Korima PLACE

Playa Blanca - Carlos Padilla

24. Playa Blanca

Foto tomada del sitio: https://www.playasmexico.com.mx/

Definitivamente que fue una enorme experiencia, dentro de mi vida de constructor, esta magnífica obra que, desde el punto que fuese observada, es una construcción; en magnitud y elegancia, sumamente importante.

Su estructura principal fue concebida a base de concreto reforzado e integrados a ella los propios muros de contención laterales donde se realizaron las excavaciones para lograr los niveles topográficos más adecuados.

Edificio compuesto principalmente por dos cuerpos; el primero de tres niveles desplantado al nivel de la playa y adornado con jardines laterales y frontales frente a las blancas arenas del apacible mar sudcaliforniano, en la zona dorada denominada Cabo del Este. En su azotea, se concibió el área de esparcimiento para sus ocupantes, misma que incluye; jardines, una alberca con un hermoso “infinity” hacia el mar de Cortés, con un restaurant-bar integrado a la alberca. Todo este cuerpo con una magistral y bellísima vista al golfo. El servicio para el movimiento de sus inquilinos, es por medio de un elevador que atiende a los cinco niveles, contando además con un conjunto de espaciosas escaleras, con la misma finalidad que el ascensor.

El segundo cuerpo se desplanta desde el nivel de la azotea del primero, desplazándose hacia atrás, en un magistral y artístico juego topográfico, además del solvente ingenio arquitectónico, cuyo frente queda hacia el área de esparcimiento, e igual que el primero, con una impresionante vista hacia el mar. La parte posterior de este segundo cuerpo, posee jardines hacia la calle, misma que fue contemplada, pavimentada con concreto hidráulico.

Cruzando la calle pavimentada, se encuentra el amplio estacionamiento, pavimentado también, pero con concreto asfáltico y con techumbres cubiertas a base de lámina galvanizada y estructuras a base polinería y perfiles rectangulares metálicos, contando además con cocheras o almacenes cerrados.

En el interior de cada condominio se disfruta de una gran estancia, gracias a la optimización de todos y cada uno de sus espacios, con acabados de primera, en pisos, paredes, plafones y el de su soberbio mobiliario.

Las áreas de sus jardines, están concebidas a base de plantas que brindan un bello cuadro, florido y multicolor. Completando el cuadro, se ha integrado vegetación endémica, principalmente; cactus y palmeras.

Sus andadores y balcones son adornados con una sobrada y elegante herrería con cortes al soplete y forjados a la fragua. Sus áreas comunes; acabadas con concreto a base de cemento blanco y gravas de canto rodado perfectamente graduadas en su granulometría, hacen resaltar la elegancia de estos espacios, al igual que sus tapetes de piedras volcánicas de distintas proporciones, en los espacios no transitables.

Bajo el concepto del aprovechamiento de los recursos hídricos, el conjunto cuenta con la captación de sus aguas residuales para su debido tratamiento y utilización posterior, en el mantenimiento de sus hermosas áreas jardinadas.
Definitivamente un espacio, imaginado y concebido, para una placentera y cómoda estancia de sus propietarios.
Nuestra llegada a esta magna obra, fue cuando ésta, ya presentaba un avance en su construcción; la losa del primer nivel en el primer cuerpo, había sido colocada y la obra negra; muros, dalas, castillos y columnas, del segundo nivel, estaban en proceso.

Recuerdo que hice mi solicitud, misma que fue aceptada. me llamaron para una semana de capacitación, la cual consistía, básicamente, en un recorrido por las obras en proceso de la empresa y la presentación con los encargados de las mismas. En esto estábamos cuando me llegó el aviso que decía que me tenía que integrar, de manera urgente, al frente de los trabajos, en Playa Blanca.

A la llegada a la obra, ingresamos por un lugar, como de siete metros de profundidad. A lo alto se divisaba una barda, sin cimentación, propiedad del vecino.

—Ingeniero, esa barda nos está generando una condición de inseguridad muy preocupante —Fue mi observación.

—Ya lo tenemos visto ingeniero. Sólo que no hemos logrado tener contacto con el propietario vecino, pero la estabilidad del terreno está de nuestra parte y nuestro muro de contención, sobresaldrá por cerca de 4 metros sobre ese nivel. Sin embargo, no hay que descuidarse por ningún motivo. Y si llegase a suceder algo, que no le quepa duda ingeniero, que se reparará, de inmediato, cualquier daño que le pudiéramos provocar a cualquiera de nuestros vecinos.

