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Infancia - Miguel Angel Aviles

Mis animales y yo

En mi infancia siempre estuvieron presentes los animales silvestres y domésticos .

Sobre los primeros me refiero a las vacas, a los caballos ,a los borregos a, las chivas y desde luego a los que se atravesaban en el monte, en una vereda ,en la carretera o en un camino vecinal, cuando íbamos al rancho donde nació mi madre o al estar ahí de donde algún modo vengo porque son mi punto de sangre y mis orígenes .

En cuanto a los segundos están las gallinas , los guajolotes , los patos , los galápagos que se enterraban por semanas muy cerca del lavadero , los perros , unos pájaros en cautiverio, y por supuesto los gatos.

Los refiero como domésticos por querer decir que era los que yo desde niño vi en mi casa pues si bien ahora no es de mi agrado el ver enjaulados a un güirigo , dos calandrias pecho amarillo, o a un cenzontle, de haberlos tratado de liberar en aquel entonces, no solo no hubiera podido frente a la oposición de mi madre sino que hubiera terminado encerrado en un cuarto igual que ellos por andar emulando a mi tío Jesús quien un día pagó el precio que costaban unos pericos del amor y frente a los ojos del pajarero los echó a volar, nomás de puro gusto.

Lo que si era de mi agrado era pasar esas vacaciones en el rancho desde siempre hasta ya de grande y disfrutar de las viandas de borrego o chivo frito, luego de que este había sido sacrificado por algunos de mis primos, por órdenes de mi padrino, es decir, su padre ,para complacer a su comadre y desde luego a su ahijado.

También era de mi agrado aún que no lo recordaba pero me lo contaron, él pasear a caballo durante toda una mañana en tanto no me diera sueño y el niño se quedara dormido en ancas del animal o en brazos del jinete en turno.

En casa no era tan distinto , pues si bien no me daba por montar un perro o un guajolote o un cochi, si los tuve muy de cerca ,algunos para hacerles una caricia , otros para verlos crecer,alimentarlos y después presenciar su muerte por culpa del matancero o de las propias manos de mi madre quien ,aparentemente despiadada o indolente cuál el más frío ejecutor de un cartel, nunca perdió el ingenio si se trataba de resolver la alimentada o el darle de comer a cinco hijos.

Tranquilos : según nuestras costumbres e idiosincrasia, nos quedaba muy claro que animales se comían y cuáles no. De eso ya les he contado aquí o hemos podido narrar en otro espacio. No me vengan ahora con que tengo tal o cuál extravagancia desde entonces y nos daba por zamparnos en mole o en adobo cada mascota que tuviéramos.

Cero por chapucero. Esas eran intocables. “El Cual” o “El Capullo” pueden ser testigo desde el más allá de que tanto los amamos y como es que murieron de viejos y no empapelados como Jurel sobre unas brazas o en albóndigas.

Con los gatos ni se diga. Esos eran sagrados como lo es hasta la fecha mi madre . Y es que entre ella y ellos había una comunión, un pacto secreto o un contrato que a la fecha resulta inexplicable. Era como quererse mucho o quererse siempre, pero dejando algún secreto para cuándo no estuvieran.

A veces pienso que mi madre siempre amó al mismo gato pero con diferente nombre . Insisto : entre ellos había un pacto secreto que no acaba. Si los últimos que tuvo hasta ese marzo de 2013, se llamaban Mayo y Junio era porque ese nombre le tocaba al único gato que tuvo. Así fue y casi estoy seguro , pues no faltará el que diga que el trece, el tres o los propios gatos son de mala suerte.

Para nada. Al contrario. Aunque yo no lo haya sabido, estos animalitos traen la vida y lo que todos hemos sido. Nos representan. Viven para significarnos y saber el nombre de quién amamos. Por eso los gatos no están en peligro de extinción aunque se reproduzcan, crezcan y muerdan como La Mystery de quién ya también les he contado y un día se fue dejando semiviudo al macho o El Pushi que hace unos meses llegó a esta casa y hoy lo amo como ame a mi madre o como haciéndome a la idea de que una voz, en ese ronroneo, se hace presente.


Miguel Ángel Avilés Castro
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