Korima PLACE

Emilio Arce Castro

De arrieros y demonios

No sé cuánto tiempo llevaba allí, metido en esa cueva llamada “De los indios”, en mitad de la falda del cerro. Había sido un día muy duro. A las tres de la mañana, mi tía Chachita nos había despertado a mis primos y a mí, para que juntásemos las bestias que pernoctaban maniatadas en el mezquital y las lleváramos a tomar agua a la poza del arroyo que estaba justo debajo de la casa y a unos diez metros del filo del cantil y del cerco de hachones de pitahaya y utatabes, que protegía nuestra vivienda.

Amodorrados todavía, cabresteamos las bestias siguiendo por el arroyo unos cien pasos, donde está más fácil la subida y fuimos a amarrarlas en los horcones del corredor, junto al corral de los chivos lepes que estaba relativamente cerca del dormitorio de la palomilla, donde se hacía más fácil estar al tanto de ellos y protegerlos de los coyotes y zorras que abundan en la sierra.

El corral de las chivas grandes estaba un poco más arriba, a unos cincuenta metros. Este se encontraba vacío, como todas las noches, ya que desde las seis de la tarde se abrían sus puertas para que saliera el rebaño al monte a procurarse y disputarse las mejores ramas. Desde siempre, en las sierras se ha practicado el libre pastoreo, consistente en dejar que el ganado vague libremente en el monte. El “Oso” y el “Orgullo”, los perros chiveros de mi primo Carlingas, eran los encargados de acompañarlas y velar por ellas en el turno nocturno. Viejas y nuevas cicatrices y mataduras a manera de medallas tatuadas en el cuero, hablaban en silencio de los cotidianos actos heroicos de estos valientes caninos; cicatrices que mostraban, por sí mismas, su bien ganado pedigree.

Esa madrugada, la luna se perdió rápidamente entre las cumbres. En la cocina, el farol de petróleo y los hachones de choya y palo fierro ardiendo bajo los comales, dibujaban a contra luz las siluetas sombrerudas de mis compañeros, hiriendo las sombras con su haz mortecino, estilizándolos y proyectándolos contra las ollinadas paredes de varas de palo de arco emplastadas con barro, de donde pendían también toda clase de utensilios, en un rembrandtciano claroscuro. La vieja hornilla de patas de palo blanco, hecha de piedra laja y ladrillos enjarrados con ceniza, era la piedra angular en la cual confluíamos fascinados por el fuego, contemplando el humo gris del café de grano, brebaje vital que sorbíamos lentamente, acariciando su sabor, para luego aprestarnos al júbilo de la jornada.

Ensilladas las monturas, ajuareados nosotros con la cuera y demás arreos, partimos cabalgando en columna rumbo al Palmar de San Vicente, junto al Corral Viejo, oasis de agua clara, mangos y naranjas, situado a unos cuatro kilómetros al este, por el cañón del Sauzal, bajo el cantil del cerro de La Cruz.

En ese punto nos separábamos de dos en dos, cada quien rumbo a su área de trabajo. Pancho Molina y yo iríamos a la Mesa Prieta, a una hora de camino de herradura, donde ramoneaban y rumiaban tranquilamente las impasibles reses. Nuestro trabajo consistía, a esas alturas de la sequía canicular, alargada en esta ocasión por más de dos años, en cortar a golpe de machete algunas biznagas y puntas de cardones, quitarles las espinas y filetear la jugosa pulpa vegetal en geométricos y jugosos trozos, para que las reses pudieran comérselas. Otras veces, con soplete de tractolina y tanque al hombro, incendiábamos de manera controlada choyales enteros, chamuscándoles las espinas como recurso desesperado para poder mantener en pie al enclenque ganado. –Muy variado el menú- decía el Teto, mi primo.

A veces íbamos a campear hasta Umí, palabra Guaycura que significa “Maldición”. Desde ahí, uno alcanza a ver el sol desde más temprano, por la elevación del suelo –ha de ser-. En Umí hay un picacho desde el cual se divisan, en las noches, las luces de La Paz y las de Ciudad Constitución casi simultáneamente, lo mismo que de día , desde ahí, se ven el Océano Pacífico y el Mar de Cortez. Está bien alto, y como que rinde más el día porque son más las horas de sol, a diferencia del Sauzal que está casi al fondo de un cañón entre dos voladeros. Al norte del Sauzal, como a cien metros, poco más o menos, se eleva el cantil del Cerro de La Cruz, cortado a plomo a unos noventa metros sobre el nivel del piso del rancho, y al sur el Cerro de La Falda, que alberga entre sus pliegues la cueva de Los Indios, un poco más elevado que el primero, por lo que el sol le viene a dar de lleno a la casa a eso de las diez de la mañana, y para las cinco de la tarde la sombra del otro cerro empieza a cruzar el arroyo de peñascos y datileras rumbo a la casa.