Así quedamos y continuamos nuestro recorrido, mismo que se aprovechó para invitar a los contratistas y residentes de todos los frentes de trabajo a una reunión, con el objeto de realizar las presentaciones, en la casa oficina, misma que se ubicaba muy cerca de la construcción y que la empresa tenía alquilada para la estancia de su personal técnico y del equipo de oficina.

De esta reunión me quedan muchos agradables recuerdos, pero hay uno en particular que sobresale de los demás. Estaba un tipo de apellido Coria, con actitudes un tanto cuanto, arrogantes. Era contratista que lideraba a una cuadrilla de cerca de treinta obreros, en los trabajos de albañilería y acabados, y recuerdo que cuando le tocó la oportunidad de ser presentado, conmigo, comentó;

—¡Ah caray!, yo pensé que era un ranchero, que habían traído, de por aquí cerca.

—Muchas gracias —contesté— Gracias a dios, mi amigo, que me parieron por allá en un pueblito de Sonora, con mucho sabor a rancho y nada me hubiera enorgullecido más, que haber sido ranchero. Pero no lo soy, y ni hablar, así es la vida.
—¡No, ingeniero, no se ofenda! —Atinó a decir, a modo de disculpa.

-¡No, no mi amigo, cuál ofensa, hombre, al contrario! No te preocupes, la culpa la tiene mi sombrero; no es la primera vez que me sucede.

Unos serios y otros con algunas risas por lo acontecido. En fin, concluyó la reunión, con los compromisos de trabajar todos bajo un esquema de equipo y apoyos mutuos, con la única finalidad de llevar a buen puerto este gran proyecto.
Nos fuimos integrando al trabajo, mi compromiso consistía en coordinar todas las acciones necesarias para la obra, desde realizar, oportunamente, las solicitudes de suministros de equipos y materiales, hasta la elaboración de nóminas y destajos, previo levantamiento de avances a través de números generadores de los contratistas, para la elaboración y trámite de las estimaciones semanales, correspondientes.

La obra continuó con su avance. Había algunos frentes que presentaban retrasos significativos y nos ocupamos de ellos; se solicitaron los recursos materiales y humanos necesarios, y poco a poco se fueron emparejando los tiempos al cronograma estipulado.

En todo proceso de trabajo existen conflictos y cada uno con sus bemoles, muy propios. En esta ocasión nos hallábamos laborando en las oficinas; estábamos atendiendo cualquier cantidad de asuntos, cuando de repente escuchamos un empujón en la puerta principal, fabricada de vidrio completa y marco de aluminio, la cual, casi se rompe del violento golpe.

—¡Oiga ingeniero! ¡Vengo a decirle que si no me pagan los trabajos extraordinarios y adicionales que me han pedido que haga, ya no voy a continuar trabajando!

Luego de pasada la sorpresa por lo abrupto del momento, dije;

—¡A ver, a ver! Para empezar amigo, estos no son modos de ingresar a ninguna parte, mucho menos a una oficina.
—¡Pero es que, son fregaderas, ya están muy retrasados los pagos de esos trabajos, ingeniero!

Volteé en derredor, en busca de algo que me ubicara dentro del problema que este amigo exponía.

—Mira, en este instante estamos muy ocupados con otras cosas que, también, son muy importantes. Déjame le hablo al ingeniero Luis, para ver tu asunto. Por lo pronto espérame un rato.

—¡Pues, aquí lo esperaré!

—Solo te voy a pedir un favor; que me esperes afuera de la oficina, si eres tan amable, mientras resuelvo esto y hablo con Luis.

Muy molesto y de mala gana, pero se salió y al rato que llegó a la oficina el ingeniero Luis, le llamamos. Ingresó y tomó asiento.

—A ver ingeniero Luis. Este hombre viene a reclamar que no se le han pagado, desde hace mucho tiempo, algunos trabajos adicionales y extraordinarios de no sé cuántas cosas que se le han encargado hacer y explica que juntan, ya, un importe considerable.

— Sí, en efecto, así es ingeniero. Sólo que el mismo tiene la culpa de que todo esté sucediendo, porque no ha elaborado ninguna estimación por los conceptos que refiere y después de un sinnúmero de solicitudes para que lo haga,

—Entonces, ¿cuál es el reclamo, mi amigo? Le sugiero que haga a la brevedad las estimaciones correspondientes, para poder pagarle. Y por favor, Ingeniero, apóyale en todo lo que podamos.

