Korima PLACE

Changule2 - Emilio Arce Castro

“Chángule”

“Son ondas de puro cotorreo”

Mi primer e indescifrable caló.

Dedicado a mi amigo de infancia Rubén “Pomy” Jerez Morán.

Desde que divisamos al Pato Macklis, al Armando, al Pilili, al Mazo, al Gorupo, al Juan Pecas, al Lico Molina y a un chilango colado, el Miguel Ángel, que hoy se la pasa en el bote o limpiando carros en el Jardín Velasco, desde que los vimos pasando por las calles Antonio De Mendoza y Conde de Revillagigedo (antiguos nombres de las calles Félix Ortega y Antonio Navarro, aquí en La Paz), rumbo a los campos deportivos de la Casa de La Juventud, en actitud sospechosamente alegre, la palomillita de la cuadra, que jugábamos a las guerras armados con resorteras y balas de semillas de paraíso, encaramados entre las decenas de carcajes de aviones antiguos que poblaban el huesario del Capitán Pinocho, junto a la Animita, nomás se echó una mirada de soslayo. –Ahí van los locochones- decían, sin disimular la risa de morbo que se les estampaba en la cara al verles los ojos colorados y la boca reseca, reseca, como las coplas de la marihuana de Oscar Chávez.

Caminaban con paso despatarrado y la vista fija al frente, como una avanzada de motociclistas tipo la película “Nacidos para perder”, bien motos, pero sin motocicleta; como zombis. A veces, nomás de pura cura, de lejos, les apuntábamos con nuestras armas, pero hasta ahí la dejábamos, aunque siempre me quedé con las ganas de saber qué tipo de reacción vería, al asaltarlos con una granizada de bolitas de paraíso, nomás para sacarlos de su ensimismamiento canábico, pero no. Una agresión así de directa estaba cabrón. Sería como tirarle pedradas a un panal de bitachis.

-¿Traigo los ojos rojos?- preguntó el Morita.

-Simón, ese. ¡Tra-tráetelos!- contestó el Chango Tirso Montufar.

El Pato Araiza, con su clásica camiseta amarilla, pantalón de mezclilla, unas botas como las de Bon Jovi y un paliacate rojo amarrado en la chompeta, junto con sus acompañantes, que eran un poquito mayores que nosotros, pertenecían a una banda del barrio que se dedicaba a la surrealista actividad de andar siempre bien pachecos, ya sea con mota, pastas, chemo o lo que fuera, y cosa rara: el jambo (robo) no era su fuerte, aunque si lo practicaban cuando las crisis los azotaban, pero, por lo general, sobrevivían de la comercialización de cannabis.

Claro que si por ahí veían las cajas de pastillas para evitar el embarazo o para el mal de orín, como ellos no sabían de terminajos científicos, les valía madre. Sobre ella. Con que tuvieran el letrerito de “prohibida su venta”, era más que suficiente para que, como las gallinas, empezaran a picotearlas y a tragarse el contenido una por una, a ver qué tal ponían, ¡qué locos! Es obvio que en todas las cajitas de medicinas que suministraba el gobierno a través de las dependencias como la del ISSSTE o la del IMSS estaba impreso ese letrero, así que ya sabrán el cacayaquero con que se armaban.

Y hasta eso que estos locos nos consecuentaban un poco, porque nuestro hobby era sacarlos de onda de vez en cuando, cada vez que podíamos. Por ejemplo, cuando ya le estaban dando cran a algún churro de dos puntas, alguno de la palomilla de nosotros les gritaba que ahí venía la chota y en frieguiza lo apagaban o el que lo tenía encendido el toque en la boca, se lo tragaba y nosotros, riéndonos fuerte para que nos oyeran, echábamos a correr burlándonos de ellos. Para nuestra fortuna, casi no se acordaban de que hacía poco que, de adrede, cuando ya estaban alucinando con una bolsa de pegamento resistol cinco mil en la boca cada uno, el Pomy y yo llegamos de improviso y sin decirles agua va, les empujamos las bolsas y su contenido hacia la cara, haciendo que el amarillo producto se les untara en la nariz, trompa y bigotes.

Todavía como a los tres días andaban todos descarapelados de la boca y aledaños como si tuvieran jiricua, pellizcándose los residuos amarillos de resina que entercádamente permanecían adheridos a sus rostros, y nosotros sacándoles la vuelta de manera olímpica, evitando algún amistoso reclamo, por si las dudas.

El Chángule y el Güero Macklis, los capos del barrio, eran los que se encargaban del suministro de los estupefacientes. Quien sabe de dónde lo sacaban, pero según recuerda alguna raza, siempre tenían mota como para poner bien saico a un regimiento.

