Korima PLACE

Miguel Angel Aviles

Del Capítulo X

Mi papi venció a todos, pero llegué a creer que ahí quedábamos. Yo ni las manos hubiera metido porque eran muchos. Chiquitos todos, pero yo conté como quinientos o más.

Sin saber de donde habrán salido, ya habían rodeado el barco y tuvimos que hacerle frente- Tuvimos es un decir porque fue mi papi el que los enfrentó. Yo cogí un tenedor y lo empuñé como si fuera una gran arma pero no le hubiera hecho ni cosquillas a ese ejército de extraños seres, mitad humano, mitad simios o lobos o coyotes o dinosauritos o murciélagos, ya no sé pero yo los veía horrorosos, peludos y dispuestos a matarnos o comernos vivos. Pero mi papi quien sabe de dónde saco valor y fuerzas y acabó con aquella manada de monstruitos.

Se quitaba a uno y le brincaba otro, se abalanzaban dos y los echaba al agua, se dejaban venir cuatro, cinco, seis y a punta de patadas se los quitaba de encima. Lo que no quería mi papi es que llegaran hasta a mi porque de seguro me iban a querer llevar sabrá a donde. De milagro mi papi no me confundió con uno y me agarra también a las patadas. Pero me puse a tras de él para protegerme.

Me hice bolita y nomas veía como salían volando cuando papá los aventaba. En una de esas me envalentoné, y le tiré a uno de ellos con una cebolla que agarre de la java de las verduras pero no le dí. Lástima, ojala no nos haga falta. Yo quería saber de donde habían salido pero ni chanza de preguntarle a mi papi si cuando no forcejeaba con uno, estaba aventando a otro o le estaba pegando una patada en las nalgas a otro y así.

Hasta me acuerdo que agarró a uno de las patas y con él mismo le dio a otro como si fuera bat de béisbol o una guitarra. Si no es por mi papi, los dos estuviéramos bien muertos y estos canijos nos estuvieran chupando los huesitos. Fue terrible y del susto empecé a gritar. Entonces desperté a mi papi y él me despertó a mí con una sacudida porque dice que estaba gritando como chiva degollada. Que feo son algunos sueños, parecen reales. Eso debió ser cuando ya mero amanecía pero todavía no estaba muy clarito. Mi papi me arropó otra vez , me abrazó y nos quedamos dormidos bien a gusto porque todavía caía un chipichipi. Que suave se duerme cuando está lloviendo.

Me desperté y vi que mi papi se quitaba la gorra y se sobaba la cabeza porque traía todos los pelos parados. Luego agarró la taza de café y se echó un trago gordo. No le dije nada, nomás vi como lo disfrutaba y me dieron ganas de tomarme una taza pero tenía flojera y seguí enrollado en los tendidos. Mi papi se puso hacer el desayuno y cuando estuvo listo, me pegó el grito. Nada vi, nomás escuché, respondí con un pujido y al ratito fui hasta él, envuelto en una sábana. No sé de dónde saca tanta comedera. Yo ni había visto que también trajimos machaca y cuando menos pensé ya se la estaba revolviendo a esas papas. Qué bonito huele, le dije. Parece que estoy en la casa y mi mami atiza las hornillas para terminar lo que tiene en esa olla. Eso nos mas lo pensé porque si le digo se encela. En juego pero se encela.

Aunque mi mami hace comidas bien buenas de las que aprendió hacer en el restauran de mi tío, a mi papi también le queda todo bien bueno. Yo creía que solamente las mujeres hacían comida. Y no. Que bueno porque si no aquí nos morimos de hambre porque yo todavía no aprendo nada de eso. Pero si veo si aprenderé. Aparte él me dijo que me enseñaría todo lo que él supiera. Le voy decir que se apure a enseñarme porque no vaya a ser que ya que vayamos más retirados nos salgan de verdad esos hombrecitos que soñé y no tengamos tanta suerte como en el sueño. Qué bueno que ya se está quitando lo nublado.

Llevamos como dos horas de camino y apenas quiere salir el sol. Dice que vamos hacia una isla. Que es una donde había una montón de chivas pero de tantas que había, las tuvieron que matar a todas porque se estaban acabando hasta las choyas. No quedó más remedio y así como mi papá se agarró con esos monstruitos peludos así los del gobierno se agarraron con las chivas pero desde arriba, desde unos helicópteros o zancudos gigantes como dice él y desde allá, de bien alto, le empezaron a disparar con metralletas hasta que no quedó ninguna o una que otra nada más. Pero no crean que esto fue otro sueño, estos si fue cierto.

Eso dice miapá pero no sé si creerle. En serio, ya no sé si creerle porque de pronto me está contando algo real y luego me sale con un invento. No sé de dónde saca tanta puntada y tanta imaginación. No sé pero a mí me gusta que sea así porque no me aburro. Tiene cincuenta años pero en ocasiones parece un niño de siete, igual que yo. Espero que eso también me lo enseñe: el no dejar de ser niño aunque estemos grandes. Le diré.


Miguel Ángel Avilés Castro
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