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rock y ruckeros - Arturo Meza

Rock y Ruckeros 2

Los Beatles nos habían dejado colgados de Let it be y en La Paz el ambiente de la música era más variado, sobre todo, había una estación de radio sui géneris, después constataría que era única en su manera de ordenar su programación, muy diferente a las estaciones de la contracosta que dominaban en el norte de la media península: la NT de Don Francisco King.
 
Fue la educadora musical de por lo menos dos generaciones. Casi sin comerciales, después de un hatillo de una hora de música instrumental, mezclada con versiones populares de arias y sinfonías, de pronto aparecía “la hora correcta” a cargo de “Tecate” en la voz del Sr. King, una voz, también, muy singular, aguardentosa, grave y profunda. Nos echamos, en la NT todo el catálogo de las rolas clásicas y semiclásicas de Percy Faith, Paul Muriat, Mantovani, Ray Coniff, de grandes orquestas, así como las rolas inolvidables de las guitarras hawaianas de los Farina, Santo y Johnny. Con la NT pudimos identificar las sinfonías de las caricaturas, los fragmentos que aparecían en series como la del Llanero Solitario, la música de Rimski Korsakoff identificada como El Vuelo del abejorro o música que acompañaba a las entradas de las series de TV como Hawai 5 0 o Misión Imposible, además de música de películas clásicas como Zorba, el Griego; Puente sobre el Río Kwai o los 7 Magníficos, El bueno, el malo y el feo, etc.
 
Por las noches, de 8 a 9, la NT tenía un programa rockero “Música de cabellos largos” que los paceños escuchaban maleconeando y con esto se cerraba nuestra educación musical a cargo de Don Pancho King. Otra parte, la culta, se la debemos a Don Paquito Arámburo, que de vez en cuando visitábamos para que nos explicara Las Estaciones de Vivaldi o el Bolero de Ravel.
 
Por otro lado, compañeros avanzados en sus gustos rockeros que viajaban a los USA nos presumían la revista Rolling Stone –in english- y desde luego aquellos discazos de portada, cada vez, más artística que empezaron a salir en los setentas tirando a los ochenta. La del cañón de ACDC, el “Hunky Dory” de David Bowie, el de “Exile on Main Street” de los Rolling Stone, el paisaje del “Nebraska” de Bruce Springsteen, el del zepelín a punto de estallar en llamas de Led Zepelin, el “Horses” una fotografía clásica de Patti Smith, el “God save the queen” que trae a la eterna Reyna Isabel con la boca y ojos cubiertos, de Sex Pistol y tantos otros que no se pueden dejar de mencionar como el de Sargento Pimienta y Revolver de los Beatles, o la vaca –simplemente una vaca- del disco “Atom heart mother” de Pink Floyd. A veces parecía que el diseño de la portada tenía más importancia que la música. Cuando el cassette y el CD suplieron el disco de 45 de vinyl, la magia de las portadas se esfumó.
 
En aquellos tiempos, empezábamos a escuchar lo que se tocó en el Festival de Woodstock en el 69 que abrió la puerta a las grandes concentraciones de jóvenes con el fin de escuchar rock, gracias a equipos de sonido gigantescos, potentes guitarras eléctricas y toda la instrumentación rockera. Dicen que fueron cerca de 400 mil asistentes a tres días de peace and music, manifestaciones contra la guerra de Viet Nam, amor libre, contracultura y mucha mota. Estuvieron entre otros, The Who, Jefferson Airplane, Joe Cocker, Ravi Shankar, Joan Báez, Johnny Winter, Crosby, Still, Nash, and Young, Credence; Hendrix cerró tocando con su guitarra el himno nacional gringo.
 
El Mauricio y el Sergio Bautista, el Alberto Vargas, el Daniel Tuchmann y otros compañeros se consideraba –entre la palomilla- los más avanzados, además sabían inglés y viajaban a los USA, con ellos escuchamos a grupos entonces desconocidos y cantantes de culto como Tom Waits, Leonard Cohen, Van Morrison y Joni Mitchel. Eran quienes nos trajeron el rock progresivo de Jethro Tull y Emerson, Lake and Palmer.
 
Por nuestra parte, fatigamos, noche tras noche, el primer disco de Paul Mcartney y los Wings –Uncle Albert, Band on the run, silly love song- en el estéreo del Chile Güero, el carro del Víctor Piñeda que aguantaba, además de preparatorianos pretenciosos, hasta las rolitas ñoñas de los Bee Gees antes de que cantaran como Cepillín.
 
Dos años después –en 1971- tuvimos nuestro Woodstock en Avándaro, Estado de México. Con el pretexto de unas carreras de automóviles se juntó tanta palomilla –jipitecas- a escuchar rock mexicano que se desbordó de tal manera que se suspendió la carrera pero no el rock, participaron: Dug Dugs, El Ritual, Bandido, Peace and love, Tequila, Los Yaki y muchos otros grupos. Fue un escándalo, las buenas conciencias reprobaron con dedos flamígeros el baile, la música, dos o tres chichis de fuera y uno que otro pasado. El gobierno, a partir de Avándaro reprimió la música de rock, se suspendieron los festivales, ningún grupo extranjero se paró en México en esa época, el rock en vivo se convirtió en clandestino.
 
Cuando llegamos a México encontramos un paisaje maravilloso de radio de lo más variada, en primer lugar la WFM –“Música para sensibilidades cósmicas” “…para mentalidades más allá de la órbita terrestre”- según la grave voz del locutor Mario Vargas. Había muy buenos programas tanto en Radio Educación y Radio Universidad y en el rock populachero, las canciones de moda en La Pantera, radio que contenía la banda sonora de las noches sin dormir un día antes de examen cargados de toneladas de café Legal. Otras radios del DF tenían programas donde ponían a competir a los Beatles contra los Rollings o Led Zepelin contra Pink Floyd o los ACDC contra Alice Cooper durante una hora con teléfono abierto y la gente abarrotaba las líneas para votar por sus favoritos pero no había rock en vivo, solo en los Hoyos Fonki una invención chilanga para burlar a las autoridades. Pero esa es otra historia.
 

Arturo Meza
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