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Los cronistas - Miguel Angel Aviles Castro

Los cronistas, esos otros, Cornelio Reyna y la caída libre de los cuerpos

Hay cronistas que no se percatan que lo son pero saben contar y departen bellas historias.

Digamos que gracias a ellos hay pasados de la ciudad que no se olvidan del todo y de vez en cuando las traen a colación, en apariencia sin afán alguno, acaso nomás para acarrear un recuerdo en una reunión familiar, en un carne asada, en una borrachera sabatina, a la hora del café, sin darse cuenta de la importancia que tiene el difundir esos conocimientos y lo mucho que dejan con ello a las nuevas generaciones.

Pero lo hacen y hay que aprovecharlos. Claro, para que eso suceda y nos toque escucharlos, también es importante poner de nuestra parte. Quesque por viejos o por hablar únicamente del pasado, a veces se suele apartarse de quien está ahí sentado junto a la hornilla o meciéndose en la poltrona frente a nosotros o en una fonda o al volante de un taxi o porque otra vez está contando algo de lo que se vivió en su tiempo. Es tu decisión y puedes irte cuando inicie con sus recuerdos, pero allá tú si quieres perderte de esa conversada y la reconstrucción de hechos que te haga nomás a punta de memoria.

Un ejemplo: como me habría de enterar yo que hace algunos años , una secundaria de por acá, contaba con un profe de la materia de física que para explicar el tema de la caída libre de los cuerpos, retomaba la canción “Me caí de la Nube” como material didáctico y seducía a sus alumnos cuando, antes de decirle que cada cuerpo que cae libremente tiene una trayectoria vertical o que la caída de los cuerpos es un movimiento uniformemente acelerado o que todos los cuerpos caen con la misma aceleración, mejor les citaba a Cornelio Reyna con aquello de que “Me caí de la nube que andaba/Como a veinte mil metros de altura/Por poquito que pierdo la vida/Esa fue mi mejor aventura/Por la suerte caí entre los brazos/De una linda y hermosa criatura” y luego desmentía científicamente al de Parras de la Fuente, Coahuila, acusándolo de que esto, si bien podía ser muy romántico era algo imposible y al final , ya teniendo a los emocionados oyentes en la bolsa, regresaba con Newton para terminar su clase que nadie quería perderse.

Ah pues eso no lo sabíamos quienes estábamos esa noche en Villa de Seris pero de no ser por El Chico no lo hubiéramos sabido nunca. Él, que no sabe que es cronista, pero lo es, se puso a contarnos lo de su profe y vaya que lo disfrutamos quienes tuvimos la suerte de estar atentos a su plática y no nos dio por emprender la retirada.

Otro ejemplo: como podíamos enterarnos que allá en los años setenta, que hoy conocido como barrio El Jito tuvo sus respectivas funciones de lucha libre y, mejor aún, a sus propios luchadores que, admirados o maldecidos a la hora del combate ,dejaron huella tanto en esa cancha donde ahora está una gasolinera, adelantito donde fue el “Café Nely” y que en esos años se volvía una arena como también en la lúcida memoria de mi amigo El Buitre, que no sabe que es cronista pero lo es y a quien no se le ha olvidado nunca en dónde y en qué momento combatían de dos a tres caídas sin límite de tiempo a veces los Hermanos Calavera y por supuesto, El Pulpo, quien pese a luchar enmascarado, todo mundo sabía que era trailero pero nadie lo sacaba a flote con su nombre real ni lo haremos ahora pues sería una reprobable indiscreción.

Más ejemplos: ustedes creen que haya nacido del invento de alguien la historia de esa carrera parejera de un caballo contra una moto que aconteció en no sé qué pueblo de Sonora hace muchos años. No. Eso sí fue cierto y como tal la cuenta El Pícale que no sabe que es cronista, pero lo es y que muy sabrosamente la narra cada vez que se lo piden sus amigos mañaneros del Mercado.

En este elenco de cronistas naturalitos hay narradores protagonistas, narradores en segunda persona, narradores testigos., narradores equisciente, narradores omnisciente y demás que habrán de hacerte un retrato hablado de un personaje de antaño o te pueden reconstruir los hechos de un acontecimiento que pasó hace lustros pero pareciera que lo estuvieras viviendo en ese rato. El estilo suele ser solemne, dramático, nostálgico y, más que nada, preponderante divertido, muy divertido.
Por supuesto que todo esto no es nuevo, antes bien esta forma de contar antecede al nacimiento de la escritura. Cuantos de este tipo de pasajes alguna vez se han trasladado a los libros y se vuelven inmortales. De repente ya no interesa si lo que nos platican es verdad o es mentira, importa lo contado con sus aderezos y sus propias cosechas porque por sí mismas son narraciones hermosas.

Si ahora si estás interesado, no hay que ir muy lejos a escucharlas. En la cocina después del desayuno, en la banqueta o en la esquina o en la próxima reunión de amigos o parientes o en ese lugar que has ido a diario puede que esté un cronista sin saberlo ni tú ni el mismo. Pero es lo de menos. Habla con él o ella o simplemente escúchale. Puede ser una voz que también es tuya y puede que te hable de una ciudad que sigue en su evocación y que nos pertenece. No sé cuándo habrá ocurrido o si ese episodio acaeció ayer o antier o el siglo pasado, pero estoy seguro que tú y los otros que estén sobresaltados o muertos de risa, lo conjugarán en presente, como todo lo que vale la pena y se eterniza.


Miguel Ángel Avilés Castro
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