En cierta ocasión, nosotros estábamos muy morros todavía, pero les escuchamos comentar que iban a ir por el rumbo del seminario, donde había unos hornos y unas chimeneas grandotas, porque los guachos iban a quemar unos cargamentos de marihuana en esos hornos, dicho en otras palabras, que el ejército iba a incinerar un decomiso. Pues una tarde, casi a la hora cero, salieron del barrio como escolta, y nosotros, el Pomy y yo, los seguimos de lejos. En ese entonces esas chimeneas quedaban en despoblado, pero hoy la urbanización las alcanzó y sus ruinas se localizan más o menos por la Colosio, muy cerca de la Abasolo, por unos pinos, en unos semi destruidos bodegones de bloc gris, poco antes de llegar a la Volkswagen.

Pues hasta allá (estaba bien lejos) seguimos a estos locos y vimos que se apostaron por entre el monte a esperar que los soldados dieran por terminada su tarea y abandonaran el sitio, cosa que sucedió lueguito, y entonces los locochones, como aves de rapiña, se introdujeron entre los aún humeantes hornos, y rescataron lo que pudieron de yerba, no sin antes aspirar a sus anchas. En los días subsiguientes, la palomilla del barrio vería pasar por las calles un desfile singular de placosos, preguntando por el Chángule o por el Güero Macklis. “De la tatemada” era bautizada en el mercado la nueva variedad de cannabis y los ojos prendidos, rojos y vidriosos empezaron a hacer su aparición en las solitarias calles de la tenería. Black Sabbat, Jehtro Tull (Sabbatta, escribía el Chángule) y un buen Cuty Sark hurtado en cualquier ultramarinos o catafixiado por algún join, le daban un tinte internacional a la loquera de estos personajes que con un pañuelo rojo amarrado en la testa, lentes oscuros y una grabadora en la mano, buscaban alguna casa en ruinas o en construcción, para ir a oír música y quemarle las patas a judas a sus anchas. Cuando no encontraban, se iban para una cueva que está en el cerro atravesado, al final de la cinco de febrero, desde donde camelaban si llegaba la tira, que para ese entonces ya los extorsionaba, para quemar a discreción. Con el tiempo, a través de constantes aprehensiones aprendieron que dentro de la cárcel se estaba mejor; bien dormidos, bien comidos y bien drogados, y como un toque humanamente tierno, sus respectivas jefas haciendo cola para revisión en la visita dominical o de los jueves al Sobrazo (CERESO), e hicieron del oficio de delinquir y dejarse apresar (el gato y el ratón), su juego preferido. Una imagen que tengo presente es la del Chángule y el Güero Macklis, un día después del Ciclón Liza, con una televisión en el hombro, un toque de mota en la boca cada uno y un cochi lazado al que iban arreando a patadas, calle abajo. En la actualidad, de esta banda sobreviven unos pocos, un tanto escamados, sin rehabilitar, adaptándose a los nuevos tiempos, y me los encuentro por ahí, por casualidad, en algún pesero, o en algún trabajo. Recuerdo que a uno de ellos, creo que al Chicol, un día le entró la depre y al punto loco empezó a renegar de la mois. Agarró un toque bien forjado y sosteniéndolo frente a él lo empezó a regañar. -Por tu culpa, -le decía- ando como ando, todo jodido; por tu culpa me dejó mi vieja… Por tu culpa estuve a punto de darme un balazo… -le decía enojado al pobre toque que ni caso le hacía. -¡Por tu maldito amor!- le dijo, y lo aventó lejísimos. Nomás vio de reojo dónde fue a dar el toque, perdiéndose entre las ramas de una mata de limón recién podada. Al rato, cuando le pasó la loquera le entró la malilla y ya necesitaba urgentemente darse otro churumbón, se zambulló entre las ramas buceando el toque, hasta que lo encontró intacto mientras que él, todavía con los ojos vidriosos y el cutis aruñado como si se hubiera peleado con siete gatos, herido, volvió a dirigirle la palabra al toque haciéndole mimosos cariños y acercándole un cerillo encendido a una de sus puntas diciéndole, como si le hablara a una niñita chiquita: -¿A quén la regañaron hace rato? ¡Méngache, bonita, con chu papi!”…-

El Pato y el Chángule fallecieron hace ya algún tiempo, ultimados por alguna sobredosis de esas nuevas químicas que asquerosamente inundan estos santos pueblos, como si el diablo metiera la cola en agua bendita a ver qué pesca, y a los demás, los encuentro haciendo lo que nunca se hubiera esperado de ellos: trabajar bastante, de sol a sol, con un triste leño en el cerebro y un alterón de chamacos y nietos ya grandes, a los que tienen que mantener, esperándolos en sus casas.


Emilio Arce Castro
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