—¡De acuerdo ingeniero! En cuanto me presente la información, se la procesamos.

En eso quedamos. Pasaron algunos días y durante un recorrido, de rutina, por la obra, además de notar que los avances de Coria no iban bien, me lo encontré personalmente y le pregunté;

—¿Qué tal, amigo? Oiga, veo que me tiene abandonado el avance de azulejos en los baños.

—¡Sí, así es ingeniero! —Contestó altivo— Y no colocaré ni una pieza más, si no se me paga lo que me debe. —Remató diciendo, muy molesto.

—A ver, a ver. Va de nuevo, déjame le hablo al ingeniero Luis.

Tomé el radio y le hablé al ingeniero Luis;

—Oye, ingeniero Luis, ¿qué ha pasado con lo de Coria? Me está diciendo que no se le ha pagado aún.

—¡Pues claro que no se le ha pagado, ingeniero! Y es que no me ha entregado las estimaciones como quedamos.
El destajista escuchó con suficiente claridad el porqué del no pago a su reclamo, y entonces le expuse;
—¿Ya escuchaste amigo? Ahora sí, dime qué puedo hacer por ti.

—¡Pues pagarme! ¿Qué más! —insistió, levantando, aún más, el tono de voz.

—Mira, por lo que veo, no llegaremos a buen puerto, contigo. Y no podemos estar arriesgando avances, así que; por favor, junta todas tus cosas y no te quiero volver a ver en esta obra.

—¡Pues no se crea que son tan fáciles las cosas!, ¡voy a ir a hablar con Everardo! —Amenazó al final.

—No te preocupes, también hablaré, yo, con él. Mientras, te sugiero que hagas el reporte de avances para preparar tu finiquito.

Ya no dijo nada más y se retiró masticando su coraje.

Más tarde, en la oficina, se acercó tímidamente un hombre. Su ropa estaba manchada con mescla de cemento y pinturas. Pidió hablar conmigo. Lo pasé y tomó asiento.

—¿Qué se le ofrece? — pregunté.

Siempre cabizbajo, tímido; me dijo su nombre y luego me preguntó;

—Oiga…, Ingeniero, ¿por qué, nos está corriendo?

—A ver, no entiendo, ¿a quién, estoy corriendo?

El ingeniero Luis, que estaba escuchando, me aclara;

—Inge, él trabaja con Coria, de hecho, ésta persona es en realidad, el contratista y no Coria.

—¡No!, pues ahora entiendo menos.

—Sí, inge. El contratista es él. A nombre de él salen los pagos, él es el que factura.

—O sea que Coria, ¿no es más que un sinvergüenza, coyote?, ¡mira pues! Razón de más para que ya no esté aquí —dije. Luego vi al hombre cabizbajo y le pregunté;

—A ver, ¿te quieres quedar, tú, a trabajar?, pero ahora directamente con la responsabilidad.

—¡Sí! —alcanzó a contestar, el pobre hombre, sin asomo alguno de salir de su timidez.

—Inge Luis, ayúdale por favor a cerrar avances y preparar las estimaciones que se le deben y, que continúen trabajando.
—Muy bien inge, así lo haremos —contestó Luis.

Se quedaron trabajando hasta el final de la obra. Se recuperaron los avances, y terminamos de cultivar una buena amistad.

A Coria, no lo he vuelto a ver.

Llegó septiembre, tenía un mes de haberme integrado a la obra y estábamos por colocar el concreto en la azotea del tercer nivel, donde se encuentra integrada la alberca. Teníamos todo listo para recibir el concreto para el día cuatro de septiembre. Sin embargo se notifica que se espera la llegada del huracán John, y que no será posible suministrar el concreto solicitado.

Desde el día anterior y durante la mañana de ese día, tuvimos reuniones en la oficina, para diseñar un plan de contingencias. Se reforzaron las áreas de los dormitorios y el almacén; los puntos débiles en la obra; enviamos a todo el personal a resguardarse a sus hogares y de los cuatro técnicos, la propuesta fue un volado para saber quién se quedaría al resguardo de la obra. Tomé la decisión de que se fueran. Yo me quedaría. Ellos tenían familia que proteger.

