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Evocaciones

El Acabamiento - Arturo Meza

El acabamiento

Era gordo, bajito de estatura, panzón, cuello ancho y corto, colorado, bigote ralo, dos o tres pelitos en la barba, mirada esquiva, desdentado arriba, tendría unos cuarenta años. Llegó al servicio de Urgencias retorciéndose del dolor, se tomaba la barriga con ambas manos y a la obvia pregunta de ¿Qué le pasa? respondía -es un “acabamiento” mientras apuntaba a lo que llaman “boca del estómago”. Todo mundo se veía entre sí como preguntando ¿Qué es un acabamiento? . El hombre –suponíamos- tenía dolor intenso, no estaba para dar explicaciones filológicas precisas del término.

Plácido Arce era de un rancho poco más allá de San Evaristo, metido en la sierra. Era soltero, lo acompañaba una sobrina a quien llamamos varias veces para que explicara la dolencia pero tampoco sabía exponer el misterioso “acabamiento” que traía a su tío por la calle de la amargura. Suponiendo, como todo parecía indicar, que se trataba de dolor abdominal, fue explorado por varios médicos, desde el médico interno de pregrado, el médico residente de postgrado, el adscrito, hasta el jefe de servicio sin encontrar algún dato digno de tomarse en cuenta que no fuera una molestia intensa en el epigastrio –la boca del estómago-

Por lo que trataban de explicar Plácido y su sobrina, un acabamiento –entendíamos- era algo así como un vacío en el estómago, ardor quizás y ganas de vomitar; otros creían que se trataba del mismo vacío epigástrico con falta de fuerzas, debilidad muscular; otros suponían que un acabamiento está constituido por dolor con distensión abdominal, hinchazón de tripas … ¿Es dolor? Le repreguntaban a Plácido y lo negaba; ¿tiene ganas de vomitar? –no, tampoco- ¿Qué es lo que siente? Le volvían a preguntar a ver si respondía algo diferente, la respuesta seguía siendo – un “acabamiento” ¿lo  puede explicar? –… es … como un “acabamiento”.

La respuesta siempre era “acabamiento”. Todo el equipo hacía conjeturas acerca de la palabra.

Se le realizaron los exámenes necesarios, las imágenes, exploraciones que se requerían sin encontrar, con todo el arsenal de paraclínicos, ningún diagnóstico para la dolencia que aquejaba a Plácido Arce. Todo el día se pasó en urgencias, el dolor se disipaba, a veces, otras veces se intensificaba y volvía a quejarse, a agarrarse la panza y a llamar la atención del personal que ya había cambiado de turno dos veces sin encontrar el origen del padecimiento ni del “acabamiento” porque cada vez que le preguntaban ¿Qué siente?¿qué tiene? ¿Qué le pasa? respondía es un “acabamiento”. Llegó el momento que ya no se consideraba urgencias, habían pasado las horas y aunque el padecimiento se agudizaba en ocasiones, otras veces estaba muy tranquilo, luego hasta pidió un caldo de pollo, los médicos descansaron cuando constataron que entre sus síntomas no estaba la inapetencia –por aquello “de enfermo que come y mea…” pero algo había que hacer con Plácido, o se pasaba a internar o se daba de alta.

El jefe de urgencias sugirió que debía permanecer en observación en piso. Es cuando dos especialidades entran en un conflicto que no tiene fin: medicina interna y cirugía. ¿Quién va a internar al paciente? ¿a qué servicio  pertenece el paciente? ¿Quién va hacer la nota de ingreso? ¿Quién se va hacer cargo?. El pleito empieza por abajo con los MIPs, luego siguen los R y al final los adscritos. En este preciso caso se trataba de dilucidar quien se hace cargo de los “acabamientos”, pero para esto se necesitaba discernir, tener claro, dilucidar: ¿Qué es un acabamiento?

Si un acabamiento tiene resolución quirúrgica, si requiere de una operación, una intervención manual, pertenecía a Cirugía, pero si para solucionar el problema del acabamiento, requería de medicamentos, medidas generales, procedimientos de higiene, el caso era de Medicina Interna, pero como no podíamos ponernos de acuerdo en la definición de la palabra “acabamiento”, tampoco se podía definir a cual servicio debería de pasar.

Fue cuando – como una bendición- llegaron los primos de Plácido. Eran tres. Ya habíamos agotado todos los diccionarios, habíamos consultado a las mentes más preclaras del folklor sudca: al ilustre Dr. Milo, a los Huizapoles, al Prof. Martín Avilés, al librero Ernesto Adams, incluso, habíamos echado mano del magnífico diccionario de “Términos Sudcalifornianos” del Profesor Gilberto Ibarra y nada, tampoco había referencias en el mundillo académico.

-aquí te manda mi amá, simple- le dijo el mayor mientras le extendía una ollita de peltre que al destaparla humeaba. – bien lo dijo mi amá, al Plácido la va a dar el acabamiento si sigue con sus chingaderas-. Plácido se incorporó y antes que llegara una enfermera para prohibirle alimentos no prescritos en el hospital, se echó tres buches gordos y se limpió los belfos con todo el antebrazo. En media hora a Plácido le cambió el semblante y se estaba dando de alta voluntaria. La enfermera le retiró la venoclisis, saltó de la cama, se puso la ropa, dio las gracias y salió del hospital abrazado de los primos como si nada.

Todos queríamos saber que le dieron pero sobre todo ¿Qué es un acabamiento?, algo que alcancé a preguntar al primo mayor cuando casi cerraba la puerta exterior, con aire docto, con gran suficiencia –pues…un acabamiento – respondió mientras desaparecía, solo le faltó agregar – ¡ignorantes!.


Arturo Meza
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