Korima PLACE

Evocaciones

El Corral - Tomo I

IV. Escarbando sueños de oro

Del libro El Corral Viejo, de Emilio Arce, la versión completa del cuento
“Asterio”
(Retrato de un día como cualquier otro)

“No escarbes mucho; los verdaderos tesoros no se ocultan: están contenidos, a cielo abierto, en el baúl de nuestro corazón”
“No podemos luchar contra nuestros demonios y salir ilesos”
Milo.

…Y esa noche, en cuanto se empezó a ocultar el sol y las ranas, los coyotes y los grillos empezaron con su serenata, provistos de un zapapico, una pala, un bule con agua y una de esas radio lámparas de pilas grandes y cuadradas que usan los veladores, Don Asterio Castro y Doña Genoveva Higuera se encaminaron por entre el sembradío de cebollas, ajos y chiles recién regados y le pusieron manos a la obra.

Empezó Don Asterio a escarbar con fe, mientras Veva su señora le aluzaba el lugar previamente indicado por Doña Ascensión, y así estuvieron durante mucho tiempo, escarbando y escuchando el radio, hundidos cada quien en sus propias cavilaciones.
Mi tía, para mayor comodidad, llevaba puestas unas sandalias de metedera de hule color rosa mexicano (como las que usaba El Carmelo cuando chancleteaba por la Bravo), y se encontraba atascada con el lodo hasta el tobillo, debido a la última regada que le habían pegado a la siembra, que ya casi estaba en su punto, lista para dejar que se secara la tierra para poder cosechar las verduras, aún sin saber si aquello que habían sembrado eran hortalizas o legumbres. Les valía gorro. Ellos estaban jubilosos con el radio sintonizado a todo volumen en el programa de “Los Auténticos Laboratorios Mayob”, y de vez en cuando Don Asterio dejaba escapar un grito de alegría y, meneando la cadera, se ponía a bailar de cachetito con la pala, pegando dos o tres huarachazos en el suelo a manera de taconazos, al escuchar alguna canción de su agrado, que, por cierto, no eran pocas.
-¡Ayayáy!-

La noche era oscura porque había luna nueva, pero las estrellas alumbraban ese cielo chispeante, oscuro y transparente de la noche serrana en la meseta de San Francisco de Tepentú, municipio de Comondú.

Instigados por la noche, una y mil leyendas relacionadas con los entierros, insepultos, fantasmas y aparecidos acudían a los pensamientos de ambos, y les avivaban algo de ese ensalmo ancestral, de ese instinto cultivado por varias generaciones de antepasados criados en los lomos de esta vasta serranía; algo de ese temor inscrito en nuestro indescifrable código genético heredado desde la fundación del mundo, mucho antes de que el tiempo se acuñara en días, y poco después de que las estrellas parieran al Dios Guamongo y lo condenaran a reinar, entre las espinas enhiestas de los cactus y breñales de este desierto, sobre unos seres atorados en la península que no sabían si iban o venían.

Su imaginación alimentaba esa magia que flota en las soledades nocturnas de la sierra, que sentimos claramente cuando contemplamos el cosmos en su real grandeza y, dependiendo del estado de ánimo, cuando nos concentramos más en la penumbra celeste que en el resplandor sideral, como respuesta a una pregunta no planteada, nos quedamos mudos, y nos sentimos pequeños e indefensos todavía, ante el misterio irresoluto de la oscuridad; el misterio de la noche en sí. El enigma aún presente de si todavía vamos o “venemos”, como dice El Coyote Miguel Álvarez, mi primo.

Al contemplar la bóveda celeste y la saturada congregación de la vía láctea, algo muy en nuestro interior nos hace agradecer a Hércules el haberle mordido una teta a Doña Juno, la vieja del dios Júpiter, que lo amamantaba, ya que según dice la mitología griega, que por la herida de la chichi de Juno se desparramó tanta leche que de ahí se formó la Vía Láctea. ¡No mamen, pinchis griegos!

-‘Taba chi-chichona Doña Juno, fíjense- dijo el Vejiga.

Mi tío Asterio y mi tía Veva siguieron excavando por un buen rato, todavía en silencio para ahorrar energías; para ahuyentar esos temores, porque también esto hay que recalcarlo: la superstición, el instinto, el miedo al más allá, el temor a lo desconocido, es algo que los pobladores de estas soledades serranas traemos tatuado en las venas desde el pecado original, ignorando un poco a Darwin. (Tatajuado, dijo Bartola Molina); las supersticiones nos acechan desde arribita de la nuca; contra esquina del Timo, pa’ ser exactos.

El tiempo fue avanzando, y poco a poco el acaloramiento y el cansancio, producto de la febril actividad profanadora, comenzaron a hacer mella en el sistema nervioso de los prospectantes.