El camino de acceso, de rodada, llega por el oeste después de sortear y serpentear algunos barrancos más acá de la Poza del Junco. El camino aquí termina encajonado, en el Sauzal, a noventa kilómetros de Ciudad Constitución y como a veinte de Los Dolores, adonde nunca llegó. El otro acceso de rodada más próximo está como a tres horas de vereda a caballo, a buen paso, por el rancho Caratel, en la línea de Santa María de Toris y los Llanos de Kakiwi, por el otro arroyo.

Lo primero que hacíamos al llegar al lugar de pastoreo, por llamarlo de algún modo, era localizar las reses y comprobar que estuviera completo el hato. En esas temporadas, con la sequía en ascenso, el debilitamiento y mortandad de parte del ganado, producto de sequías y hambrunas, era poco más o menos inevitable. –Ver revolotear las auras en la sierra, es siempre un mal augurio, m´hijito- me decía mi tío Javier, en una especie de lúgubre premonición. La güilés por la hambruna se apoderaba de las reses menos fuertes, por lo que había que arrearlas a los corrales del rancho para mantenerlas en una dieta de mascarrote de semillas de algodón, pacas de alfalfa, concentrado, paja de frijol o paja de lo que fuera traídas desde el Vale de Santo Domingo, de las sobras que compraba mi tío Luis de las cosechas.

Para nosotros, esas salidas por paja a Constitución, aunque fuéramos a trabajar, eran un premio. Con sendos bieldos, cargábamos el forcito de dos toneladas del rancho, al tiempo que paladeábamos unas exquisitas cervezas heladas, rescate de reyes, ya que en la sierra no hay hielo, pero abundan el polvo y el calor en el día, y el frío por la noche. Con cada salida al Valle, los encargos etílicos no se hacían esperar. Traíamos de todo género hasta para satisfacer los gañotes más delicados. Neta que si nos hubieran encargado alguna piruja del Balalaica también se la hubiéramos llevado, pero no llegaba a tanto la palomilla.

Eso sí, les traíamos desde Tequila Arenitas, hasta el tequila más refinado. Claro que en ese tiempo el Tequila no tenía la connotación y el prestigio internacional del que ahora nos enorgullecemos, aunque también en ese tiempo era un producto prófugo de la canasta básica, de la que debería formar parte, y ser considerado como derecho universal. Todo encargo se apuntaba en el billete respectivo, y con todo gusto. Hasta cervezas con hielo en cajas de madera con aserrín, a manera de hieleras, les llevábamos.

En algunas noches, con estos encargos recién desempacados, nos podían encontrar a la luz de una fogata paladeando algún chivo asado, de los que le tomábamos prestado al Carlingas o al Josefo, y nos lo íbamos a comer en algún lugar del arroyo lejos de las miradas regañonas. Con las guitarras y el tololoche bien afinados, concursábamos a ver –oír- quien era el que alcanzaba el tono más alto en alguna canción, y no faltaba el que pretendía hacer rodar piedras, más con los gallos que soltaba, que con el eco del canto.

En la región casi nunca importa que día de la semana es; da lo mismo lunes que sábado, domingo o quincena. Ése día de labores, a media mañana cada quien ha dado cuenta de su lonche guardado en las alforjas de la montura, consistente en gorditas de harina con azúcar y frijol, a veces algún trozo de cecina de cabra o res, y de cajón una rebanada de queso seco u oreado, un frasco de vidrio con tapa roscada lleno de café, y en temporada nunca faltaban los dátiles y dulce de pitahaya de postre. Para antes del mediodía, casi con ocho horas de trajín, dejábamos las reses arriadas tomando agua en el Palmar de San Vicente, y enfilábamos al Sauzal a hacer tiempo hasta las tres o cuatro de la tarde. Nunca cae mal una siesta en la modorra del mediodía, o nos hacíamos locos jugando encajar herraduras contra un horcón. A veces ensayando algún registro o escala diatónica en la guitarra, o trompeteando los trastes en la cocina, o nomás pasando el tiempo mojándonos los pies en las pozas del arroyo, como hasta las cuatro de la tarde, que era la hora que había que arriar las reses de regreso al paraje que les correspondía: un día tomaban agua y otro no. La supervivencia y permanencia de los rancheros y su ganado, desde siempre ha dependido de los ciclos de agua.

Como en otras ocasiones, esa mañana en particular llegué más temprano que de costumbre. Tenía ganas de leer algo, no importaba qué: lo que fuera. Hurgando entre algunos libros desparramados no encontré otra cosa que llamara más mi atención que un pequeño libro amarillento de pasta oscura. Me lo prestó mi primo Jorge Guajo, diciéndome que pertenecía al Negro Castro, primo lejano de nosotros, buhonero que recorría la sierra a bordo de un Dodge viejo. La Magia Negra, decía en la portada, y creo entre sueños recordar que el autor era Arthur Edward Waite. Lo recuerdo bien porque era tocayo de uno de mis autores favoritos, Arthur Conan Doyle, autor de Sherlock Holmes.

