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Evocaciones

De perdida y lamento - Juan Melgar

De pérdida y lamento

Por Juan Melgar.
Una valiosa aportación de Emilio Arce para “Evocaciones”

“Habrá que decirle adiós a nuestro lenguaje común, ese medio de expresión que los californios del desierto utilizaron durante siglos para comunicarse con sus pares, desde los rumbos de El Arco (cuando Guerrero Negro no pintaba en aquellos salitrales) Malarrimo, punta Eugenia y Natividad, hasta Migriño y el cabo Falso de Cabo San Lucas, donde la tierra se va a pique en el Pacífico. Habrá que decirle bye o ciao, y pueque hasta sayonara al slang chollero, dada la globalización que se dejó venir para acabar con las fronteras lingüísticas y –ya con la viada— arrasar parejo, sin dejar ni pa remedio aquellos bolsones culturales que habían resistido las embestidas de una modernidad chilanga que se dejaba oír apenas en la XEW, y se dejaba ver, de vez en cuando, en las películas del Indio Fernández, pero que se abrieron, fueron derrotados por la omnipresente tele con el Adal Ramones, los reality show, el tal Brozo y las telenovelas. La homogeneidad aquella, propiciada por el aislamiento geográfico, se habrá terminado en pocos años, con la Internet, que trae en el sobaco al chat, el tuiter y esas otras pendejuelas. Pronto, un viaje de los jóvenes sudcas a través del lenguaje rescatado por Los Huizapoles, el Tavo García, el Milo Arce y Juan Ramos, de entre los casi extintos rancheros y pescadores, será el viaje por un país desconocido.

Nadie sabrá que significa aquello de brotarle a alguien a los cabronazos en medio de la jugada de panguingue, de malilla, o de sentir una cierta armonía en la tabla del pescuezo, aquí asina, mira: entre la frezada y la aldilla.

A quién podrá importarle en Todos Santos o Santiago que se haya perdido el secreto para cocer el guarapo en los trapiches y cómo dar sabias paletadas en la artesa al melado para que la melcocha vaya poniéndose güera y a punto para el alfeñique y la panocha de gajo. Quién quedará en Cachanía para explicarles a los chamacos, cómo encaramarse en un funicular para viajar del tiro Williams en San Luciano a Calle Ancha, o cómo sobre los chutes de La Fundición descargaban el mineral los vagones del tren o los dompes que se dejaban venir con cobre, mate o manganeso desde Lucifer.

Cuántos chavalos de La Paz o de Punta Abreojos sabrán cómo se asa a las brasas, suavecito y tronador, un pechito con azotillos; quién cabrones va a decirles cómo se gobierna un chalupín de tronco o una panga celosa, con el puro canalete, desde el espejo de popa, sin chumaceras, o cómo se tiende sobre la mancha de sardinas la atarraya, o la piola con el robador de tres muertes, para agarrar carnada viva…”

El Viejo Chamán yaqui concluye su íntima perorata, su queja sentida, y se enjuaga el reseco gañote con un largo beso a la ambarina forjada. Los habituales en Los 7 Pilares le han seguido el discurso con miradas húmedas de conmiseración y solidaridad, pero no muy convencidos de que el anciano ande en sus trece.

“No podemos andar cargando el pasado como fardo” –pensarán algunos—. “Las costumbres, las tradiciones y el habla característica que las define y nombra, se van perdiendo en los callejones del presente, cuando no en las supercarreteras de la red internacional. Hay que saber decirles adiós” –supondrán otros.

Bye, ciao, sayonara, auf wiedersehen… Viva la aldea global. Sí señor. Sí pues.



Juan Melgar
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