpeó el costado izquierdo salió adolorido, doblado miraba el carro estropeado, hundido del cofre, el radiador roto, vapor, agua. Lugareños lo auxiliaron para llevar el auto al taller, más tarde, aun adolorido, tomó un autobús rumbo a Guerrero Negro.

En llegando platicó a la familia el evento, aun se dolía del golpe por debajo del costillal izquierdo y así se fue al otro día a trabajar. El dolor aunque disminuía con analgésicos, no cedía, así pasó el lunes, el martes, el miércoles el dolor continuaba y el jueves decidió ir al hospital para ser revisado. Al hospital de la ESSA había llegado, hacía poco, un cirujano, un viejo cirujano que había vivido sus mejores años en la Ciudad de México. Llegó a tener un gran prestigio profesional en la capital, operado a miembros de la alta sociedad chilanga, gente poderosa del gobierno, ministros, empresarios, en fin, estaba bien posicionado en el mundillo de la cirugía en el DF. Fue todo un misterio las razones por las que llegó a Guerrero Negro, tan lejos del lugar de los éxitos y la vida glamorosa.

Era un hombre culto, muy bien preparado, de muchos talentos, arriba de 75 años, se conducía con gran arrogancia, al resto del pequeño staff médico no nos bajaba de pendejos, tomaba su distancia, criticaba todo: los tratamientos, los diagnósticos, los procesos de la clínica ESSA, hasta nuestra manera de vestir. Sus facultades obviamente habían disminuido, la vista, el pulso, los movimientos ya no eran los mismos, sin embargo, durante las cirugías, éramos sus ojos, su sensibilidad; ayudábamos a descifrar el campo quirúrgico: órganos, vasos, ligamentos, nos dejaba suturar, ligar, cortar, hacer maniobras que nos enseñaba con regaños y malos modos. La cirugía en manos de un experto y noveles ayudantes, aunque en un ambiente incómodo, generalmente se llevaban a cabo de buena manera, sin complicaciones y casi siempre, con resultados satisfactorios.

Cuando Pedro llegó al hospital estaba pálido, mareado, sudaba frío, antes de entrar a la consulta cuando la enfermera le tomó la presión, Pedro se desvaneció en sus brazos. Rápido acudimos, el pulso era incontable, la presión baja, llenado capilar lento, se supo el antecedente del choque en San Ignacio así que el diagnóstico estaba cantado, algo sangraba en el interior del abdomen. El cirujano ordenó transfusiones y preparación para llevarlo al quirófano y hacer una exploración.

En efecto, apenas abierto el abdomen escapó una gran cantidad de sangre, el hígado se veía sin lesiones así que el culpable seguramente sería el bazo. Suponíamos que el bazo se había roto en una pequeña parte, que desde el domingo del accidente, estuvo sangrando gota a gota, el abdomen si bien dolía, se adaptaba a los volúmenes de sangre que aumentaban paulatinamente, tal condición –y la idea de que era solo un golpe- impidió ver, de forma temprana, un cuadro abdominal agudo. El abdomen estaba lleno de sangre, no se veía el órgano afectado, empezamos a meter compresas, el aspirador se tapaba con los coágulos, empezamos a sacar coágulos con las manos, a aspirar lo que se pudiera y a empapar compresas para limpiar el campo quirúrgico. En una de esas, el cirujano toma al bazo, creyendo que era un gran coágulo, lo jala, lo rompe y entonces sí: el chorro era descomunal, la arteria esplénica sangraba pulso a pulso con gran presión.

En cirugía, como en el beisbol y como decía Mickey Mantle cuando veía pasar la recta de humo de Sandy Koufax “a lo no se ve, no se le tira” el campo quirúrgico se llenó inmediatamente, por debajo de la superficie se podían ver los borbotones de sangre que lanzaba la arteria y aunque lanzábamos pinzasos era imposible tomarla para pinzarla y ligarla. El bazo queda detrás de la línea que pasa por la axila, extraerlo por una incisión en la mitad del abdomen tiene sus secretillos. Primero hay que descontarlo de los vasos que lo unen al estómago –vasos cortos, les llaman- luego desconectarlo de los ligamentos que lo unen al colon y al riñón, una vez que esto se hace, el bazo queda laxo de las uniones de la arteria y la vena esplénica que es por donde pasa una gran cantidad de sangre, el bazo se luxa y se lleva hacia la incisión, una vez hecha ésta maniobra, es relativamente fácil pinzar y ligar ambos vasos.

Ya no había bazo que luxar, lo habíamos extraído por arrancamiento. Tuvimos que hacer una incisión transversal a la izquierda –agrandar el campo quirúrgico- la arteria seguía manando sangre con gran presión, el anestesiólogo exprimía los paquetes de sangre para que entraran de prisa, destapaba ampolletas y administraba fármacos mientras, se canalizaron otras venas para compensar con líquidos y soluciones de gelatina. La sangre se volvía cada vez más pálida -agua de sandía- ya no coagulaba, el cirujano perdía la calma, se desentendió del asunto, un ayudante calculó la trayectoria de vena y arteria esplénica –que corren juntas- a ciegas metió una pinza de anillos en la supuesta trayectoria y ¡que le atina! ese pinzaso prensó la arteria y dejó de sangrar. El cirujano paralizado, sudaba frío, hablaba cosas sin sentido, Estaba fuera de combate. Con mucho cuidado, sin tocar la pinza prodigiosa aspiramos la sangre, secamos bien el campo quirúrgico, lentamente, mientras entraban líquidos y sangre y Pedro se recuperaba, pasamos por detrás de la pinza milagrosa una ligadura de seda –doble- la arteria quedó ligada y se solucionó el problema.

El cirujano se sintió mal, nada dijo, se fue y nos dejó terminar la cirugía, a colocar drenajes y cerrar el abdomen. En adelante fue mucho más humilde. Hubo en ese incidente varias lecciones.


Arturo Meza
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