Había en la obra una persona originaria del estado de Durango, que recién había llegado y vivía en los dormitorios de la obra, así es que, lo invité a que se quedara conmigo, en la casa oficina. Los dormitorios no brindaban seguridad plena.
Las fuerzas desatadas por el meteoro, fueron tan extremas, que rompió las puertas y ventanales de cristal de la casa. Jamás imaginamos que se presentara tan violento. Irrumpió mojando y destrozando todo a su paso. Reventó las puertas de las recamaras y los ventanales posteriores; las computadoras y el resto de utensilios de oficina volaron cayendo de los escritorios, la sillas hicieron lo mismo. Nosotros, mi huésped y yo, alcanzamos apenas a resguardarnos al interior del baño. Ahí pasamos la tempestad.

Hubo un rato de calma y nos atrevimos a salir. Fuimos caminando hasta la obra; muchísimos daños se alcanzaban a percibir, a simple vista. La barda que yo había observado en mi primer día de estar en la obra, ya no existía, ésta, se había derrumbado hacia el interior de nuestra construcción y sus escombros se encontraban en el mismo sitio donde yo hiciera la observación aquella. Faltaba una gran parte de la cimbra y casetones, las varillas deformadas, figuraban manos con sus dedos extendidos, levantados hacia el cielo, como pidiendo auxilio. El almacén y los dormitorios estaban inclinados, y habían perdido gran parte de sus paredes y del techo. Oscilaban algunos pedazos de láminas de cartón, como lenguas animales, que lamen las heridas.

De nuevo el viento empieza a arreciar ¡Estábamos en el ojo del huracán! De prisa regresamos a nuestro resguardo, al interior del baño. Y la furia de la naturaleza volvía a irrumpir, de nuevo, hasta el interior de las desechas oficinas. Logré descansar un poco, durmiendo al interior de la tina de baño; no había nada que hacer, sólo esperar a que el huracán, concluyera su ciclo.

Justo en éste día nacía, en la ciudad de La Paz, mi primer nieto ¡Dieguito!

Los daños en la obra fueron cuantiosos en tiempo y dinero. Sin embargo; uno de los eventos más difíciles de resolver, fue la maldita barda caída y observada desde mi primer día. Recibimos, muy pronto, una demanda por su propietario.

Aún después de haber firmado un acuerdo ante las autoridades, signando el compromiso de que se repondría en su totalidad, el incómodo vecino quería que se la construyéramos como una prioridad, en el socavón que había dejado, en la erosionada loma, el maldito huracán. Luego nos enteramos que se trataba de una persona muy influyente y familiar de un, tal, Senador de la República —Mmm, con razón, nos dijimos.

El asunto se habría resuelto de cualquier forma, con o sin la presencia de tamaña personalidad.

Las hermosas playas del Cabo del Este, de las cuales, diariamente disfrutábamos sus pinceladas que regalan sus lanchas a la espera de una nueva jornada ondeando, apacibles, las breves olas; ahora lucían sucias y pedregosas. Piedras de enormes dimensiones e imposibles de imaginarlas rodando. Las arenas albas ayer, lucían hoy cubierta de basura. Las palapas instaladas para goce de la comunidad, habían sido destrozadas. Había animales muertos, por doquier, contaminando inefablemente el ambiente. Todo parecía una réplica espantosa, que emulaba a los monstruosos campos de guerra.

Tuvieron que pasar alrededor de treinta largos días, de enormes y titánicos esfuerzos, para regresar al punto de avance en que estábamos antes de los daños imprevistos, causados por el descomunal desastre.

Se recuperaban avances y la obra seguía su desarrollo. Tras la colocación del concreto de cada entrepiso, en cada nivel, iban quedando una serie de vacíos que el diseño arquitectónico indicaba serían resguardados con herrería artística.

Estos, nos estaban generando un punto de riesgo para los obreros. Lo planteamos y se nos ordenó realizar las cotizaciones correspondientes para la instalación de barandales provisionales, a base de pedacería de varillas corrugadas. Cuando cumplimos con esa orden, recibimos por respuesta que era muy caro, que tendríamos que buscar otra alternativa, más económica.

Llegó, a la obra, un incremento en el personal; se integraban, al equipo, un grupo de muchachitos; eran tan jóvenes y demasiado juguetones, que no mostraban fatiga al término de las jornadas de trabajo. Se refrescaban, con un baño ligero, y salían a pasear por las calles del pueblo.

Lograron amistad con otros muchachos, del pueblo, que jugaban futbol en la cancha del lugar y por las tardes hacía sus “retas” (Los de la obra contra los del pueblo) Aficionados a éste deporte, muy pronto estábamos viéndolos jugar. Lo hacían muy bien y así pasó la semana completa.

