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21. Ahora sí le creo, ingeniero

El ingeniero Rafael Castro Vásquez, fue nuestro profesor en los primeros semestres de la carrera y creo de lo mejor que la vida nos pudo dar de regalo; estimo que todos lo recordamos por sus inolvidables frases, al expresarse; chuscas y ocurrentes unas; muy serias y cargadas de sapiencia, las más. Inolvidable personaje, obvio, por su enorme e invaluable calidad, como guía, maestro, e indiscutible ser humano.

Muy clásico es en el comportamiento de la mayoría de los muchachos estudiantes que, cuando se está viendo un tema, cualquiera que este sea, siempre existe alguien que invariablemente realiza el siguiente cuestionamiento;

—Profe… y… ¿eso va a venir en el examen?

En esta vivencia que nos vierte, a colación, nuestros recuerdos, no podría ser, por supuesto, la excepción. Y Cuando ésta se presentó en nuestra aula, el ingeniero, de manera pronta y expedita, la contestaba con su inimitable estilo de siempre;

—Muchachos, muchachos; no se preocupen, ¡el que tenga perro…, que lo amarre!

Y así como ésta, habría muchas más.

Recuerdo de una ocasión en que un compañero, muy inteligente el muchacho, cuyo nombre es Hermenegildo y lo apodábamos “el Mere”; en su vida se desempeñaba como“ténico eletrecista” . No, no está mal escrito, es sólo que así lo pronunciaba, él, pues tenía un no sé qué de daño o de imprecisión lingüística, que no le permitía pronunciar con exactitud, varias de sus palabras. Había además entre otras tantas expresiones del Mere, graciosas, por ejemplo, cuando decía;

—La única materia, con la que tuve problemas en la prepa, fue; “letura y redación”.

¡Ya se han de imaginar! Por supuesto que aquello se convertía en motivo de bromas por algunos compañeros graciosos, de esos que existen en todas partes.

Pues bien, él y yo, esperábamos el camión urbano, en la banqueta, por afuera de las instalaciones del Instituto Tecnológico, cuando pasó el ingeniero, nuestro profesor, en su carro. Se paró justo frente a nosotros para ofrecernos un raite. Nos subimos y de ratito nos dijo dirigiéndose a ambos:

-Oigan, jóvenes. ¡Ustedes qué se han creído! ¿Qué con sólo asistir a mis clases y sacar cien en los exámenes, van a aprobar? ¡No señores! A la fecha, no me han entregado ningún trabajo. Ni me han entregado, tampoco, las tareas. Y, pues, jóvenes, ésas actividades son parte, esencial e imprescindible, en las conformación de una calificación.

Nos quedamos mudos y mirándonos entre nosotros sin encontrar respuesta digna. Al fin dijimos;

—¡Profe! Es que no nos alcanza el tiempo, porque trabajamos —Fue lo que se nos ocurrió decir, a los dos. Sentíamos que con eso, nos estábamos justificando plenamente, ante el maestro.

Sin embargo, volteó a vernos y nos contestó;

—¡Pues estudien o trabajen! ¡Pero háganlo bien, muchachos! Aquí no venimos a fabricar genios. Acá venimos a hacer profesionistas nobles y respetables; bien preparados, pero por sobre toda las cosas, ¡responsables!

Nos quedamos cavilando, un rato, inmersos en un sordo silencio. Estábamos convencidos de que los argumentos del profesor, eran claros y certeros. Y creo también, que los dos entendimos la lección, pues nunca dejamos de cumplir de manera integral con nuestros compromisos futuros, de cualquier tipo, de que se tratara.

Al concluir con mis estudios profesionales, tuve la suerte de impartir clases de matemáticas y física, en el nivel bachillerato. Y de entre los tantos alumnos que tuve, de todos tipos y maneras; por ahí, entre ellos, estaba un muchacho de nombre Salvador Tena Real, que curiosamente fuera yerno de mi profesor, el ingeniero Rafael Castro Vázquez.

Poco antes de concluir mis estudios profesionales, fui, paso a paso, integrándome a las actividades del Colegio de Ingenieros Civiles de BCS, invitado y animado por mi inolvidable amigo, el Ing. Adolfo Rodríguez Rubio. Era en las reuniones que se realizaban cada mes, donde se congregaba un buen número de colegas de la profesión.

En alguna ocasión, y después de concluida la asamblea, se llevaba a cabo una plática-convivio. Alrededor de esta, se tenía la oportunidad de enterarse de cómo iban los asuntos del gremio, en todo el estado y en todas las disciplinas de la ingeniería y los espacios de la construcción.

En estas reuniones mensuales, me encontré con mi profe, el ingeniero Rafael Castro Vázquez. Para ese tiempo, yo estaba impartiendo clases, y su yerno era mi alumno. Estaba enterado ya de esta relación que, de nuevo, cruzaba nuestras vidas. Tomó el tema y me dice;

—Oye, ingeniero; tienes un alumno que dice que eres muy buen profesor, y sabe que fuiste mi alumno.

—¡Hombre! ¡Qué bien que haya opiniones así, hacia mi persona! —Le contesté.

—Se llama Salvador Tena. —Continuó diciéndome.

—¡Ah! Sí, sí me acuerdo muy bien de él. Es muy buen estudiante.

—Mmm, es mi yerno. Es esposo de una de mis hijas.

—¡Mire pues, qué casualidad!

Y enseguida, dando otro zesgo a la plática, me explica;

—Pero…, le dije que no le creo. Porque eres su profe.

El ingeniero se refería a la opinión, ocasionalmente equivocada, que tienen muchos de los muchachos respecto de sus profesores, cuando están jugando el roll de educandos. Y que los conduce, a veces, a confundir, en algunos; la eficiencia con la alcahuetería. Y es siempre muy tarde, cuando terminan dándose cuenta de su grave equivocación.

Nos volvimos a encontrar en repetidas ocasiones. Algunas veces en las reuniones mensuales del Colegio de Ingenieros, otras veces por ahí, en cualquier lugar. El tema de su yerno, recurrente y obligadamente, volvía a terciar en nuestro diálogo.

Salvador su yerno, concluyó sus estudios de bachiller y se graduó con muy buenos resultados. Tomó la decisión de estudiar la carrera de Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública, por la Universidad Autónoma de B.C.S.

Cuando el muchacho ya no era mi alumno, en otra de las tantas reuniones, en el Colegio de Ingenieros, me encontré de nuevo a mi profe y me dice;

—¿Sabes qué, ingeniero? Salvador sigue opinando, de ti, lo mismo.

—¡Caray, profe!, pues en verdad que me da mucho, muchísimo gusto saberlo —Respondí, sumamente halagado.

-¡Y, sabes qué…, que ahora sí le creo! ¡Porque ya no es tu alumno…, ¡Te felicito, ingeniero!


Carlos Padilla Ramos
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