Korima PLACE

Evocaciones

¿Alguna vez te he dicho?

¿Alguna vez te conté que cuando mi madre iba a hacer albóndigas, la casa se vestía de fiesta?

Era señal de que todo iba bien en la familia.

Quizá después de una noche llena de caricias, en esos instantes la cocina parecía convertirse en la extensión del dormitorio, y mientras mis padres se ayudaban en la cocción de los alimentos, se volvían a comer con miradas cómplices y clandestinas.

Para nosotros, el hecho de que se prodigaran tanto amor era casi tan fantástico como el éxtasis de devorar aquel platillo cuasi santo, porque sabíamos que, después de esa comida prodigiosa, el cariño que les sobraba casi siempre, de alguna manera, sería para nosotros, repartido democráticamente en siete partes iguales llenas de abrazos y palabras reconfortantes.

Cuando ella, mi madre, intentaba redondear con sus manos de apenas una treintañera aquellos trozos de carne molida condimentada con hierbas de olor y ajo suficiente, era un rito el que ella frunciera sus labios de niña mimada por el hecho de que no acertaba a hacer una esfera perfecta y balanceada, y entonces, mi padre le contestaba siempre puntual, siempre predecible, en el mismo acento complaciente que para ellos era aquel juego amoroso, cuyos diálogos se sabían de antemano y de memoria.

-No te preocupes vieja, que no van a entrar rodando.

Ese momento era casi tan mágico como aquel de la Nochebuena, en que ellos dos, siempre furtivos, desaparecían de nuestra casa, y dejaban al mando del barco de sus hermanos, al mayor de todos.

Con su mirada de policía de academia, él nos hacía que nos durmiéramos temprano aquella noche, y a veces nos tendía trampas para descubrir si lo engañábamos haciéndonos los dormidos, hasta que los más pequeños, cansados de fingir que dormían, en realidad lo hacían, sin importarles ya el compromiso que habíamos hecho de pescar a nuestros padres, colocándonos en las sombras los regalos que le habíamos pedido en sendas cartas a un Santo Clos imaginario.

¿Alguna vez te conté que los extraño?

Desde siempre, que repito como un rito la elaboración de ese platillo, a solicitud de los nietos que somos nosotros mismos en aquel tiempo cuando niños, cuando brincábamos cluecos de la alegría por la noticia de que mañana comeríamos albóndigas.

 ¿Alguna vez te dije que hace tiempo que te miré y me miré como si fuésemos ellos, con la misma solemnidad en nuestros rostros, con la misma seriedad colocando a hurtadillas los regalos, protegidos por las sombras de la noche y los ronquidos fingidos de nuestros hijos.

¿Alguna vez te he dicho que los extraño un chingo?


Florentino Ortega
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