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Evocaciones

De dos a tres leidas sin limite de texto - Miguel Angel Aviles Castro

De dos a tres leídas, sin límite de texto

I
Í

Cuando llegaban los álbumes de estampitas y casi nadie los podíamos llenar porque te faltaba la difícil, y, cuando por fin lo lograbas, lo canjeabas por una pelota de plástico o una pistola de dardos de hule o una máscara corriente de luchador o un juego de azar; que más daba, si ése era el chiste: triunfar sobre el otro que aún no podía llenarlo, porque no le salía la difícil. Estafa comercial bien arreglada, que hacía su agosto junto con el dueño del changarro donde las vendieran. Por eso todos los niños, las niñas casi no, traían las bolsas del pantalón llenas de estampitas, que apenas cabían porque estaban compre y compre. A lo mucho, con las que comprabas llenabas algunas páginas, pero ese era plan con maña, porque te ilusionaban pensando que estaba cerca el acompletamiento de todas las páginas, y a los días te dabas cuenta del engaño vil. Te quedabas con las ganas de canjear tu álbum por algo, así fuera de mala calidad; pero, mientras eso pasaba, ahí andabas con los demás concursantes intercambiando estampitas o jugando a ver quién le quitaba más al otro, nomás que no te fueran a hacer matatuza; eso era lo peor y lo que más te enfurecía: si tú tenías el montón en la mano, otro podía llegar, arrebatártelas al grito de ¡matatuza! y correr lo más lejos posible, dejándote perplejo y encabronadísimo por la afrenta que te acababa de hacer, aunque al día siguiente ya anduvieran como hermanitos, pero disputándose con uñas y dientes la difícil; hasta que de pronto, esas estampitas dejaban de salir, y ahí tienes que te quedabas chiflando en la loma con el álbum a medio llenar; pero no escarmentabas, porque a los pocos días empezaba a circular uno nuevo, y, de inmediato, a comprar tu ejemplar. Lo que te sobraba lo comprabas de estampitas. En tu casa te advertían que era la última vez que te daban para comprar esos mentados álbumes, que eran un robo descarado, que no tenía fin ni saliéndote la difícil.

Del libro Estar y No. Juegos de la Memoria.
II

Pasé por el Joseloco y nos fuimos a la lucha. Un taxi y ya estábamos afuerita del Deportivo Corona abasteciéndonos de chicharrones con chile y semillas de calabaza, porque adentro la doña cuerpo de azucarera las vendía más caras y nos las daba rancias.

El Joseloco quería quedarse un rato afuera para ver cuando llegara “el Santo” y “el Rayo de Jalisco” y tocarle la espalda y entrar con él a la arena, pero lo mandé a la gaver y tuvo que seguirme.
En cuanto nos sentamos, el José luego luego empezó con sus manías. Arqueaba la cabeza dos veces seguidas hacia su hombro izquierdo al tiempo que se mordía la lengua y enchuecaba la cara. Ya le iba a meter un codazo, pero lo dejé y mejor le empecé a contar la chinga que le había pegado “el copetes Guajardo” al “Gran Hamada” la semana anterior. Yo no había venido, a mí me lo habían contado el Chema y Rafael, pero el José ni en cuenta, pensó que sí lo vi, abrió los ojos grandes y pegó dos movidas de cabeza rápido, justo cuando le decía que “el Copetes Guajardo”, ¡así!, y pegaba yo el tallón en el aire, le había rajado la frente al “Gran Hamada” con una corcholata de pepsi y le había estrellado las patas contra la lámpara que estaba arriba del ring.

En eso estaba yo cuando el José me dejó hablando solo y gritó: “¡Míra, el Te…” y ya no oí lo último pero salió corriendo hasta la alambrada de protección que separaba a ring side de galería, se la brincó y desde allá abajo me gritaba ¡Es “el Temerario Negro”! ¡es “el Temerario Negro”! y con la mano me pedía que fuera, y lo iba a hacer cuando vi que un policía lo traía a empujones para que se regresara a las gradas; ni cuenta se dio cuando llegaron los rudos “Ray Mendoza” y “César, el Guerrillero Valentino”, los rivales del “Enmascarado de Plata” y “el Rayo”.