Al menor ruido, Doña Veva volteaba y con la lámpara fuertemente asida a su diestra, pelaba los ojos tratando de escudriñar entre la oscuridad la causa del mismo, con una agilidad y reflejos impropios de su peso, que también, por cierto, no era poco.
– ¡Déjate de cosas y alumbra para acá, no seas simple, tú!- le reclamaba Asterio, al tiempo que le echaba enjundia al asunto de la paleada, ya con más sueño que ganas de volverse rico con la excavación.
Doña Veva obedece a regañadientes; intenta controlar su nerviosismo y centrarse en el quehacer, pero de poquito en poquito empieza a sentir cómo se le aflojan las corvas y se le sube el latido haciéndola sudar frío. Su mente sugestionada, le hace pensar que algo o que la presencia de algún ser maligno e invisible los acecha en la penumbra; siente una vaga intuición monstruosa poblando el fondo sombrío de su mente, con miríadas de siniestras formas de horror, provocándole un incontrolable acceso de hipo que la hace echar furtivas y aprensivas miradas a su alrededor.
-¡Ay, nanita!-

Poco más tarde, bien entrada la madrugada, cuando el hoyo tenía la profundidad suficiente como para que ya hubieran encontrado algo, las ranas, los grillos y los coyotes callaron.
Nada se oía más que el sonido de un espeso silencio apenas roto a lo lejos por el ulular de una lechuza panteonera, que como un desgarrador gemido sobrenatural, cortó la noche en dos e hizo añicos el eco entre una niebla gris que empezó a apoderarse del entorno proyectando, danzantes y oscuras, macabras siluetas fantasmagóricas.

-¡Ói!- susurró mi tía.
-¡Yo no fui!- dijo apresurado, con una mano atrás mi tío Asterio, congelándose luego con la pala entre las manos, como si estuviera jugando a los encantados; haz de cuenta como si fuera uno de esos soldaditos de plástico verde… pero no. Una repentina quietud y un misterioso rumor susurrante iba en aumento entre las tinieblas, parecido al que hace el vendaval en la hojarasca, creciendo, dejándose escuchar, acercándose lentamente en dirección hacia ellos dos, quienes presintiendo algo cada vez más cercano, lo sentían llegar inexorablemente, robándoles el resuello.
Súbitamente, cual si estuvieran bajo el preludio de una violenta tempestad, un fuerte viento arremolinado lanza a la noche lastimeros aullidos y les estruja el cabello y la ropa a los noctámbulos, mientras los altos brotes irregulares del monte y la siembra empezaron a crujir y a estremecerse amenazadoramente, agitándose entre sí, como si algo colosalmente bestial y sanguinario se deslizara entre ellos haciendo surco, peinando de librito el sembradío y los pastizales, amenazando con romper los hilos frágiles de los nervios tensionados que mantienen la cordura atada a la lucidez, como una cuerda de tololoche a punto de reventar, pero con mayor intensidad esta ocasión que ya era muy de noche… estaba muy oscuro… y hacía mucho miedo… para variar.
-¡Uy!-

-“¡…Dios te va a castigar…!”- oyó de repente Don Asterio que le gritaba en su interior una cavernosa y amenazadora voz de trueno… ¿o soñó oírlo?
Nunca lo sabrá. Doña Veva, de manera expedita, sintiendo el corazón trepidándole en la boca, enfoca el tembloroso haz de luz hacia el lugar en movimiento, y para su sorpresa se encuentra con que la observan fijamente, hipnóticos, unos grandes ojos oblicuos siniestramente fluorescentes, de tono escarlata, que brillan entre una aureola oscura y abominablemente animal.
-¡Puchi, mano!-

Los catálogos de teratología de la región de Valaquia, allá por los Cárpatos, le vinieron guangos a esta choyera abominación.

-¡‘Taba fiera no fregaderas!-
La visión de una silueta de cabeza oblonga y terrible que emite al aire un gruñido gutural que pudo ser una siniestra y sarcástica carcajada, salida de una inhumana y oscura cavidad, como de ultratumba -o como de una cripta, pa’ que les dé más miedo- que deja ver unos grandes, largos, puntiagudos y amarillentos colmillos, surte el efecto de erizar los vellos de cabeza, nuca, brazos, rabadilla y zalate de la pareja de buscadores de tesoros.
-¡Cui-cui-cuídate, Cachimbo!-
Un fuerte tronido, como el de una cuerda de tololoche al reventar, fue el chicotazo que fustigó sus miedos.

Y un pavor tan indescriptible se apodera de ambos, que, despavoridos, únicamente atinan a soltar las herramientas y a abandonar el sitio lo más rápido posible, con la velocidad que solamente la adrenalina producida por el miedo es capaz de generar en ser humano alguno.
Don Asterio Castro, de un salto, como si el interior del pozo fuera un brincolín a su medida, impulsado por los invisibles resortes del futy fay (Cus cus- miedo. N. del Milo), sale volando del pozo dejando in situ (En el lugar. N. del Milo) un fétido y excrementicio olor acre que tuvo la virtud, ipso facto (En Chinguiza. N. del Milo), de teñir su bóxer de un color ocre, y como centella abandona el sitio sin otra preocupación más que la de mantenerse a salvo, despierto, lejos de tan terrorífica pesadilla.



Emilio Arce Castro
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