Sin ninguna malicia, pero lleno de curiosidad, lo tomé como una lectura más. Llené un bule con agua de una tinaja del corredor, y me encaminé a la soledad de la cueva de los indios, a medio cerro, para poder leerlo a gusto. El medio día fresco claro y luminoso, se prestaba al relajamiento de la lectura, así es que tomé el libro, crucé el llano del arroyo, y me encaminé hacia la cueva. Para llegar a ella, que está casi enfrente de la casa, ligeramente más al oeste de la nave principal del rancho, frente a los corrales y a un nivel de muchísimos metros más arriba de la punta de las datileras, para mí representaba un esfuerzo extra que por lo regular me llevaba poco más de un cuarto de hora realizar, sobre todo porque ese vericueto es la ruta de paso de las cabras hacia la cumbre, lo que significa que el terreno queda siempre suelto y con las piedras a punto de rodar.

Por fin llegué a la gruta que es angosta en su boca, unos cuatro metros de diámetro, por unos cuantos metros de profundidad, ligeramente más amplia en su interior rodeada de monte por fuera. El piso de la cueva está tapizado de pequeños montículos de guano, y son solo cuatro o cinco murciélagos los que ostentan la posesión del sitio. La entrada está disimulada, pareciera que oculta por un gran peñasco que casi bloquea el acceso y algunas matas de lomboy y palvadán tapan la vista de abajo hacia arriba, haciéndola imperceptible a cualquiera que no sepa de su existencia, lo cual fue muy provechoso en épocas pasadas, cuando sucedieron las revueltas revolucionarias.

Vista de arriba hacia abajo es todo lo contrario: desde esa altura la panorámica es magnífica. Se puede ver e incluso adivinar cualquier movimiento que ocurra en la casa, como una gran vista aérea. El sonido de las voces, aparte, resuena claramente, nítido, como si fuera el eco de una misa, y así era, porque esa pared del cerro la hacía de frontón con los sonidos y producía ecos y reverberes.

Así, sin meditar mucho en los experimentos de Galileo y el sonido, me adentré de lleno en la lectura de tan singular obra. No sé cuánto tiempo llevaba allí, metido en esa cueva llamada “De los indios”, en mitad de la falda del cerro. Había sido una jornada de trabajo muy dura y el día era claro y luminoso, cuando de pronto el ambiente se tornó opaco. Mi abstracción en la lectura me impidió darme cuenta del tiempo transcurrido y de los cambios del clima. Estaba leyendo acerca de la adoración de Baphomet, símbolo que los grandes maestres del templo adoraban. Leía en esa otrora soleada mañana sobre las asambleas e invocaciones, siempre presididas por un macho cabrío sentado en un trono y con una antorcha encendida entre los cuernos; un dibujo colocado al margen izquierdo de la página lo ilustraba profusamente.

En la frente llevaba el signo del pentagrama, que es la estrella de cinco puntas; con las manos hace la señal del ocultismo, mostrando hacia arriba la luna blanca de Chesed, y hacia abajo la luna negra de Geburah. Tenía un brazo femenino y uno masculino, como el andrógino de Khunrath. La antorcha de la inteligencia que arde entre los cuernos, era la luz mágica del equilibrio universal y representa el alma elevada por encima de la materia, aunque sujeta a la materia, como la llama está sujeta a la antorcha. La cabeza repugnante del animal expresa el horror del pecado, cuyo agente material, el único responsable, es el que ha de sufrir perpetuamente la pena del mismo, ya que el alma, impasible por naturaleza, no puede sufrir sino materializándose. El caduceo que lleva en el seno y hace las veces de órgano de la generación, representa la vida eterna; el vientre, cubierto de escamas, es el agua; el círculo que le rodea en la parte superior, es la atmósfera; las alas de que esta provisto representan al volátil, y la humanidad está representada por dos pechos femeninos, mientras los dos brazos andróginos son el emblema de las ciencias ocultas, etc. etc.

