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El corral viejo - Cecilio - Emilio Arce

Cecilio

Del libro “El Corral Viejo” de Emilio Arce
Cecilio

A lo lejos, bajo las estrellas, entre los cerros, se escucha el eco del reclamo de amores y desamores, confundiéndose con el aullido de los coyotes…

“Toma Elisa el puñal y traspasa
éste pecho que amaste primero
tú bien sabes que te amo y te quiero
y por ti voy a ser infeliz”

La fiesta está en su apogeo y en orden aparente. Los tragos corren generosamente entre cantos, arpegios, y gritos de alegría, sobre todo cuando la frase de alguna canción es afortunada y llega al mero tuétano del que la escucha, más si éste trae un que otro alipuz entre ombligo y rabadilla, le surge ese grito-lamento que generado en las fibras más íntimas de su sentimiento, sube como eructo hasta sus cuerdas vocales, de donde sale disparado como flecha, agudo como dardo, se estampa en el viento y rebota en el ánimo de la concurrencia, que hace eco con gritos y sentimientos similares, clonados en un sonoro estallido que si no lo sueltan también se ahogan: ¡Ayayáy!

“Estos ojos que amar no sabían
ahora lloran con triste amargura
eres bella eres buena eres pura
eres dueña de todo mi amor”

Es en ese entonces cuando, a manera de complicidad, como diciendo yo también voy, el que se encarga de rascarle las cuerdas al requinto saca a relucir sus mejores escalas y le da dos vueltas completas al diapasón, la primera como enjuague y la segunda por si acaso le quedó algo de jabón al traste, para continuar lavando y exorcizando penas, picándole los ijares a las cuerdas con la espuela de carey, -¡chillen, bonitas!- sacando a orear el alma de la guitarra alcahueta, que gime en las armonías de la melodía, inhumando el insomnio.

“Yo las noches las paso velando
porque el sueño a mis ojos no viene
y si viene al llegar se detiene
porque tú no me quieres a mi”

Pero todas las estaciones tienen sus bemoles, y cada corazón su partitura, como alguna vez dijo el poeta Lizardi, y al modo cochi, igual que en cualquier otra parte, nunca falta aquel que quiera deshacerse de tanto sentimiento reprimido, y so pretexto de “quítame estas pajas” trabe pleito con alguien que por lo regular resulta ser la horma de su huarache. Sin muchos aspavientos, pa’ no mortificar al viejerío, se dan cita silenciosa en el corral, en el llano, o en algún revolcadero de liebre. Inmediatamente, como por arte de magia, aparece un pinchi acomedido que con un pie traza un círculo en el suelo de entre seis y siete metros de diámetro -dependiendo del coliseo y de qué tan pedo ande el que pinta la raya, porque eso tiene mucho que ver-, al cual se introducen los gladiadores a liberar lo que traigan de mal humor y empiecen a fajarse a los cabronazos en una especie de “box tail”, donde se vale casi de todo: patadas, puñetes, algo de lucha libre, y las dos únicas reglas son: primera no hacer chanchuy, y segunda, el que se salga del ruedo pierde. Ah, y los mirones son de palo. Obviamente que no les está permitido utilizar algún tipo de arma; hacerlo equivaldría precisamente a quebrantar la regla número uno, o sea, la de no hacer chanchuy.

“Bajaré silencioso a mi tumba
a buscar el perdido sosiego
de rodillas, Elisa te ruego
que siquiera te acuerdes de mí…”

Eso es en lo referente a lidiar como los hombres, a puño limpio, sanamente, ya que hay otro tipo de rijoso: el fastidioso que cree que todos le tienen miedo o le deben algo, y al punto borracho anda tan enfadoso y mienta madres, que ni canta ni baila ni deja bailar; de esos que empiezan a “facetiar”,verbo regular de raíz choyera que viene del latín se cree muy chingón, hasta que los demás no lo soportan y ya muy enfadados, no les queda mas remedio que amarrarlo del mezquite mas próximo a la salida del lugar. Es la clásica costumbre que se hizo ley. De esta forma se han evitado muchos derramamientos de sangre, y por supuesto, pasada la euforia del trago, a la mera desamarrada, se escucha la frase “sin rencores, mi amigo” con sus mínimas excepciones y asegunes, y es aceptada casi sin recelos. Pasan dos cosas: o aprenden la lección y entienden que las fiestas son para divertirse, o por pena no vuelven al lugar en por lo menos dos fiestas, equivalente a la pena máxima o tarjeta roja.

