Korima PLACE

Habra nuevos brotes - Malena Sorhouet

Grandiosa carga de esperanza

Salgo y agarro mi manguera, veo el árbol de mango de mi vecina, está embarazado y va a dar cientos de frutos dulces, más que el año pasado!. Salivando, volteo a ver a mi almendro que solo tira almendras secas que parecen cacas de perro estreñido, vuelven mis ojos a los cientos de mangos pequeñitos que se asoman en lo alto del mango de Eva. Empiezo mi rutina, lavarle el tronco donde siempre orina mi perro y no puedo evitar pensar, “hubiera sembrado un mango”. Pero en ese momento de envidia descarada llegaron los recuerdos sanadores: En una casa donde vivieron mis abuelos había tres almendros, yo tenía siete años y jugábamos a que yo era la maestra de otros cuatro niños del barrio, ahí en el tronco colgábamos una pizarra, cuando mis alumnos bostezaban de aburrimiento, le pedían a mi mamá “tantita sal” y terminábamos comiendo almendras con sal hasta que caía la noche. Eso me hizo sonreír, entonces recordé cómo llegó el almendro a esta casa, venia en una cubeta y estaba flaco y pequeñito, hace 8 años ya, (ahora tiene 13) es un año más grande que mi nieto, y ya pasan sus ramas lo alto de la barda. Mi padre me dijo un secreto de los árboles, “cuando les riegues, lávales sus hojas y verás que bailan agradecidos”, es verdad, aún sin que haya brizna de viento, cuando lavo las hojas del almendro éstas se empiezan a mover, algunos dirán que es por el efecto del chorro de agua, pero no, mucho rato después, sin viento y sin agua, he visto como se mueven esas hojas de un verde aterciopelado e indescriptible. En mi casa como en muchas casas paceñas, no tenemos agua todos los días, así que cuando llega hay que lavar, los patios, la ropa, el carro, las hojas de los almendros y las palmas y los enormes magueyes que tengo.

Yo tengo mis rituales mañaneros, les cuento que hice un pacto de honor con una amiga el otro día.

Ella siempre me había ayudado cuando necesitaba de ella, cuando mi cabello parecía estropajo, cuando me quemé una mano, cuando el Miguel se cayó y dejó la piel de las rodillas en el pavimento, cuando tuve que curar a mi marido de una irritación bien gacha, siempre estuvo ahí, presta para darme los remedios, el otro día la necesité y la fui a buscar, me impresionó verla estaba bien triste, casi muriendo, seca. Entonces le pedí perdón sincero, por servirme de ella y no regresarle todos los favores que le debía, le prometí cuidar de ella, mi vieja amiga. Por eso hoy, ahí me tienen, calculando con el dedo la presión necesaria y la distancia entre la barda de mi casa, y el lugar donde ella está, aventando agua al cielo como una loca entre dos bardas, corriendo de un lado a otro como gallina pa ver si le había atinado a su lugar exacto. Yo creo que Dios debe de reírse mucho de mi, cuando me ve en esos trances chaplinescos en los que me meto sola, todo por darle agua de beber a la vieja planta de sábila que acompaña la casa abandonada junto a mi patio y que ha resistido con mucha dignidad mi ceguera moral y la sequía del clima. Eso no es todo, para cualquier acto humano noble, por muy pequeño que sea, siempre habrá recompensa, cuando ya me metía a bañar hecha una sopa, con los pies llenos de tierra, pues esos rituales míos los hago descalza, como lavar el trapeador con los pies y bailarle una jota encima, como si estuviera haciendo vino y machacara las uvas en una especie de reflexología casera. Ya para meterme, volteo a ver a mi almendro bailarín y descubro en sus hojas mojadas muchos pájaros refrescándose en ellas, hablando en su idioma de pájaros contentos, dos colibríes y una paloma, posándose ahí. Cada quien tiene lo que se merece. Eva me convidará de sus dulces mangos como hace cada año, yo le convidaré de los trinos que salen de mi almendro. Y las mañanas cuando haya agua seguirán el curso que marque la vida, en esta tierra sedienta pero hermosa. En el 2017 escribí este relato de mi almendro.

Y un año después, en el 18, seguí con este: Hay novedades, el árbol de mi vecina está rebosando de flores como nunca, mi almendro ya no tira hojas y vienen naciendo los nuevos brotes en la punta de sus ramas, se ha convertido en un hotel para pájaros. y condominio para las hormigas. Alguien con muy poca cabeza y corazón arrancó la sábila de la casa abandonada, toda, y la fue a tirar al baldío de atrás, cuando me enteré, salí corriendo por todos los pedazos arrancados y puse al André a sembrarlos en mi corredor, hoy tiene muchos hijos y flores. Está viva, verde y brillante.

Hoy, tres años después en el 21, el hermoso mango de mi vecina anuncia una dulce y exagerada cosecha, está, hasta más no poder de fruto y flor, a reventar. Yo estoy contenta porque a mi almendro ya no se le ven las costillas, su fronda anuncia nuevos aterciopelados brotes. Que me recuerdan una de las citas bíblicas que más me han impactado por su grandiosa carga de esperanza. “Habrá nuevos brotes / frutos, habrá perdón”.