El Deportivo Corona era una arena chica, pero se veía un chingo de gente cuando estaba llena y por eso le dije al José que se sentara, que ya iba a empezar; me hizo caso y presumiéndome me puso en la cara un volante de mano con unos garabatos y salió con que se lo había firmado “el Temerario Negro”; y sí se lo creí porque estaba embarrado de chile y es que “el Temerario”, mientras le tocaba el turno de salir a luchar, vendía sabritas y sodas, por eso todos lo conocíamos como “el Sabritero”, pero era bueno para luchar: se aventaba una patadas voladoras de este tamaño y ni máscara traía, nomás su pelo rizado como Laureano Brizuela y un calzón negro, ya viejo, que le quedaba apretado y se le miraban unos güevotes, lo bueno que nunca luchó contra “el Bello Greco” y “Sergio el Hermoso” porque se los hubieran agarrado todos los cabrones, y es que la hacían de jotos pero eran bien culeros: Me acuerdo una vez que entre los dos se fregaron al “Químico”; le rompieron su máscara rosa y el réferi se hacía el pendejo, hasta que “el Tinieblas” se metió y los rindieron a los dos con una quebradora en todo lo alto, que coronaron con un fuerte sentón de los exóticos en las rodillas de los técnicos.

Esa vez yo había ido con el Martín Gordo porque me disparaba la entrada. La lucha estelar era de relevos: “Tinieblas” y “el Químico” VS. “el Bello Greco” y “Sergio el Hermoso”. Cuando los empezaron a anunciar por las calles y en la tele, no les creí mucho porque en una ocasión también anunciaron al “Dr. Wagner” y al “Ángel Blanco” y a la mera hora salieron con que los dejó el avión y en su lugar subieron “el Astucia I” y “el Astucia II”, dos prietos bien mamones que se creían mucho y no dejaban que ni les tocaran las máscaras, y ¿para qué?, para nada, porque a los días leí en el Combates de Lucha Libre que las habían perdido en la Arena Naucalpan del Estado de México resultando ser viejos conocidos del cuadrilátero que andaban estafando promotores con otro nombre.
En eso estaba contándole al José, cuando apagaron las luces y al rato salió “el Bombero” del vestidor para enfrentarse al “Indio Guaycura”; igual de malos los dos, pero le íbamos al “Bombero”, porque era técnico y traía una botarga roja bien bonita. “El Bombero” era policía y sus más duras batallas las había tenido precisamente en ese empleo: una vez se cayó de la patrulla, en otra le habían partido la cabeza con sus propias esposas y la última vez se le fugó un borracho, no sin antes estrellar en la espalda del bombero la ‘pachita’ que portaba. “El Indio Guaycura” ya estaba viejo, se parecía a don Miguel Hidalgo, ese señor que gritó la independencia, por eso “el Bombero” lo venció en un dos por tres y el Joseloco me dio sus chicharrones porque se enchiló y con más ganas enchuecó la cabeza y empezamos a chiflar para que salieran los otros, y no me acordaba, pero pegué un grito y corrí a verlo de cerca cuando abrieron la puerta del vestidor; era el esteta Jorge Ortiz, un albañil güero de pelo quemado por el sol que usaba un traje verde brillante al que las chamacas le pedían autógrafos y se portaba de aquéllas con todos los niños; creí que así era siempre, pero una vez lo vi trepado en un andamio echando un colado y no me saludó; pero no le hace, yo le iba a él porque “Gory” Casanova Jr. un día le había quitado la máscara al “Estrella Fantasma”, otro cachirul, como “los Astucias” que, en el Estado de Guerrero, su tierra natal, era soldado y acá nos venía a cuentear y luchaba con tapa y desde entonces le fui a Jorge Ortiz porque hacía muchas piruetas y se aventaba de la tercera cuerda para atrás, fue él al que vi por primera vez en un tope suicida y “el Gory” Casanova ya no se levantó, le contaron veinte, y a Jorge Ortiz la raza lo subió en hombros; fue cuando aprovechamos el Joseloco y yo para meternos a ring side y me dijo: sigue la del “Sabritero” contra “el Pilo García” y ahí vienen, ¡ahí vienen!