Era sábado a mediodía; casi era hora de salir. De hecho, muchos de los trabajadores ya habían realizado el resguardo de sus herramientas y esperaban el autobús del personal, para el regreso a sus casas.

Por nuestra propia cuenta y sin autorización alguna, ya habíamos tomado la decisión de ir colocando los barandales provisionales en los vanos que, a nuestro juicio, representaban un mayor riesgo a la seguridad de los muchachos, en tanto nos llegaba la, inminente, autorización.

Sin embargo éste día, uno de los muchachitos, con concreto en su carretilla, atendiendo a su “maistro”, llegó corriendo y le grita;

—¡Aquí está el concreto mi “mai”!

El “maistro”, girando la cabeza, lo mira y le dice;

—Me falta terminar de troquelar la cimbra, muchacho. Pero, mira; aquel maistro ya puede colar, llévale a él, mientras termino, yo.

El muchacho dio un par de pasos hacia atrás, con la carretilla, asida con firmeza, y sin voltear hacia atrás; había perdido de vista el vano. Terminó cayendo por uno de los huecos, sin protección aún, provocándose golpes muy severos.
La gente empezó a gritar en un desorden total. La algarabía, del caos, llegó hasta las oficinas, yo me encontraba limpiando el carro, preparándome, también, para salir.

Dejé de lado mi quehacer y llegué corriendo hasta el lugar del accidente. Le pedí calma a todo el personal. Pedí también que se retiraran del lugar para despejarle el espacio al muchacho accidentado y que le hablaran de inmediato a la ambulancia.

Pronto llegó la ambulancia. El muchachito nunca perdió el conocimiento, sin embargo, se le veía, a simple vista, que estaba muy lastimado. Después sabríamos que los golpes recibidos en la cabeza, eran los más graves.

Salió la ambulancia rumbo al hospital, donde ya lo esperaba su familia, a quien yo no conocía y desafortunadamente fue, en ese trance, que me tocó conocerla. Era su primera y fue su única semana de trabajo.

De la empresa, recibí instrucciones precisas para apoyar, en todo lo que fuera necesario, a la desafortunada familia. El jovencito fue sometido a una operación muy delicada, de la cabeza, y se requirieron de medicamentos muy caros. La empresa sufragó todos esos gastos.

Fue intervenido quirúrgicamente y luego de pasado a recuperación, lo visitó, poco a poco, su familia, pidió ver a su abuela y se lo concedieron.

Pasaron tres nefastos y agotadores días; yo iba a la obra y por las tardes regresaba al hospital, aunque hubiera una distancia de cien kilómetros que salvar, para dar seguimiento al estado del chamaco y acompañar a su familia, quien me requería de medicamentos y atenciones, mismos que se les suministraron, siempre, con oportunidad.

Al tercer día, todo parecía marchar bien, sin embargo el muchachito presentó una serie de complicaciones, los médicos lucharon denodadamente por salvarle la vida. No fue posible, la familia, se sumergió en un profundo dolor.

Se les brindaron todos los apoyos, económicos, legales y morales.

La pérdida de un ser humano será siempre lamentable e irreparable, pero el dolor por la muerte de un jovencito es inmedible, además, nunca será lo suficientemente llorada, y dejará cicatrices imborrables en todos los que tuvimos la suerte de haber estado cerca.

A partir de este desafortunado evento, el cumplimiento de las medidas de seguridad, se tornó mucho más estricto. No se permitía, absolutamente a nadie, entrar a la obra sin el equipo de protección adecuado.

Esto me trae de recuerdo a un muchacho con quien batallábamos, en exceso, para que utilizara el casco de seguridad. Se lo ponía mientras estaba al frente de nosotros y luego de retirarnos, se lo quitaba, tal si fuera un juego.

En una ocasión que lo sorprendí trabajando sin el casco de seguridad y llamarle la atención, prontamente me dijo;
—Ingeniero, el doctor me aconsejó que no usara casco, porque me provoca grandes dolores de cabeza.

—Entonces, —le contesté— dile a tu médico, que te extienda un documento, donde explique eso.

—Así lo haré ingeniero. —Con toda seguridad me respondió.

—Muy bien, joven. Pero por mientras me lo traes, usarás el casco, y cuando me hagas llegar el documento del médico, ya tendré el justificante necesario para despedirte, ya que, por prescripción médica, no podrás trabajar en este lugar. Debido a que no podemos permitir que la gente esté expuesta a un mal golpe.

