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De monumentos, estatuas - Miguel Angel Aviles

De monumentos, estatuas y puede que esculturas

Cuando se decide hacer una estatua, lo menos que se le debe exigir al artista que se contrate, es que el encargo se parezca al homenajeado.
Es fundamental y debería establecerse en el contrato que se firme con el escultor y si acaso no lo logra, que devuelva las entradas.
Y es que el personaje que se quiere inmortalizar, merece respecto y la garantía de quien lo vea, sepa de inmediato quién es y no lo ande confundiendo con alguna otra persona.

Si ya les dio a los legisladores por hacer leyes para todo, sobre el particular deberían hacer una.

De lo contrario, seguirá pasando lo que a la fecha y no habrá sanción ni consecuencia contra , quienes teniendo, ahora si literalmente en sus manos ,ese encargo, terminan por levantar una imagen que se parece a cualquiera otro, menos al original que se quiere perpetuar.
No se trata de regatear los logros que muchos escultores han logrado y que, una vez vista la estatua terminada, no queda más que cuadrarse ante el parecido que se consiguió entre figura y modelo.

En otros trabajos, sin embargo, uno ve el resultado y llegamos a suponer que, para cumplir la encomienda, se recurrió al concepto de arte abstracto o no figurativo y ante tal libertad, no habría nada que reclamarle pues cada quien lo habrá de interpretar como así le de la gana.
Pero no es lo mismo en los casos que les digo. El artista se esforzó al máximo para dejarlo idéntico o de plano le valió madre conseguir ese objetivo y aquello que observamos, no tiene pies ni cabeza o nunca sabemos a ciencia cierta quién demonios es.

En todas partes los habrán tenido y Sonora no es la excepción. Ocurre así que, en Magdalena, hay una estatua de Luis Donando Colosio, pero si usted la ve, supone que también se trata de Rafael Inclán o un velador del pueblo que los salvó de algo y con esa imagen lo eternizaron.

En Hermosillo sobran los botones de la muestra: en el mero centro de la plaza principal de la Universidad de Sonora, se honró merecidamente a la maestra Emiliana de Zubeldía pero un visitante despistado jurará que, en la capital sonorense, se erige una estatua del maestro Juan José Arreola.

A quien me parece que también le han faltado mucho el respeto es al pobre benemérito, por más que quieran colocarlo por aquí y por allá, como si fuera una planta que se estuviera reproduciendo. No solo lo cargan de lado a lado por una ciudad y otra-sobre todo en Hermosillo que a cada rato lo cambian de lugar -sino que además lo atavían con cierto ropaje que, en algunas ocasiones , se nos figura a fulano o a mengano pero nunca a Don Benito Juárez, por más que le unten su cabello en su cráneo y lo peinen con impecable esmero, como si nuestro insigne zapoteco hubiera andado día y noche con su cabeza obsesivamente envaselinada.

Es cierto, abajito de él está una plaquita con su nombre, pero si a un despistado eso le pasa de noche y solo ve de reojo ese bulto negro , de traje y de levita , a veces como de talla XL, con toda razón puede pensar que es Drácula o Enrique Álvarez Feliz, el hijo de la deslumbrante actriz mexicana.

Eso termina por ser un riesgo en perjuicio del esculpido pues, frente a tal osadía, a lo mejor la gente si sabe de quién se trata, pero terminan llamándole de acuerdo a lo que se les asemeja. Al respecto, la ciudad de Nogales quizá tenga la figura más emblemática.

Es una escultura que, para variar, se encuentra a un costado de la de Benito Juárez. Ambas son importantes para este Municipio, pero la que flanquea al Oaxaqueño, es un hombre yaqui desnudo que tiene una lanza entre sus manos que atraviesa a un ave que es mitad toro y mitad murciélago. El simbolismo de la estatua es que el hombre trata de luchar contra la ignorancia y la opresión, así como contra las fuerzas retrógradas y el oscurantismo.

Todo eso significa o más, vaya usted a saber, pero esta obra, de la autoría del valenciano Alfredo Just, y que fue instalada en 1962, es conocida como el Mono Bichi y me temo que así se le identificará irremediablemente por siempre.

Incluso hasta un corrido tiene y una estrofa reza así: “Por cierto no trae calzones/mucho menos pantalones/y las chicas que lo miran/hasta empiezan a toser.

La situación se complica más cuando se suman en la escultura la rareza sobre la que ya hablamos, el descuido y las manita de gato al ahí se va. Hay varios en ese estado (otras estatuas ni tan siquiera se sabe dónde están) y un ejemplo de ello es el busto del General Ignacio Zaragoza, colocado no hace mucho, en el camellón del Boulevard Hidalgo y Comonfort pero no contaba con placa que lo identifique como personaje histórico.

Además, entenderé que algún acomedido, aunque poco experimentado restaurador(o carrocero, ya no sé), quiso darle un retoque pero para mala suerte del caudillo en la batalla de Puebla, parece no haber prevalecido en aquel ningún criterio histórico, científicos ni mucho menos artístico al momento erigirla. El resultado es una figura pintada de un color oro viejo chillante y fosforescente, que se asemeja mucho a Ultraman.

Al que sí de plano merecería pedírsele disculpas es a mi tocayo Don Miguel Hidalgo y Costilla que se encuentra ubicado sobre una enorme base que pareciera estar en zancos, ahí en la calle Obregón, precisamente a unos metros del Instituto Sonorense de Cultura. Es verdad que, pese a no tener ningún letrerito, uno sabe que ese señor que está ahí es el padre de la patria porque así nos lo han dicho y cada mes de septiembre se le hace guardia de honor por parte de quienes ahora se encargan de madrear a la patria. Pero si se le observa con detenimiento, con esa levita negra y alzacuellos, delgado, alto, calvo pero con mechones laterales de cabello cano, fácilmente pudiéramos asegurar también que se trata del desaparecido actor Juan Peláez, enfundado en un bata y recién salido del baño.

Solo falta que, como en Nogales, a este le empiecen a decir el mono bañador, o cosas de esas.
Y con el pinchi calorón que hace en Hermosillo, se me hace que dicho mote sonaría más representativo y más creíble.


Miguel Ángel Avilés Castro
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