… “El Pilo” subió primero. “Aquí está su ídolo, aquí está su ídolo”, gritaba y se pegaba en el pecho como Tarzán y reía engreído. Pero le cayó “el Sabritero”, vino el sorpresivo descontón, el réferi quiso calmar los ánimos y revisó las suelas. Nada. El silbatazo se oyó. “El Pilo” es la pura maldad. El deportivo trina en su contra. “El Sabritero” lo tira contra las cuerdas. “El Pilo” rebota. El Joseloco acelera sus manías. El réferi se alía con el rudo. “El Sabritero” alborota al público: “¡Chíngatelo!, ¡¡chíngatelo!!”. Una patada voladora y otra. “El Pilo” y el réferi se enroscan contra “el Sabritero” y sale del ring por debajo de la primera cuerda. Es el momento: “el Pilo” se alista para el tope suicida, agarra vuelo, recula y quiere impulsarse con la tercera cuerda; la cuerda se suelta y “el Pilo” se despeña, cae en seco sobre su nuca, se interrumpe la fantasía, saltan los médicos, los de adeveras, la camilla se lleva al “Pilo”. “el Sabritero” reinicia sus ventas tan pronto le alzan la mano: “Ganadooooor de esta lucha…” y el Joseloco dice: “Así qué chiste”, y corre a trote al ritmo de la camilla, viene la buena, la del Santo, “¡Santo! ¡Santo” y las luces se apagan, tardan, todos ven hacia el vestidor, a ese lugar siempre quise colarme para ver a los luchadores sin máscara. Mi hermano, que era policía, sí pudo y me presumía que había visto a “Aníbal” cuando se estaba bañando y me contaba que estaba pelón, y sí es cierto porque cuando lo desenmascararon así estaba, y ahorita ha de estar más porque ya se murió, casi ya todos se murieron: la gracia ya se murió, el espectáculo ya se murió, la fantasía ya se murió, la ilusión ya se murió, “el Ángel Blanco” ya se murió, “Blue Demon” ya se murió: pero mi hermano no y también me contó que “el Halcón Dorado II” era su amigo y colega y un día lo llevó a la casa, nomás movió una ceja apuntándolo y yo ni la despisté: empecé a meter la cuchara y de volada se fue y no sé si ya murió. Pero “el Santo” sí, y esa noche lo vi luchar. Ese día lo pasearon en un convertible rojo por toda la calle Bravo, le ondeaba la capa y lo correteábamos todos y en la noche fuimos a verlo, pasé por el Joseloco, nos fuimos a las luchas y llegó la estelar: “¡Santo! ¡Santo!” y le hicimos valla y todos lo tocaban, lo tuve bien cerquita: máscara plateada, enjuto sus huesos, sus brazos ya marchitos. “Santo, santo: eres mi ídolo” le confesé como para mí, como para él, como para el mundo, y le pegué unas palmaditas en el hombro: “¡Quítate!” replicó con todo el desencanto y me fui a sentar con el Joseloco y silbó el comisionado y el Joseloco aceleró sus costumbres y zarandeaba la cabeza más rápido: “¡Santo! ¡Santo!”. Yo para entonces ya andaba con los rudos por puro despecho y “el Ray Mendoza” le atizaba al “Santo” y me da gusto y me sumo a la rechifla y acerco una silla al “Guerrillero Valentino” y viene una caída para los técnicos, otra para los rudos y pitan para la decisiva, “el Rayo” ya trae la tapa rota, pero ni quién supiera en ese entonces que tras de sí se escondía Max Linares, y “el Santo” se pendulaba en el aire con sus topes y los cuatro ya están bragados en el centro del ring, “el Ray” le mete un patín en los güevos al “Rayo” y “el Santo” ni en cuenta y se avienta por arriba de “César Valentino”, el Joseloco tuerce su lengua, y todos piden, “el Santo” cumple, la de a caballos lo salva como siempre, se tensa la espalda del Guerrillero y dice: “¡bueno!, ¡bueno!, ¡bueno!”, y el réferi salta, y todos saltamos y el Joseloco salta y el Deportivo Corona se subleva, la gente entiende: la lucha ha terminado. Dejo mi bolsa de chicharrones en la silla, avanzamos; el Joseloco quería colarse al vestidor y yo lo mandé a la gaver y mejor nos fuimos saliendo ya cuando apagaban las luces, ya cuando se iba la noche…

*Del libro Ingratos Ojos Míos.


Miguel Ángel Avilés Castro
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