Estaba ya entrado leyendo en silencio el capítulo de las invocaciones a Belzebuth, llamándolo con la lectura, y cuando me di cuenta, unas hojas secas de palo de arco cayeron sobre el viejo libro, volviéndome a la realidad. Un gran remolino se estrujaba al fondo de la cueva y una cortina espesa de polvo y hojarasca danzaban suspendidos en torno a mí. -¡Pinchi libro!- pensé, y los quince minutos que había tardado en subir, se volvieron treinta segundos en bajar. -¡Me puse livianito, aunque me pegué como dos o tres chingazos, vieras que sí, pariente!- le comentaría a mi primo Chacato minutos después en el corredor, al tiempo que sorbía borbotones de agua con azúcar pa´ los nervios. ¡Qué pinchi susto te pusiste- me dijo el Chacato: cualquiera se hubiera zurrado- -¿Con qué crees que me venía resbalando?- le dije- Bueno, pues guardé el libro en el baúl, y ya no quise saber ni madres de él, al menos mientras estuviera en el rancho. Y así lo hice. Algunos meses después, el milagro de la lluvia se repitió en la sierra y la bendición se apoderó del entorno: los mantos de agua se recargaron y todo el monte reverdeció. Por fin terminó la dura etapa de manutención de ganado en el Sauzal, y uno a uno, fuimos saliendo. Al fin pude volver a mi casa en La Paz, después de que me exiliaron cuando un güeyón viejo jotón nos agarró de tiro al blanco a dos compas y a mí, nomás porque uno de ellos le estaba dando baje con la vieja. Qué simple.

.El caso es que cuando volví a La Paz le conté del incidente del libro a un viejo wama de la Tenería, don Fidel Molina, que según nos contaba, tenía pacto con el diablo, según él. Éste me sentenció: -sigue leyendo, Milito, sigue leyendo pues… pero nomás te acuerdas de mí al tercer día que termines de leer el libro, vas a ver- -¿Qué va a pasar, Don Fidel?- le pregunté intrigado, y me respondió: -Ya que lo termines de leer y pasen tres días, vienes a verme, verás cabrón…- Noté que había algo vedado en sus palabras, no sé qué, pero así era el viejo, un poco socarrón desde que perdió una pierna trabajando en la Junta Local de Caminos, donde nunca lo indemnizaron. Bueno, pues ya con luz eléctrica a toda madre, en mi cuarto, en mi cama, con la tele en frente y mi mamá cerquita, me armé de valor y de un tirón leí todo el libro de la Magia Negra. En realidad me pareció una lectura interesante. Algunos capítulos hablaban de la personalidad a partir de los rasgos físicos: que si tienes, por ejemplo, el labio superior más grueso que el labio inferior, eres una persona grosera; que si tienes la nariz aguileña eres duro de carácter; que si tienes el ceño fruncido y la ceja poblada eres un cabrón, etc., etc., hasta que al fin terminé de leer el libro mencionado.

Recuerdo que a los méndigos tres días de leerlo me acosté temprano, como ya acostumbraba, porque volví a trabajar en el Registro de Electores, donde ahora era director Don Nacho Yee Romo, quien me había dado la encomienda de perifonear en una vieja vagoneta International, una publicidad del Registro de Electores en voz viva. Me entusiasmaba ese jale. Hasta un cassette, me acuerdo, del Pink Floyd, “The dark side of the moon” tenía listo para la música de fondo. Al anochecer me bañé antes de acostarme; cené unas tembabichanas tortillas de harina con queso frito y té de naranjo endulzado con panocha –la vox pópuli le dice naranjo a la planta de naranja agria, y naranja a la naranja dulce- Pues me lavé los dientes, me acosté, vi la tele un rato, la apagué y me dormí.

Como a eso de la media noche, un siseo y un estruendo como de chicharrra, más parecido al chirriar del cascabel de una víbora encabronada, retumbó en mi cerebro. Yo ya había escuchado ese sonido de cascabel de víbora una noche que bajé corriendo un arroyo seco, y pisé una. El contacto de la suela de mi tegua con el reptil, como si pisaras un brazo humano, de bebé, seguido del agudo cascabeleo, es una experiencia que aún eriza mis cabellos al recordarlo, como esta otra ocasión que les estoy contando, que desperté con el ofídico sobrenatural matraqueo resonando en mi cabeza.

Me senté en la orilla de la cama aún aturdido, escuchando el demencial ruido, percibiendo en el ambiente una rara atmósfera de malignidad, cuando de pronto lo vi. Estaba a dos metros de distancia, sentado en cuclillas sobre el pretil de la ventana de mi cuarto, una silueta absolutamente negra, animal, recortada sobre lo negro de la noche contra su propia oscuridad, con dos macabras brazas de carbón encendidos a manera de penetrantes ojos que me miraban fijamente, apendejándome, al tiempo que de entre el escándalo que producían cientos de invisibles cascabeles, sobresalía una risa pausada, sarcástica y burlesca, que me hería como aguijonazo de bitachi en las orejas.

No sé cómo fregados le hice, pero me levanté de la cama en chinga, mascullando fragmentos de Padre Nuestro con Ave María, mientras huía de mis propios pensamientos, indefenso, buscando asilo en los amorosos brazos de mi madre, que me permitió pasar la noche junto a ella, rezando juntos el credo que esa misma noche me tatué en los huesos, hasta quedar extrañamente en paz y en blanco… Besos, mamá.


Emilio Arce Castro
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