Jamás llegó el citado documento médico, ni lo volví a sorprender sin el casco de protección; yo tuve la necesidad de cambiar mi sombrero, por el accesorio de seguridad.

La obra estaba ya casi para concluir. Andábamos consiguiendo algunos materiales en compañía del proveedor de los agregados, un hombre muy atento y trabajador, que cargaba su propio camión de volteo y el mismo era su ayudante; siempre estuvo presente a la hora que se le necesitara. Estábamos, pues, en busca del banco de materiales que nos proporcionara las gravas, en tamaño exacto, para las áreas de jardines.

Recibí una llamada telefónica del Arquitecto Isaac, requería de mi presencia, con urgencia, en las oficinas. Le expliqué cuál era mi ocupación en ese instante, aun así insistió en verme de manera inmediata. Así lo hice. Al entrar a las oficinas, se respiraba un ambiente raro y yo no atiné a entender, a qué se debía. Estaban los muchachos, Luis y Erick, mis ingenieros ayudantes, presentes. Y de pronto el arquitecto, dirigiéndose a mi persona, dice;

—¡Quiero que sea la última vez que vengo a la obra y no estés!

Yo seguía sin alcanzar a entender lo que estaba sucediendo.

—¿Qué te pasa arquitecto? —Atiné a preguntar.

—¡Eso es lo que me pasa! ¡Qué-quiero-que-no-te- despegues-de-la-obra; qué-no-la-descuides —Gritó.
—Mira arquitecto. Mi ausencia, física, en la obra, no significa que, ésta, esté descuidada.

Lo anterior, fue contestado con una perorata sin ton ni son. ¡No! Definitivamente que no entendí, ni adiviné sus planes o intenciones.

—A ver Isaac. Sé que eres a quien debo reportar mis actividades, como empresa. ¡Pero no estoy de acuerdo con estas extrañas formas que ahora planteas! Así que, hasta aquí llega mi compromiso. Me retiro. —dije, al cabo— Gracias a Dios, la obra está resuelta. Lo que falta, ¡son joterías!, y eso, sí lo puedes resolver tú solo.

Justo después de engullir una serie, que pareciera interminable, de tragos de saliva, dijo;

—¡Pues como quieras! —contestó.

Ya se había iniciado un nuevo proyecto, por parte de la empresa, donde se ofertaban terrenos rústicos y construcciones también rústicas, tipo cabañas y que estaban atrayendo, en buena medida, la atención de los extranjeros en la zona; el proyecto pintaba de maravilla, para la empresa.

Isaac hablaba un perfecto inglés y eso le permitía un desenvolvimiento excelentemente fluido con los norteamericanos interesados en participar del proyecto.

Hablé personalmente con mi director, el Ingeniero Everardo y le planteé que me retiraría de la empresa.
—¿Pero, por qué, ingeniero, cuál es el motivo?

—Tuve un desacuerdo con el arquitecto Isaac, hay algo que me preocupa, pero no sé qué es ingeniero, no lo alcanzo a adivinar.

—¡Todo tiene solución ingeniero, todo! Toma las cosas con calma y vamos a seguir adelante.

—¡No ingeniero! Te agradezco infinitamente tu confianza. Lo bueno es que la obra ya está casi terminada, faltan algunos detalles solamente.

Me agradeció el tiempo en que trabajamos juntos y me deseó buena suerte.

Al poco tiempo después, conocí a un muchacho arquitecto, en el taller de un amigo. Me lo presentaron y me enteré que era el encargado de las obras del nuevo proyecto y que ya Isaac, no estaba. Ya no trabajaba para la empresa.

Así, de manera accidental me enteré que el arquitecto, había sido sorprendido haciendo contratos, por cuenta propia, con la infraestructura y el equipo de la empresa; por ello le habían despedido, pero antes, también había logrado hacer renunciar a Luis y a Erick; ¡Menudo tipo, nos salió el arquitecto!

La vida —razonaba— tiene extrañas rutas para ir y venir; curiosos vaivenes de fortuna o desatino. Por supuesto que fue una muy desafortunada experiencia, la vivida con este joven profesionista de la construcción, sin embargo, sabemos que nos las podemos encontrar, cuando y donde sea. Tal vez eso me prohibía el sentimiento de rencor; sentí que era un sentimiento de tristeza, lo a mí llegaba.

Al cabo de un poquito tiempo, más adelante, nos tocaría encontrarnos y ser parte de un mismo equipo, de nuevo, los ingenieros; Luis, Erick y yo.


Carlos Padilla Ramos
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