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Dolor de cabeza - Carlos Padilla

27.  Dolor de cabeza

Vivíamos tiempos en que las licitaciones de obras públicas, pudiéramos decir que empezaron a ponerse de moda al convertirse en una norma legal, a cumplir, por las todas las dependencias de gobierno, de todos los niveles y en vías de alcanzar la transparencia en el uso y destino de los recursos económicos de las autoridades municipales, estatales y federales; la Comisión Federal de Electricidad, nos tenía participando, en esta ocasión, en una de tantas.

Nos hallábamos reunidos en la sala de juntas del área de distribución, en la ciudad de La Paz. El concurso que nos había llevado, hasta allí, tenía como objetivo la ejecución de una obra en San José del Cabo. Por este motivo el administrador en jefe, de aquella zona del estado, había sido requerido para testiguar, y signar, el desarrollo y los resultados del evento.

Dentro de la rigidez de protocolo legal; hay que apegarse al orden del día, donde se dan a conocer las facultades de la dependencia y la de sus funcionarios para llevar a efecto la licitación. Se hace del conocimiento las correspondientes referencias a todas las leyes y reglamentos, así como los artículos que regulan este tipo de procedimientos y por supuesto; plantear, con toda claridad, el origen y destino de los recursos.

Enseguida se presenta a las autoridades de las distintas dependencias que la misma ley involucra en este tipo de eventos; se citan los nombres de las empresas participantes; se reciben los paquetes conteniendo las propuestas que los participantes, invitados o interesados, han hecho llegar a la dependencia.

A continuación se revisa, minuciosa y cuidadosamente, que todos los documentos solicitados hayan sido presentados, sin leer el importe de ninguna de las propuestas, hasta que se haya concluido la inspección, cuantitativa, de las propuestas de todos los licitantes y, una vez que han sido rechazadas o aceptadas, se hace del conocimiento público los importes, con o sin incluir el impuesto al valor agregado. En el supuesto caso de haber sido rechazada alguna propuesta, se dan a conocer los motivos de dicho rechazo. Aquí, es cuando se arma ocasionalmente, una gran rebambaramba, sobre todo si hay algún o algunos descalificados o rechazados. Se vive una gran efervescencia, entre dimes y diretes, por defender la propuesta por parte de quienes la elaboraron. Y un denodado esfuerzo por parte de las autoridades, por tratar de hacer entrar en razón, planteando toda suerte de subterfugios técnicos y legales, a los inconformes. En fin, que esto lleva por caminos emocionantes, entre un fragor de batalla y desesperación.

Bien. Pues el administrador, conocedor y avezado de estas lides a que conllevaba todo el procedimiento; de lo monótono y aburrido que se vuelven este tipo de eventos, se acerca sigilosamente al encargado de llevar la batuta, al cabo del desarrollo de la licitación,  y le comenta al oído, como en secreto, y con una voz muy, muy bajita, con la sana intención de no alterar el protocolo;

—Creo que no podré acompañarte, ingeniero ¡Traigo un dolorón de cabeza, fortísimo! ¡Me está matando, el desgraciado!

De la misma manera que el anterior, muy, muy bajito y al oído recibe la respuesta;

—¡No, ingeniero! ¡De ninguna manera se puede retirar! Usted tiene que estar presente. Es estrictamente necesario y legalmente obligatorio. Hay que firmar todos los documentos de los participantes, además de las actas que se formularán.

El pobre ingeniero tuvo que posponer su dolor de cabeza, para otra mejor ocasión.

El evento se llevó a cabo con toda la tranquilidad de estos casos y fue sumamente ligero y fluido, su transcurrir, ya que en esta ocasión no hubo propuestas rechazadas, que son estos, como ya lo explicamos, unos de los asuntos que a veces retrasan o alargan los tiempos de estos actos, ya que los licitantes rechazados, se esfuerzan y discuten por mantenerse dentro del curso de la licitación.

En lo general, estos actos son siempre aburridos y adormecedores, sobre todo por lo repetitivo en cada uno de sus puntos. Pero el espacio que se genera entre la elaboración, lectura, correcciones, y en su caso, firmas y fotocopiado de las actas, es una espera, realmente desesperante.

Si hubiera existido la posibilidad de que en la sala se presentara alguna mosca, su aleteo claramente pudiera haber sido percibido por cualquiera de los que ahí estábamos. El salón se encontraba, precisamente, en ese período; el silencio era denso y absoluto. Las actas, por fortuna, estaban ya en el área de fotocopiado.

De improviso, y con el ánimo de romper lo gélido del silencioso momento de espera, amén de abordar un tema distinto y alejado del protocolo, el ingeniero conductor del evento, en un relajado instante le cuestiona, en voz alta y enterando a todos, al administrador en jefe de Los

Cabos;

—¿Todavía, estás mal de la cabeza, ingeniero?

El aludido, que se encontraba, igual que cualquiera de nosotros, con el pensamiento y las ideas en otro lugar y además, ya, con muchas ganas de retirarse y dar por concluido el evento, sonrió un poco mientras volteaba a ver a su interlocutor. Luego, con parsimonia y aplomo, sopesando cómo contestar, paseó la mirada en derredor. Al final, abruptamente, responde;

—¡Qué pasó, qué paso. Yo sólo dije que me dolía…, cabrón! ¡Nunca dije que estaba mal de la cabeza!

El ingeniero que había hecho la pregunta intentó encontrar, aunque en vano, durante algunos segundos que se le tornaron siglos, una disculpa; pero permaneció al fin en silencio; quedaba del todo abochornado por la pena y su rostro mostraba alguna que otra sonrisa nerviosa en tanto se coloreaba de un rojo vivo, y al final de ese nervioso estado, su piel adquiría un tono cerúleo, un tanto amarillento y apergaminado.

Un breve instante después de las circunstancias provocadas por el bochorno, por supuesto que se había roto el gélido momento y entre el posterior buen humor del momento, nosotros, divertidos, terminábamos riendo de buena gana por los alcances de tan veloz respuesta y justificación a la desatinada y desigual comparación del pobre amigo.


Carlos Padilla Ramos
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