Malena Sorhouet
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Salgo y agarro mi manguera, veo el árbol de mango de mi vecina, está embarazado y va a dar cientos de frutos dulces, más que el año pasado!. Salivando, volteo a ver a mi almendro que solo tira almendras secas que parecen cacas de perro estreñido, vuelven mis ojos a los cientos de mangos pequeñitos que se asoman en lo alto del mango de Eva. Empiezo mi rutina, lavarle el tronco donde siempre orina mi perro y no puedo evitar pensar, “hubiera sembrado un mango”. Pero en ese momento de envidia descarada llegaron los recuerdos sanadores: En una casa donde vivieron mis abuelos había tres almendros, yo tenía siete años y jugábamos a que yo era la maestra de otros cuatro niños del barrio, ahí en el tronco colgábamos una pizarra, cuando mis alumnos bostezaban de aburrimiento, le pedían a mi mamá “tantita sal” y terminábamos comiendo almendras con sal hasta que caía la noche. Eso me hizo sonreír, entonces recordé cómo llegó el almendro a esta casa, venia en una cubeta y estaba flaco y pequeñito, hace 8 años ya, (ahora tiene 13) es un año más grande que mi nieto, y ya pasan sus ramas lo alto de la barda. Mi padre me dijo un secreto de los árboles, “cuando les riegues, lávales sus hojas y verás que bailan agradecidos”, es verdad, aún sin que haya brizna de viento, cuando lavo las hojas del almendro éstas se empiezan a mover, algunos dirán que es por el efecto del chorro de agua, pero no, mucho rato después, sin viento y sin agua, he visto como se mueven esas hojas de un verde aterciopelado e indescriptible. En mi casa como en muchas casas paceñas, no tenemos agua todos los días, así que cuando llega hay que lavar, los patios, la ropa, el carro, las hojas de los almendros y las palmas y los enormes magueyes que tengo.

Yo tengo mis rituales mañaneros, les cuento que hice un pacto de honor con una amiga el otro día.

Ella siempre me había ayudado cuando necesitaba de ella, cuando mi cabello parecía estropajo, cuando me quemé una mano, cuando el Miguel se cayó y dejó la piel de las rodillas en el pavimento, cuando tuve que curar a mi marido de una irritación bien gacha, siempre estuvo ahí, presta para darme los remedios, el otro día la necesité y la fui a buscar, me impresionó verla estaba bien triste, casi muriendo, seca. Entonces le pedí perdón sincero, por servirme de ella y no regresarle todos los favores que le debía, le prometí cuidar de ella, mi vieja amiga. Por eso hoy, ahí me tienen, calculando con el dedo la presión necesaria y la distancia entre la barda de mi casa, y el lugar donde ella está, aventando agua al cielo como una loca entre dos bardas, corriendo de un lado a otro como gallina pa ver si le había atinado a su lugar exacto. Yo creo que Dios debe de reírse mucho de mi, cuando me ve en esos trances chaplinescos en los que me meto sola, todo por darle agua de beber a la vieja planta de sábila que acompaña la casa abandonada junto a mi patio y que ha resistido con mucha dignidad mi ceguera moral y la sequía del clima. Eso no es todo, para cualquier acto humano noble, por muy pequeño que sea, siempre habrá recompensa, cuando ya me metía a bañar hecha una sopa, con los pies llenos de tierra, pues esos rituales míos los hago descalza, como lavar el trapeador con los pies y bailarle una jota encima, como si estuviera haciendo vino y machacara las uvas en una especie de reflexología casera. Ya para meterme, volteo a ver a mi almendro bailarín y descubro en sus hojas mojadas muchos pájaros refrescándose en ellas, hablando en su idioma de pájaros contentos, dos colibríes y una paloma, posándose ahí. Cada quien tiene lo que se merece. Eva me convidará de sus dulces mangos como hace cada año, yo le convidaré de los trinos que salen de mi almendro. Y las mañanas cuando haya agua seguirán el curso que marque la vida, en esta tierra sedienta pero hermosa. En el 2017 escribí este relato de mi almendro.

Y un año después, en el 18, seguí con este: Hay novedades, el árbol de mi vecina está rebosando de flores como nunca, mi almendro ya no tira hojas y vienen naciendo los nuevos brotes en la punta de sus ramas, se ha convertido en un hotel para pájaros. y condominio para las hormigas. Alguien con muy poca cabeza y corazón arrancó la sábila de la casa abandonada, toda, y la fue a tirar al baldío de atrás, cuando me enteré, salí corriendo por todos los pedazos arrancados y puse al André a sembrarlos en mi corredor, hoy tiene muchos hijos y flores. Está viva, verde y brillante.

Hoy, tres años después en el 21, el hermoso mango de mi vecina anuncia una dulce y exagerada cosecha, está, hasta más no poder de fruto y flor, a reventar. Yo estoy contenta porque a mi almendro ya no se le ven las costillas, su fronda anuncia nuevos aterciopelados brotes. Que me recuerdan una de las citas bíblicas que más me han impactado por su grandiosa carga de esperanza. “Habrá nuevos brotes / frutos, habrá perdón”.


Malena Sorhouet
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