“Las caricias que tú me enseñaste
en la escuela aprendí sin cesar
los desprecios que a mi amor le hiciste
nunca nunca los he de olvidar…”

Uno de los alegadores aguafiestas que seguido probaba la fuerza de los amarres, era mi primo Cecilio Castro, hijo de mi tía Pancha del rancho El Paisano, ubicado casi al filo de la mesa de Tepentú. Actualmente, el Paisano es un ruinoso paraje del que solo queda la magnífica construcción de dos recámaras de piedra bajo el gigantesco laurel de la India, ya que desde que se empezaron a sobre explotar los mantos acuíferos del Valle de Santo Domingo, en las altas mesetas de La Giganta se empezó a resentir un grave desabasto de agua producto de la caída del nivel de los mantos, y los habitantes de la zona tuvieron que emigrar, no sin antes buscar por todos los medios a su modesto alcance, alguna vena de agua para sobrevivir, cosa que algunos jamás encontraron .

Hoy, varios de esos antiguos moradores del Paisano sobreviven, por decirlo así, trabajando como jornaleros en Constitución y otros trabajando como peones en los escasos ranchos ganaderos que aun se mantienen en pie, chambeando como machos rentados, de gallo a grillo por un salario mínimo, o el oficio de los olvidados; hacer carbón.

Hablábamos de Cecilio, que con mas aventuras en su haber que el mismísimo tío Venancio, su ídolo, este chapito, mas bravo que un torete mesteño, orejano y sin vacunar, era un verdadero Tigre Toño, como el popular corrido El Tigre y el Mapache lo describe. Pero esa es otra historia. Eso sí, sintiéndose mas fuerte que un carro de los guachos, según él, resulta que una noche, después de andar facetiando durante casi toda la fiesta, ya que el alcohol le tocó el cerebro desde muy temprana hora, le llenó el saco de piedritas a la palomilla y luego de consensarlo entre ellos, fue lazado y atado a la burrera de un foringón V-8, color azul cielo pintado a brocha, propiedad de Lupe Castro, también primo de nosotros, dueño del rancho “El Mezquitón” y ahí se estuvo amarrado hasta quedar dompeado, cuan vil angelito.

Esa madrugada, el Lupe, ya medio pisteadón, sin decir agua va, se encaramó, prendió y reculó el carro con la intención de salir al rancho “La Cueva”, a traer mas de beber, cuando de pronto, ágilmente, cual hombre araña versión choyera y con unos ojos de plato, espantados como de toro apaleado, Cecilio cayó de un salto sobre el cofre del troque, de un brinco felino, digno de los mejores tiempos del Maromero Páez, ¡atado aún a la burrera del V-8!, sacándole con esto, un gran susto a Lupe Castro quien, en medio de su borrachera, exclamó, al tiempo que metía la manella y soltaba la carcajada: -¡El que no anda crudo, le dicen!- Y con la misma metió el cloch, la primera, sacó el cloch de golpe y arrancó lijando con todo y la garrita de carga maniatada sobre el cofre del foringón, que se alejó dando tumbos, enfilando hacia la escabrosa subida de la poza del junco, para luego perderse en la espesura de la noche, por el camino pedregoso entre cactus y breñales, dejando ver ocasionalmente el resplandor del único foco del V-8 proyectado hacia el infinito… y mas allá, mientras Lupe pensaba lleno de risa: ¡Qué hombre tan reliviano!

“Una sola mirada te di
cuando estabas junto a mi rival
yo veneno deseaba vertido
y en tu pecho clavar un puñal”


Emilio Arce Castro
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