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Doña Soledad - Pepe Peralta

Doña Soledad

Siempre dijo que el mejor invento del hombre era la lavadora y lo expresaba con una seguridad jamás vista por mortal alguno en el puerto.

Nadie fue capaz de refutar tan convincente aseveración de Doña Soledad, vecina de la calle 9 en el pueblo minero de Santa Rosalía.

No recuerdo persona alguna que defendiera con tanta pasión su forma de pensar como lo hacía Soledad.

¡Y vaya que fui testigo de varias discusiones en el mostrador del changarro del Birin!

En ese abarrotes se abordaban todo tipo de temas: que la carne está muy cara, que el queso de la sierra ya no los hacen como antes, que la pura gente floja toma Nescafé, que el pan Bimbo lo come gente que se cree mucho y que anda un “nagudo” por la nopalera tentando a mujeres ajenas.

Abarrotes Peralta fue un espacio de conversación de los asuntos cotidianos y de alguna manera era el pulso del sentir de cuando menos de una buena parte la gente que vivía en el centro.

Un día llegó a la tienda Don Roberto, el “Piojo”, presumiendo la hazaña de la llegada del hombre a la Luna; ¡es un gran logro!, dijo, con un tono de sabelotodo.

Doña Soledad con una tranquilidad expresó: “gran invento el de la lavadora, a ver tú, ‘Piojo’, la llegada a la luna ¿en qué te beneficia?, en cambio con la lavadora, sí, trabaja menos tu señora”.

Don Roberto no encontró palabras para responder, inusual en aquel hombre que tenía la colección de la publicación Selecciones, asiduo lector de la revista Siempre y persona enterada de la polaca.

Con la compra de la lavadora en la segunda de Doña Prudencia y del Chiva Pelona, la vida le cambió a Soledad, quedaron atrás las lavadas a mano de aquellos pantalones grasos de su marido que le hacía a la mecánica y los uniformes de beisbolistas de sus hijos.

Era una chulada echar una lavadora y al mismo tiempo hacer un caldo de pescado, cosa que antes no se podía por estar pegada al lavadero, prenda por prenda, decía la vecina de calle 9.

La señora Soledad se transformaba al exponer sus razones, todo su cuerpo se ponía en armonía: la voz, el tono, la mirada, el manejo de sus manos, toda su humanidad era una perfecta congruencia que hasta al más incrédulo convencía.

Doña Soledad le tuvo aprecio a mi hermano Mario, fue tanta la química entre ambos que le decía que cuando a ella se le acabara el corrido la rociara de perfume en su lecho.

Pero lo que más apreciaba la gente de Soledad era su sentido del humor.

Con su carácter festivo se ganó la simpatía de los vecinos.

Soledad era campeona para gritar la lotería en casa de Doña Quirindo en calle nueve, punto de reunión para pasar un buen rato en aquellas tardes del puerto de Santa Rosalía.

A los personajes le cambiaba de nombre, para ella el ‘Catrín’ era el ‘Finito’ y ‘La Panzona’ era ‘La Araña’.

Cuando la suerte no estaba de su lado decía: “se lucen las cartas, no salen”.

Una mañana la suerte no estuvo de su lado, Soledad había fallecido.

No había manera de que Mario cumpliera la promesa, mi hermana intercedió para rociarla de perfume y Soledad partió perfumada a otros senderos.


José Peralta Montoya
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